PARTE 2: EL FRASCO DESAPARECIDO

Nadie habló durante varios segundos.

La transmisión seguía abierta.

Más de doscientas personas observaban en silencio.

Diego respiraba al otro lado de la llamada.

—Lucía…

Apaga esto.

No respondí.

Miré a don Ernesto.

—¿Quién encargó realmente ese medicamento?

El farmacéutico bajó lentamente el teléfono.

—La receta fue emitida por el doctor Ramírez para la señora Ofelia.

Hizo una pausa.

—Pero nunca autorizó que el frasco saliera nuevamente de la farmacia después de aquel tratamiento.

Todos comenzaron a murmurar.

Teresa apareció de repente en la llamada.

Su voz sonaba mucho menos segura que antes.

—Eso no demuestra nada.

Don Ernesto negó con la cabeza.

—Sí demuestra algo.

El registro indica que ese mismo frasco fue reportado como perdido dos horas después del fallecimiento de la señora Ofelia.

Sentí un escalofrío.

Mateo volvió a apretar mi mano.

Me agaché hasta quedar a su altura.

—¿Qué viste aquella noche?

El niño comenzó a temblar.

Durante un instante pensé que volvería a encerrarse en el silencio.

Entonces habló.

Muy despacio.

—La abuela…

Tomó las gotas.

Toda la familia dejó de respirar.

—Después… quiso subir.

Se cayó.

Teresa gritó inmediatamente.

—¡Está confundido!

Mateo cerró los ojos con fuerza.

—No.

Su voz era apenas un susurro.

—Yo vi cuando la tía Teresa cambió el frasco.

Un vaso cayó al suelo en algún lugar del comedor.

Nadie intentó recogerlo.

Teresa comenzó a hablar atropelladamente.

—Ese niño lleva meses inventando historias.

¡Por eso dejó de hablar!

Mateo negó con la cabeza mientras las lágrimas caían por su rostro.

—No hablé…

Porque me dijeron…

Que si contaba la verdad…

Mamá también se moriría.

Sentí que el corazón se rompía.

Lo abracé con todas mis fuerzas.

La llamada seguía abierta.

Diego respiraba cada vez más rápido.

—Lucía.

No escuches a un niño.

Está traumatizado.

Levanté lentamente el frasco.

—Entonces explícame una cosa.

¿Por qué el medicamento desaparecido de tu abuela terminó dentro de mi equipaje con mi nombre pegado encima?

No respondió.

Miré la etiqueta.

Con cuidado despegué la calcomanía donde aparecía escrito mi nombre.

Debajo había otra.

Amarillenta.

Antigua.

Todos pudieron leerla.

Paciente: Ofelia Salas.

La fecha coincidía exactamente con el día en que modificó su testamento.

La sala quedó completamente muda.

Pensé que aquello era suficiente.

Pero don Ernesto volvió a levantar el teléfono.

—Hay algo más.

Entró nuevamente al sistema de la farmacia.

Abrió el historial completo.

—El día que la señora Ofelia recibió este medicamento…

También se preparó un segundo frasco exactamente igual.

Fruncí el ceño.

—¿Para quién?

El farmacéutico tragó saliva antes de responder.

—Para una paciente que nunca llegó a recogerlo.

Leyó lentamente el nombre que aparecía en la pantalla.

—Lucía Herrera.

Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro.

Ese era mi nombre.

La receta estaba fechada… seis meses antes de que Diego me pidiera matrimonio.

Y el médico que la había solicitado era exactamente el mismo que certificó la muerte accidental de la abuela después de caer por las escaleras.

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