PARTE 2: EL APELLIDO ALCÁZAR

El silencio cayó sobre la habitación.

Sebastián seguía sujetando la carpeta del divorcio.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Eso… eso no tiene gracia.

No respondí.

Dos minutos después, la puerta de la unidad neonatal volvió a abrirse.

Entraron primero cuatro agentes de seguridad privada.

Después la directora del Hospital Santa Elena.

Y detrás de ella caminó un hombre de cabello completamente blanco, apoyado en un elegante bastón de nogal.

Arturo Alcázar.

Mi abuelo.

La directora se acercó inmediatamente a mi cama.

—Señorita Valeria.

Lamento profundamente no haber sabido antes que estaba internada aquí.

Mi abuelo apenas miró a Sebastián.

Toda su atención estaba puesta en mí.

Tomó mi mano con enorme cuidado.

—¿Y mis bisnietos?

Señalé las incubadoras.

Él se acercó lentamente.

Observó a Mateo.

Después a Emilia.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Son unos luchadores.

Asentí.

—Como papá.

Durante unos segundos ninguno habló.

Luego Arturo volvió la cabeza hacia Sebastián.

—¿Es él?

Respiré hondo.

—Sí.

El anciano lo observó de arriba abajo.

—¿El hombre que llamó enclenques a mis bisnietos?

Sebastián intentó recuperar la compostura.

—Señor Alcázar…

Creo que existe un malentendido.

Arturo levantó una mano.

—No hables.

Todavía no te he dado permiso.

La directora recibió una llamada por el auricular.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Señor Alcázar.

Acabamos de revisar el expediente financiero.

Las cuentas compartidas de la señora Valeria fueron vaciadas hace tres horas.

Mi abuelo sonrió.

Pero no era una sonrisa amable.

—Perfecto.

Eso facilitará las cosas.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Uno de los abogados colocó varios documentos sobre la mesa.

—Hace siete años, cuando la señorita Valeria contrajo matrimonio, firmó un acuerdo de separación absoluta de bienes.

Eso ya lo sabía Sebastián.

Sonrió con alivio.

El abogado continuó.

—Sin embargo…

También existe un contrato privado.

El documento llevaba mi firma.

Y la de mi abuelo.

—Mientras la señorita Valeria permaneciera casada, nunca aparecería públicamente como heredera del Grupo Alcázar.

Sebastián me miró sin comprender.

Yo nunca le hablé de mi familia.

Nunca le mentí.

Simplemente jamás preguntó.

Solo le interesaba cuánto dinero ganaba.

El abogado pasó la última página.

—Ese acuerdo termina automáticamente en caso de divorcio.

Desde este momento, la señora Valeria Alcázar asume oficialmente el cargo de vicepresidenta ejecutiva del Grupo Alcázar y administradora del fideicomiso familiar.

La directora del hospital añadió otra noticia.

—Y, por decisión del consejo, también será la nueva presidenta del Consejo Médico de esta red hospitalaria.

Sebastián dio un paso atrás.

Comprendió de golpe dónde estaba.

No era simplemente un hospital.

Era uno de los hospitales propiedad del Grupo Alcázar.

Había insultado a la heredera dentro de su propia institución.

Mónica soltó el abrigo de cachemira como si quemara.

Intentó quitárselo apresuradamente.

Mi abuelo la detuvo con una sola frase.

—Déjalo puesto.

Ella levantó la vista.

—¿Perdón?

—Ese abrigo ya no te pertenece.

Pero tampoco saldrás con él.

Seguridad.

Dos guardias avanzaron inmediatamente.

Arturo señaló el abrigo.

—Retírenlo con cuidado.

En el forro están bordadas las iniciales de mis bisnietos.

No permitiré que alguien que celebró su posible muerte vuelva a tocarlo.

Pensé que aquello era el final.

Pero entonces sonó el teléfono del abogado.

Escuchó durante unos segundos.

Después levantó lentamente la mirada.

—Señor Alcázar…

Hay un problema mucho más grave.

—¿Cuál?

El abogado cerró la carpeta.

—Acabamos de descubrir que la empresa de Sebastián Ortega lleva tres años suministrando dispositivos médicos defectuosos precisamente a varios hospitales del Grupo Alcázar.

Y los primeros pacientes afectados fueron bebés prematuros ingresados en las mismas unidades neonatales donde ahora luchaban por sobrevivir Mateo y Emilia.

Related Posts

PARTE 2: LA BOLSA NEGRA

Nadie habló. El agente miró el teléfono. Luego a Madison. —¿Quién es Ryan? Ella lo agarró inmediatamente. —Mi hermano. —¿Y por qué pregunta si Emma firmó? —No…

PARTE 2: SIETE AÑOS DE MENTIRAS

Miré a Lin Yuwei. —¿Hace siete años? Su sonrisa desapareció apenas. Gu Ye reaccionó demasiado tarde. —Yuwei, cállate. Eso fue suficiente. Cerré la carpeta. —Entonces no empezaste…

PARTE 2: LA ÚLTIMA CLÁUSULA

Daniel Hayes desplegó una hoja. —“Si mi muerte ocurre antes del nacimiento de Noah, deseo que mi familia sepa que durante las últimas semanas de mi vida…

PARTE 2: ANTES DEL VIERNES

Grace retrocedió hasta chocar contra la mesa. —Dios mío… Levanté un dedo hacia mis labios. —No grites. Su rostro perdió el color. —Usted está despierto. —Desde la…

PARTE 2: CINCO DÍAS

A las once y cuarenta, mi abogado llamó. —Claire, tenemos un problema. Me aparté de la sala de conferencias. —¿Qué pasó? —Ethan acaba de presentar un documento…

PARTE 2: EL CÓDIGO DE EMERGENCIA

El código no estaba en mi teléfono. Ese era precisamente el punto. Años antes, después de perder una cartera durante un viaje de trabajo, había creado con…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *