PARTE 2: LA CUENTA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

Adriana fotografió cada documento antes de mover una sola hoja.

Había aprendido en el hospital que, cuando una prueba desaparece, una fotografía puede salvar toda una investigación.

Abrió el cajón inferior del escritorio.

Encontró estados de cuenta que nunca había visto.

Contratos.

Facturas.

Y una memoria USB escondida dentro de una caja de plumas.

La guardó en el bolsillo sin abrirla.

Primero necesitaba entender el dinero.

Entró al portal bancario usando la computadora de Mauricio.

La contraseña seguía siendo la fecha de cumpleaños de Valeria.

Sintió un nudo en la garganta.

Su hija todavía era importante para él…

Al menos como contraseña.

Dentro del sistema apareció una cuenta empresarial vinculada a una sociedad llamada FC Capital Consulting.

La administradora era Fernanda Cárdenas.

Los depósitos comenzaban exactamente ocho meses antes de que Mauricio pidiera el divorcio.

Cada transferencia llevaba el mismo concepto:

“Honorarios por asesoría financiera.”

Pero Adriana conocía aquella empresa.

Nunca había trabajado con ellos.

Abrió otra carpeta.

Encontró un contrato firmado por Mauricio como representante legal.

Y otro documento donde figuraba una participación accionaria del treinta por ciento.

No estaba a nombre de Fernanda.

Estaba a nombre de una empresa registrada en Islas Caimán.

Sintió un escalofrío.

Aquello ya no parecía una aventura.

Parecía un plan.

Su teléfono vibró.

Era Claudia Herrera.

Su antigua compañera de universidad.

Ahora una de las abogadas mercantiles más reconocidas de la ciudad.

—Necesito verte hoy mismo.

Una hora después estaban sentadas en un despacho de Paseo de la Reforma.

Claudia revisó cada fotografía en silencio.

Luego levantó lentamente la vista.

—¿Él quiere que firmes mañana?

—Sí.

—¿Y te insiste en no revisar las cuentas?

—Todos los días.

Claudia respiró profundamente.

—Entonces no firmes absolutamente nada.

Sacó una hoja y comenzó a hacer anotaciones.

—Si estas cifras son reales, Mauricio ocultó activos durante el matrimonio.

—¿Eso qué significa?

—Que el convenio podría estar construido sobre información falsa.

Adriana sintió que el pecho le pesaba.

—¿Crees que todo esto empezó antes del divorcio?

Claudia negó con la cabeza.

—No.

Creo que el divorcio empezó cuando escondió el primer peso.

El teléfono de Adriana volvió a sonar.

Era Valeria.

—Mamá…

La voz de su hija temblaba.

—Papá vino por unas cajas.

—¿Qué cajas?

—Las que estaban en el clóset de tu estudio.

Adriana se puso de pie inmediatamente.

—¿Qué hizo con ellas?

—No sé.

Pero antes de irse dijo que si preguntabas, te dijera que eran papeles viejos.

Adriana colgó sin esperar más.

Regresó a la casa veinte minutos después.

El clóset estaba vacío.

También faltaban dos archivadores completos.

Solo quedaba una carpeta azul olvidada detrás de una caja.

La abrió.

Dentro había copias certificadas del convenio de divorcio.

Y una hoja que no recordaba haber visto.

Era una autorización irrevocable para transferir cualquier inversión no declarada descubierta después del divorcio.

El beneficiario exclusivo era Mauricio.

No ella.

No Valeria.

Solo él.

Claudia leyó el documento y sonrió por primera vez.

—Cometió un error enorme.

—¿Cuál?

—Preparó demasiado bien el fraude.

Cuando una persona deja tantas huellas, termina construyendo las pruebas que la condenan.

En ese instante, Adriana recordó la memoria USB que seguía guardada en el bolsillo de su saco.

La colocó sobre la mesa.

—Todavía no la he abierto.

Claudia la observó durante unos segundos.

—Hazlo aquí.

Si Mauricio escondía millones en las cuentas…

Lo realmente peligroso podía estar dentro de ese pequeño dispositivo.

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