PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA MIRÓ HACIA ATRÁS.

Colgué antes de que Daniel pudiera responder.

Cinco minutos después volvió a llamar.

Luego otra vez.

Y otra.

No contesté ninguna.

Cuando llegué a la oficina, ya tenía preparada mi carta de renuncia.

El director de recursos humanos levantó la vista al verla.

—¿Estás segura? Eres una de nuestras mejores gerentes de proyectos.

—Completamente.

Firmé los documentos con una tranquilidad que me sorprendió incluso a mí.

A media mañana, Daniel irrumpió en mi despacho sin llamar.

Cerró la puerta de golpe.

—¿Qué demonios significa esto?

Le mostré la copia firmada.

—Exactamente lo que dice.

—¿También lo de anoche era en serio?

—Más en serio que cualquier promesa que me hiciste durante estos tres años.

Daniel respiró hondo.

—Estás reaccionando por una tontería.

Sonreí con cansancio.

—¿Sabes cuál fue la tontería?

Él cruzó los brazos.

—Ilumíname.

—No fue el paraguas.

No fue la lluvia.

Ni siquiera fue Sophie.

Fue descubrir que, cuando me caí y sangraba en la calle, el hombre que decía amarme ni siquiera notó que había desaparecido.

Daniel abrió la boca para responder.

No encontró palabras.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Era Sophie.

Entró con una taza de café en las manos.

—Daniel, traje el…

Su voz se apagó al verme.

Intentó sonreír.

—¿Interrumpo?

—Sí —respondí.

—Y esta será la última vez.

Ella dejó el café sobre el escritorio de Daniel con una naturalidad que ya no me sorprendía.

—No entiendo por qué haces todo esto.

Daniel solo me estaba ayudando.

—Claro.

Como te ayudó con el apartamento.

Con tus proyectos.

Con tus viajes.

Con tus problemas.

Siempre estuvo disponible para ti.

Nunca para mí.

Sophie bajó la mirada.

Por primera vez parecía incómoda.

Daniel dio un paso hacia mí.

—No confundas las cosas.

—No las confundí.

Las entendí demasiado tarde.

Saqué de mi bolso una pequeña llave plateada.

Era la del apartamento donde habíamos vivido durante casi dos años.

La dejé sobre el escritorio.

—Ya recogí mis cosas.

Él frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Mientras tú llevabas a Sophie a casa.

El silencio fue absoluto.

Daniel tomó la llave.

—No puedes tirar tres años por una discusión.

—No los estoy tirando.

Estoy dejando de mendigar un lugar que nunca quisiste darme.

Su teléfono vibró.

En la pantalla apareció el nombre de Sophie con un corazón blanco al lado.

Los tres lo vimos.

Ella palideció.

Daniel bloqueó la pantalla demasiado tarde.

Yo simplemente asentí.

—Gracias.

—¿Gracias?

—Necesitaba ver eso para no arrepentirme nunca.

Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.

—Espera.

Era la primera vez en tres años que Daniel corría detrás de mí delante de toda la oficina.

Los empleados levantaron la vista de sus escritorios.

Nunca antes lo habían visto perseguirme.

Porque nunca antes había reconocido públicamente que existía algo entre nosotros.

Me sujetó suavemente del brazo.

—Podemos hablar en privado.

Lo aparté con calma.

—Ahora ya no hace falta esconder nada.

Todos los presentes nos observaban en completo silencio.

Daniel parecía comprender, demasiado tarde, que la mujer que siempre caminaba detrás de él ya no pensaba seguir haciéndolo.

Aquella misma tarde entregué mi gafete y crucé por última vez la recepción de la empresa.

Al salir, un automóvil negro se detuvo frente a la entrada.

Christopher Miller descendió personalmente para recibirme.

—Bienvenida a Horizon.

Varios compañeros reconocieron de inmediato al director del cliente más importante de la empresa.

Las miradas pasaron de Christopher hacia mí.

Y después hacia Daniel, que seguía inmóvil detrás del cristal de la recepción.

Solo entonces comprendió que no había perdido a una empleada.

Había perdido a la única mujer que siempre estuvo dispuesta a esperar que algún día él aprendiera a caminar a su lado.

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