Esteban no dejó de reír hasta que la puerta se cerró detrás de Mariana.
—¿Escucharon eso? —dijo mirando a Valeria y a su madre—. Ahora resulta que la señora es una Arriaga.
Valeria soltó una carcajada.
—La misma familia que organiza la gala donde nos invitaron. Qué casualidad.
Doña Ofelia acomodó su collar de perlas.
—Las mujeres sin dinero siempre inventan apellidos importantes cuando las dejan.
Ninguno notó que, al mismo tiempo, todos los teléfonos corporativos de Grupo Luján comenzaron a perder acceso a las cuentas bancarias.
Dos horas después, el Gran Hotel Imperial brillaba con cientos de lámparas de cristal.
Empresarios.
Políticos.
Magistrados.
Periodistas.
La Gala Anual de la Fundación Arriaga reunía a las familias más influyentes del país.
Esteban sonreía para las cámaras.
Valeria caminaba tomada de su brazo con un vestido blanco nuevo.
Camila avanzaba unos pasos detrás.
La habían obligado a cambiarse de ropa para “verse presentable”.
Su pequeña mano seguía sosteniendo con fuerza el peluche que Mariana le había regalado antes de marcharse.
—Sonríe —ordenó Valeria entre dientes.
—No quiero.
Valeria le apretó el brazo con fuerza.
—Hazlo.
En ese mismo instante…
Un convoy de camionetas negras llegó por la entrada principal.
Los fotógrafos dejaron de mirar a los invitados.
Todas las cámaras giraron hacia el mismo punto.
Un hombre de cabello completamente blanco descendió lentamente del vehículo.
Vestía un esmoquin negro impecable.
A su alrededor caminaban discretamente varios escoltas.
Los organizadores se apresuraron a recibirlo.
—Buenas noches, señor Arriaga.
Esteban observó la escena.
—¿Quién es?
Uno de los empresarios lo miró sorprendido.
—¿No lo conoce?
Es don Alejandro Arriaga.
Fundador del grupo.
Presidente honorario de la fundación.
El hombre más poderoso de todo el consorcio.
Valeria acomodó nerviosamente su vestido.
—Vamos a saludarlo.
Mientras Alejandro avanzaba entre los invitados, Camila levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Soltó la mano de Valeria.
Y comenzó a correr.
—¡Camila! —gritó Esteban.
La niña siguió corriendo.
Los escoltas dieron un paso al frente.
Pero Alejandro levantó una mano para detenerlos.
Camila llegó hasta él.
Lo abrazó con todas sus fuerzas alrededor de la cintura.
Y gritó tan fuerte que todo el salón quedó en silencio.
—¡Abuelo!
Alejandro bajó lentamente la mirada.
Reconoció inmediatamente aquel rostro.
Se arrodilló frente a la niña.
—Mi pequeña…
¿Qué pasó?
Camila comenzó a llorar.
Señaló directamente a Valeria.
Después a Esteban.
Y finalmente dijo la frase que atravesó todo el salón.
—¡Ella fue!
Todos los invitados giraron hacia Valeria.
Camila seguía temblando.
—Me pegó muchas veces.
Papá la vio.
Y no hizo nada.
El silencio fue absoluto.
Alejandro levantó lentamente la vista hacia Esteban.
—¿Qué acaba de decir mi nieta?
Esteban sintió que la garganta se le cerraba.
—Señor Arriaga…
Creo que hay un malentendido.
Alejandro no respondió.
Observó el pequeño moretón que todavía marcaba la mejilla de Camila.
Después acarició con cuidado el labio partido de la niña.
Su expresión cambió por completo.
Ya no era la del anciano elegante que acababa de llegar a una gala.
Era la de un abuelo que acababa de descubrir que alguien había lastimado a su familia.
En ese momento, las enormes puertas del salón volvieron a abrirse.
Mariana entró caminando con un traje negro impecable.
A su lado avanzaba Rafael, el director jurídico del Grupo Arriaga.
Él llevaba una carpeta azul.
Se acercó directamente hasta Alejandro.
Le entregó los documentos.
El anciano leyó apenas la primera página.
Su rostro se endureció.
Luego levantó lentamente la vista hacia Esteban.
—Así que tú eres el hombre que durante siete años utilizó el apellido de mi hija para conseguir contratos…
Pasó otra hoja.
—…y además golpeaste a mi nieta.
Esteban retrocedió un paso.
—Yo puedo explicarlo.
Alejandro cerró la carpeta.
—No.
Quien va a explicarlo serás tú.
Pero no aquí.
Miró a los dos hombres que acababan de entrar detrás de Mariana.
Vestían trajes oscuros.
Mostraban credenciales oficiales.
Y caminaban directamente hacia Esteban con una orden judicial en las manos.

Solo entonces comprendió que Mariana nunca había llamado a su padre para presumir un apellido.
Había llamado al hombre que llevaba años esperando el momento exacto para descubrir quién estaba utilizando el nombre de los Arriaga para construir un imperio basado en mentiras.