PARTE 2: LA GRABACIÓN DE 47 MINUTOS

No dormí aquella noche.

Esperé a que Alejandro respirara profundamente antes de volver a levantarme.

Esta vez no fui a la tableta.

Fui directamente a la camioneta.

Conocía perfectamente dónde escondía una llave de repuesto.

La había colocado allí el primer año de matrimonio, cuando todavía confiaba en mí.

Abrí la puerta sin hacer ruido.

El estuche plateado seguía en el compartimiento central.

No lo toqué.

Solo observé el pequeño reflejo morado de la piedra incrustada.

Entonces vi algo más.

Debajo del asiento del copiloto había un teléfono.

No era el suyo.

Era un celular desechable.

La pantalla seguía encendida.

Cuando lo tomé, apareció una notificación.

Grabación finalizada: 47:12 minutos.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

El aparato no tenía contraseña.

Abrí inmediatamente la aplicación de audio.

Solo existía un archivo.

Lo reproduje.

Durante los primeros segundos solo se escuchaba el motor de la camioneta.

Después apareció la voz de Valeria.

—¿Ya le hiciste tirar todo?

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Hace años.

Vendió hasta su estudio de maquillaje.

Valeria también se rio.

—Todavía no entiendo cómo creyó esa historia de la alergia.

—Porque mi madre interpretó perfectamente el ataque.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Volví a escuchar el audio.

No había entendido mal.

Su madre.

Todo había sido un montaje.

Alejandro continuó hablando.

—Solo necesitábamos convencerla una vez.

Después ella hizo el resto.

Vendió el negocio.

Dejó de maquillarse.

Ni siquiera usa perfume.

Valeria respondió con admiración.

—La manipulaste mejor de lo que imaginaba.

Alejandro guardó unos segundos de silencio.

Después dijo algo que terminó de romperme.

—Mientras ella dejaba su profesión…

Yo me quedé con toda su cartera de clientas.

Fruncí el ceño.

¿Mis clientas?

La grabación continuó.

Valeria abrió el estuche de maquillaje.

—Las novias pagan muchísimo.

—Exactamente.

Por eso abrimos la nueva empresa.

Ellas ya confiaban en Mariana.

Solo tuvimos que contratar maquillistas usando su antiguo portafolio.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

No era solo una infidelidad.

Habían utilizado mi reputación.

Mi trabajo.

Los años que dediqué a construir aquel estudio.

Todo.

Sin decirme una sola palabra.

Valeria preguntó entonces:

—¿Y si descubre que la empresa sigue usando sus fotografías?

Alejandro soltó una carcajada.

—¿Cómo?

Hace cuatro años que no entra al mundo del maquillaje.

Ni siquiera sabe que “Velvet Bride Studio” sigue funcionando.

Sentí un vacío en el estómago.

Velvet Bride.

Era el nombre que yo misma había registrado.

El nombre que desapareció cuando vendí el negocio.

¿O eso creía?

Seguí escuchando.

Durante casi cuarenta minutos hablaron de contratos.

Proveedores.

Clientes.

Y dinero.

Muchísimo dinero.

Entonces llegó la última parte.

La voz de Valeria sonó más seria.

—¿Cuándo vas a divorciarte?

Alejandro respondió inmediatamente.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Hubo un breve silencio.

Después dijo la frase que jamás olvidaré.

—Porque legalmente la mitad de la empresa sigue siendo de ella.

Si firma primero los nuevos poderes…

Después ya no la necesitaremos.

La grabación terminó.

Permanecí inmóvil dentro de la camioneta.

Con el teléfono todavía entre las manos.

No lloré.

Ni una sola lágrima.

Solo entendí que aquellos cuatro años no habían sido una casualidad.

Habían sido un plan.

Un plan cuidadosamente construido por Alejandro y su madre para apartarme de mi profesión, quedarse con mi prestigio y usar mi nombre mientras yo vivía creyendo que lo hacía para salvarle la vida.

Entré de nuevo a la casa antes de que amaneciera.

Guardé una copia de la grabación en tres memorias distintas.

La envié a mi correo.

Y a Lucía, mi mejor amiga.

Cuando terminé, sonó mi teléfono.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era el contrato de venta de mi antiguo estudio.

Pero había una página que yo nunca había visto.

Estaba firmada el mismo día.

Llevaba mi firma escaneada.

Y debajo aparecía una cláusula agregada después de que yo firmé.

“La vendedora cede de manera permanente el uso de su imagen, nombre profesional, portafolio, clientela y marca comercial a Beauty Horizon Group S.A.”

Leí el nombre de la empresa una segunda vez.

Era exactamente la empresa donde Alejandro figuraba como director financiero.

En ese instante comprendí que la grabación de cuarenta y siete minutos solo era el principio.

Porque alguien había falsificado un contrato utilizando mi firma.

Y ese delito había comenzado el mismo día en que, creyendo que sacrificaba mi sueño por amor, entregué las llaves de mi estudio.

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