Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
La publicación seguía apareciendo bajo mi antiguo perfil.
Un perfil que no utilizaba desde hacía casi cinco años.
Nunca habría escrito algo así.
Mucho menos con detalles que ni siquiera yo conocía.
El abogado había enviado una carta formal.
Si no eliminaba aquella supuesta difamación en cuarenta y ocho horas, iniciarían acciones civiles y penales contra mí.
Respiré hondo.
Lo primero que hice fue intentar entrar a esa cuenta.
La contraseña había cambiado.
También el correo de recuperación.
Y el número telefónico asociado ya no era el mío.
Tomé capturas de todo.
Luego llamé a Lucía.
—Necesito un perito informático.
Ella no hizo preguntas.
—Conozco a alguien.
En menos de dos horas estábamos frente a Eduardo Salinas, especialista en delitos digitales.
Revisó la carta del abogado.
Después la publicación.
Y finalmente sonrió de una manera extraña.
—Qué torpes.
Fruncí el ceño.
—¿Qué encontraste?
Giró la pantalla hacia mí.
—La publicación fue editada tres veces antes de hacerse pública.
La primera versión era distinta.
—¿Puedes recuperarla?
Asintió.
Unos minutos después apareció el texto original.
No hablaba de desvío de dinero.
Ni de departamentos.
Solo decía:
“Alejandro me engañó con su secretaria.”
Eduardo continuó trabajando.
—Después alguien añadió todos estos detalles financieros.
—¿Quién?
Él señaló otra ventana.
—Eso es lo interesante.
La edición no se hizo desde tu antigua cuenta.
Se hizo utilizando acceso administrativo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—Que alguien tenía control total del perfil.
No necesitó hackear tu contraseña.
Simplemente administraba la cuenta desde otro dispositivo autorizado.
Recordé algo de inmediato.
Cinco años atrás, Alejandro había insistido en ayudarme a configurar todas mis redes sociales cuando cambié de teléfono.
Nunca volvió a mencionarlo.
Yo tampoco.
Eduardo levantó la vista.
—¿Tu esposo alguna vez tuvo acceso a tus cuentas?
No respondí.
Ya conocía la respuesta.
Aquella misma tarde recibí otro mensaje de Renata.
Esta vez no era una amenaza.
Era una dirección.
“Hotel Costa Azul. Habitación 1108.”
Debajo escribió:
“Si quieres saber por qué enviaron esa carta, ven sola.”
Lucía intentó detenerme.
—Puede ser una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no vayas.
Negué lentamente.
—Necesito escucharla.
Renata abrió la puerta antes de que llamara.
No llevaba maquillaje.
Tenía los ojos hinchados.
Parecía haber llorado durante horas.
—Gracias por venir.
Entré sin decir una palabra.
Sobre la mesa había una carpeta.
Exactamente igual a la que utilizaban los abogados corporativos.
Renata la empujó hacia mí.
—Léela.
Abrí el primer documento.
Era un contrato de confidencialidad.
El segundo…
Una autorización bancaria.
El tercero…
Una escritura.
Levanté lentamente la vista.
—¿Qué es esto?
Renata respiró profundamente.
—El departamento.
El que menciona la publicación.
—Alejandro me dijo que era un incentivo de la empresa.
Pasé la siguiente hoja.
El propietario no era Alejandro.
Tampoco Renata.
Era una sociedad inmobiliaria.
Firmada por…
Mi corazón se detuvo.
El nombre del administrador aparecía claramente.
Mauricio Beltrán.
El abogado personal de Alejandro.
El mismo que había enviado la carta exigiendo que eliminara la publicación.
Miré nuevamente a Renata.
—¿Por qué me enseñas esto?
Ella comenzó a llorar.
—Porque yo tampoco sabía toda la verdad.
Pensé que solo ocultaba nuestra relación.
Pero ayer descubrí que utilizó mi nombre para comprar propiedades.
Y ahora intenta hacerme responsable.
Me quedé completamente inmóvil.
Renata abrió otro sobre.
Dentro había varias fotografías.
Ella y Alejandro entrando juntos a hoteles.
Reuniones.
Viajes.
Restaurantes.
Todas tomadas durante los últimos dos meses.
Pero la última fotografía era diferente.
No aparecía Renata.
Aparecía Alejandro.
Sentado frente a tres hombres.
Sobre la mesa había varios contratos.
Y una enorme maleta negra abierta llena de dinero en efectivo.
—¿Quién tomó esa foto?
Pregunté.
Renata bajó lentamente la mirada.
—Yo.
Porque esa noche entendí que ya no estaba ocultando una aventura.
Estaba presenciando algo mucho más peligroso.
En ese instante sonó el teléfono de Renata.
La pantalla mostró un único nombre.
Alejandro.
Ella no contestó.
El teléfono dejó de sonar.
Cinco segundos después recibió un mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Era la entrada del edificio donde vivía Lucía.
Y debajo, una frase.
“Dile a Mariana que deje de hacer preguntas. Ya sabemos dónde está.”

Las dos nos miramos en absoluto silencio.
Entonces comprendimos que la carta del abogado nunca había tenido como objetivo proteger una reputación.
Había sido la primera advertencia para impedir que descubriéramos aquello que realmente llevaba dos meses ocurriendo en Los Cabos.