PARTE 2: EL ÚLTIMO ALIENTO

El grito de Amalia atravesó la funeraria como un relámpago.

—¡Está vivo! ¡Mi hijo está vivo!

Durante dos segundos nadie reaccionó.

Los presentes permanecieron inmóviles, incapaces de comprender lo que acababan de escuchar.

Entonces Amalia volvió a gritar.

—¡Llamen a una ambulancia! ¡Todavía respira!

Uno de los empleados se acercó temblando al ataúd.

Observó fijamente el pecho de Mateo.

Esperó.

Y lo vio.

Un movimiento.

Mínimo.

Pero real.

—¡Dios mío…!

Retrocedió de golpe.

—¡Tiene pulso!

La sala explotó en caos.

Varias personas sacaron sus teléfonos al mismo tiempo.

Alguien comenzó a llorar.

Otro corrió hacia la entrada buscando ayuda.

Solo Daniela permanecía completamente inmóvil.

No parecía sorprendida.

Parecía aterrorizada.

Amalia tomó la mano de su hijo.

Estaba fría.

Pero no rígida.

—Mijo… aquí está tu mamá.

No te me vayas.

No otra vez.

Las lágrimas caían sobre el rostro inmóvil de Mateo.

De pronto, sus dedos temblaron apenas unos milímetros.

Amalia sintió aquel pequeño movimiento.

Y comprendió que no estaba imaginando nada.

—¡Mateo!

Uno de los socios de la empresa se acercó.

—Hay que sacarlo del ataúd.

Entre cuatro hombres levantaron cuidadosamente el cuerpo.

El abogado intentó intervenir.

—Esperen, esto puede alterar…

—¡Cállese! —rugió Amalia.

—¡Mi hijo se está muriendo!

Nadie volvió a escuchar al abogado.


Cinco minutos después llegaron los paramédicos.

El jefe del equipo revisó rápidamente los signos vitales.

Su expresión cambió por completo.

—¿Quién certificó esta muerte?

Nadie respondió.

El médico volvió a revisar las pupilas.

Después el cuello.

Luego el pecho.

Miró indignado a los presentes.

—¡Este hombre nunca debió estar en un ataúd!

Comenzó inmediatamente las maniobras de estabilización.

Oxígeno.

Monitor.

Suero intravenoso.

Uno de los paramédicos observó la hoja de defunción colocada sobre una mesa.

Frunció el ceño.

—Doctor…

El certificado fue firmado hace más de veinticuatro horas.

El médico levantó lentamente la vista.

—Entonces alguien declaró muerto a un paciente que seguía con vida.

El silencio cayó otra vez sobre la funeraria.

Todos giraron automáticamente hacia Daniela.

Ella dio un paso atrás.

—Yo… yo solo seguí las indicaciones del hospital.

Amalia la señaló directamente.

—¡Mentira!

—¡Tú no querías que yo abriera ese ataúd!


Los agentes municipales llegaron pocos minutos después.

Lo primero que hicieron fue impedir que cualquiera abandonara el lugar.

Uno de ellos se acercó a Daniela.

—Necesitamos hacerle unas preguntas.

Ella respiró profundamente.

—Claro.

No tengo ningún problema.

Pero mientras hablaba, buscaba discretamente su bolso.

Amalia lo notó antes que nadie.

—¡No la dejen tocar ese bolso!

El agente reaccionó inmediatamente.

Tomó el bolso antes de que Daniela pudiera abrirlo.

Dentro encontraron dos teléfonos.

Un frasco de pastillas sin etiqueta.

Y un sobre color café.

El oficial abrió el sobre.

Sacó varios documentos.

Los revisó apenas unos segundos.

Después levantó lentamente la vista hacia Daniela.

—¿Qué es esto?

Ella guardó silencio.

El documento superior llevaba el logotipo de la empresa de Mateo.

Era una solicitud para transferir todas sus acciones.

Solo faltaba una firma.

La de Mateo.

Amalia sintió que el corazón se le encogía.

—¿Querías enterrarlo antes de que despertara?

Daniela comenzó a llorar.

—No es lo que parece…

Pero nadie la escuchaba ya.


La ambulancia salió de la funeraria con las sirenas encendidas.

Amalia viajaba junto a su hijo sujetándole la mano.

Los monitores seguían emitiendo pitidos irregulares.

El médico no apartaba la vista de la pantalla.

—Vamos, Mateo…

Resiste.

Mientras tanto, otro equipo policial permanecía dentro de la funeraria.

Un perito fotografiaba el ataúd.

Otro recogía las copas utilizadas durante el velorio.

Fue entonces cuando una joven enfermera apareció corriendo por la puerta.

Estaba completamente agitada.

—¡Esperen!

Todos la miraron.

—Trabajo en el Hospital San Gabriel.

Reconocí al paciente cuando vi la fotografía del funeral en redes sociales.

El detective dio un paso hacia ella.

—¿Qué ocurre?

La enfermera respiró con dificultad.

—Yo estuve presente la noche anterior.

Ese hombre…

Nunca fue declarado muerto por el médico tratante.

El detective frunció el ceño.

—¿Qué está diciendo?

Ella tragó saliva.

—El certificado de defunción desapareció del sistema durante varias horas.

Y cuando volvió a aparecer…

Ya tenía otra firma.

No la del doctor.

La de alguien que jamás estuvo de guardia esa noche.

Toda la funeraria quedó en absoluto silencio.

El detective cerró lentamente su libreta.

Después pidió por radio una orden urgente.

—Necesitamos asegurar inmediatamente todos los registros del Hospital San Gabriel.

Porque si esa enfermera estaba diciendo la verdad…

El intento de enterrar vivo a Mateo no había comenzado en la funeraria.

Había empezado mucho antes.

Y alguien dentro del hospital había ayudado a hacerlo posible.

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