Me quedé mirando a Ethan sin atreverme a tomar los girasoles.
El hermano de Rachel.
El hombre que durante el juicio había permanecido sentado detrás de ella sin apartar los ojos de mí.
—¿Qué reloj? —pregunté.
Él exhaló lentamente.
—El Rolex que compraste el día que los encontraste.
Sentí un escalofrío.
—Lo tiré a la basura.
Ethan negó con la cabeza.
—No.
—Daniel volvió por él esa misma noche.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
Sacó una carpeta de cuero.
Dentro había fotografías, estados de cuenta y varios informes.
—Hace dos años acepté revisar la contabilidad de la empresa donde trabajabas.
—Rachel me pidió ayuda porque Daniel decía que había problemas fiscales.
Mi respiración se hizo más lenta.
—¿Y?
—No encontré un problema fiscal.
—Encontré un fraude.
Abrió la primera hoja.
Había decenas de transferencias.
Empresas fantasma.
Facturas duplicadas.
Contratos firmados con proveedores inexistentes.
Reconocí mi firma.
O, mejor dicho…
Una imitación casi perfecta.
Sentí un vacío en el estómago.
—No…
Ethan asintió.
—Durante cinco años utilizaron tu autorización como directora financiera para mover dinero.
—Rachel conocía todas tus claves.
—Daniel tenía acceso a tus documentos.
—Los dos trabajaban juntos.
Pasé las páginas con manos temblorosas.
Cada documento llevaba mi nombre.
Cada autorización parecía auténtica.
Yo nunca había visto ninguno.
—¿Cuánto dinero?
Ethan guardó silencio unos segundos.
—Casi doce millones de dólares.
El mundo se quedó completamente quieto.
Doce millones.
Yo había vendido mi apartamento.
Mis inversiones.
Había pagado una indemnización enorme creyendo que había destruido la vida de Rachel.
Mientras tanto…
Ellos llevaban años vaciando la mía.
—¿Y el reloj?
Ethan abrió otra fotografía.
Era una imagen del Rolex completamente desmontado.
Dentro del mecanismo aparecía una pequeña memoria metálica.
—El reloj fue modificado antes de que lo recogieras.
Lo miré sin comprender.
—¿Modificado por quién?
—Por el investigador privado que contrataste un año antes.
Mi corazón dio un vuelco.
Entonces lo recordé.
Meses antes de descubrir la infidelidad había contratado discretamente a un investigador porque algunos balances de la empresa no cuadraban.
Nunca llegué a recoger el informe.
Todo explotó antes.
Ethan señaló la memoria.
—Cuando confirmó que Daniel y Rachel robaban dinero, decidió ocultar toda la información dentro del reloj.
—Quería entregártelo personalmente durante vuestro aniversario.
Cerré los ojos.
Todo estaba conectado.
El aniversario.
El Rolex.
La sorpresa.
La traición.
—Nunca llegué a abrir la caja.
—Lo sé.
—Daniel sí.
Sentí que el pecho se cerraba.
—Entonces destruyó la memoria.
Ethan negó lentamente.
—Eso creyó.
Sacó un pequeño sobre transparente.
Dentro había otra memoria idéntica.
—El investigador siempre hacía dos copias.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo llegó eso a tus manos?
Su expresión se volvió amarga.
—Murió seis meses después en un accidente de tráfico.
—Entre sus pertenencias apareció una nota con tu nombre.
—El abogado me la entregó porque Rachel figuraba como una de las personas investigadas.
Respiré con dificultad.
—¿Y por qué esperaste hasta ahora?
Ethan bajó la cabeza.
—Porque durante años pensé que mi hermana era una víctima.
—Después encontré sus mensajes con Daniel.
—Leí cómo planeaban dejarte sin empresa, quedarse con tus acciones y hacer que pareciera que tú habías robado el dinero.
Mis dedos comenzaron a temblar.
No por rabia.
Por comprensión.
La infidelidad nunca había sido el verdadero objetivo.
Solo era una parte del plan.
Daniel quería destruir mi matrimonio…
Porque antes ya había decidido destruir toda mi vida.
Ethan volvió a extender la mano.
Esta vez no llevaba girasoles.
Llevaba la memoria USB.
—Clara…
—Todavía puedes recuperar tu libertad.

Miré el pequeño dispositivo plateado.
Tres años y ocho meses atrás había salido de aquella casa creyendo que lo había perdido todo.
Ahora entendía que la verdadera batalla…
Ni siquiera había comenzado.