PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA QUISO TOCARME.

Daniel no apartó la mirada de mi jefe.

El silencio entre los dos fue tan incómodo que hasta la enfermera dejó de escribir.

Mi jefe, Víctor Salas, sonrió con esa seguridad que utilizaba en la oficina para cerrar contratos imposibles.

—Doctor, gracias por atender a Laura.

Dejó el ramo sobre la mesa.

—Su madre se preocupó cuando supo que había venido sola.

Daniel tomó la historia clínica.

—¿Es usted su prometido?

Víctor respondió sin dudar.

—Todavía no oficialmente.

—Pero pronto lo seré.

Sentí que me ardía la cara.

—Eso no es cierto.

Víctor me miró con una sonrisa paciente.

—Laura, tu mamá ya aceptó.

—Solo falta que tú dejes de ser tan terca.

Daniel levantó lentamente la vista.

Por primera vez desde que entré en la consulta, dejó de parecer únicamente mi médico.

—Señor Salas.

Su voz seguía tranquila.

—La paciente acaba de decir que no es cierto.

Víctor soltó una risa breve.

—Las mujeres siempre dicen eso al principio.

—Solo necesita un poco más de tiempo.

Daniel cerró la carpeta.

El sonido seco resonó por toda la consulta.

—Entonces no es su prometido.

—Es su jefe.

Víctor perdió la sonrisa.

—Eso no tiene nada que ver con esta consulta.

—Tiene todo que ver.

Daniel señaló la puerta.

—La paciente necesita privacidad para recibir información médica.

—Puede esperar fuera.

Víctor no se movió.

—Quiero escuchar el diagnóstico.

—No.

—Ella trabaja para mí.

Daniel dio un paso hacia él.

—Pero su cuerpo no le pertenece.

El ambiente se congeló.

La enfermera carraspeó con nerviosismo.

Yo permanecía inmóvil.

Jamás imaginé ver a Daniel enfrentarse a alguien por mí.

Durante nuestra relación evitaba cualquier conflicto.

Ahora hablaba con una firmeza que nunca le había conocido.

Víctor cruzó los brazos.

—Doctor, creo que está olvidando con quién habla.

Daniel señaló nuevamente la salida.

—No.

—Creo que usted está olvidando dónde está.

Hubo varios segundos de silencio.

Finalmente, Víctor recogió el ramo.

Antes de salir me lanzó una mirada extraña.

—Laura, hablaremos en la oficina.

La puerta se cerró.

Respiré por primera vez desde que había entrado.

Daniel permaneció de espaldas unos instantes.

Después volvió a sentarse frente a mí.

—¿Ese hombre te está presionando?

Negué despacio.

—No exactamente.

—Entonces explícamelo.

Suspiré.

—Mi madre cree que es el candidato perfecto.

—Tiene dinero.

—Es director de la empresa.

—Piensa que casarme con él resolvería mi vida.

Daniel guardó silencio.

Luego preguntó algo que no esperaba.

—¿Y tú qué quieres?

Lo miré.

Hacía diez años que nadie me hacía esa pregunta.

Sonreí con amargura.

—Ni siquiera lo sé.

Daniel escribió unas indicaciones médicas.

Después me entregó una hoja.

—Estos son los estudios.

—Y esto…

Sacó otra tarjeta de su bata.

—Es mi número personal.

La observé sorprendida.

—¿No se supone que los médicos no hacen eso?

—No lo hago con mis pacientes.

—Entonces…

Él respiró hondo.

Por primera vez desde que comenzó la consulta, bajó la mascarilla.

Su rostro seguía casi igual que diez años atrás.

Solo había más cansancio en sus ojos.

—Lo hago con la mujer que una vez creyó que nunca quise tocarla.

Mi corazón dejó de latir por un instante.

Daniel sonrió con tristeza.

—Laura…

—Nunca me alejé porque no te deseara.

Metió la mano en el bolsillo de la bata.

Sacó una pequeña cartera de cuero.

Dentro había una fotografía antigua.

Éramos nosotros.

Los dos.

Abrazados bajo la lluvia el día que cumplíamos un año juntos.

La había conservado durante una década.

—Tres semanas antes de que me dejaras —dijo en voz baja— me diagnosticaron un tumor en la mano derecha.

Sentí un escalofrío.

Él levantó lentamente la mano.

Una cicatriz fina cruzaba la palma hasta la muñeca.

—Los médicos no sabían si volvería a operar.

—Ni siquiera sabían si conservaría la movilidad.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Daniel sostuvo mi mirada.

—No quería que te ataras a alguien que podía perder la carrera… o quedarse con una discapacidad permanente.

Entonces comprendí que el hombre que nunca quiso tocarme…

Llevaba diez años cargando un secreto mucho más doloroso que cualquier rechazo que yo hubiera imaginado.

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