PARTE 2: LA CUENTA REGRESIVA HABÍA COMENZADO.

La sonrisa de Serena desapareció tan rápido como había aparecido.

Solo yo la había visto.

Los demás seguían pendientes de ella, como si fuera la única persona capaz de sufrir en aquella habitación.

Adrian se levantó al verme entrar.

Su expresión era fría.

—¿Qué pasó?

Jason llegó detrás de mí apoyándose apenas en la pierna herida.

Todavía respiraba con dificultad.

—Ivy intentó lanzarse del auto.

El salón quedó en silencio.

Elliot giró la cabeza de inmediato.

Mason dejó la taza sobre la mesa.

Incluso Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

Jason respiró hondo.

—Abrió la puerta en movimiento. Saltó. Después intentó meterse frente a un vehículo militar.

Durante unos segundos nadie habló.

Esperé alguna pregunta.

Quizá un “¿estás bien?”.

Quizá un “¿por qué lo hiciste?”.

Pero Serena fue la primera en romper el silencio.

Sus ojos comenzaron a humedecerse otra vez.

—Ivy… ¿de verdad necesitabas llegar tan lejos por un malentendido?

Sentí una extraña tranquilidad.

Hasta ese momento seguían creyendo que todo giraba alrededor de ella.

Adrian caminó hacia mí.

Su voz sonó impaciente.

—¿Sabes el problema que acabas de causar?

Miré directamente sus ojos.

—No.

—Si Jason hubiera muerto por salvarte, ¿cómo ibas a vivir con eso?

Asentí lentamente.

—Entiendo.

Ni una palabra sobre mí.

Solo sobre Jason.

Solo sobre los demás.

Elliot dio un paso adelante.

—Ivy, deja de usar tu vida para manipular a la gente.

Mason añadió con evidente decepción:

—Nunca pensé que fueras capaz de algo tan infantil.

Los observé uno por uno.

Durante años había buscado desesperadamente un poco de calor en aquellas miradas.

Ahora solo veía desconocidos.

En mi mente apareció nuevamente la voz del sistema.

“Anfitriona.”

“El cuerpo presenta una fuerte pérdida de voluntad de supervivencia.”

“La sincronización con este mundo ha comenzado a disminuir.”

Respiré despacio.

—¿Cuánto falta?

“Siete días.”

“Después de siete días, podrás abandonar este mundo de forma permanente.”

Siete días.

Solo siete.

Sonreí sin darme cuenta.

Jason me miró desconcertado.

—Ivy… ¿por qué sonríes?

No respondí.

Subí las escaleras.

Nadie intentó detenerme.

Detrás de mí escuché a Adrian suspirar.

—Déjenla.

Mañana se le pasará.

Cerré la puerta de mi habitación.

Saqué una maleta del armario.

No tenía demasiadas cosas.

La mayoría de los regalos que alguna vez recibí ya estaban en la habitación de Serena.

Las fotografías donde aparecía con Adrian habían desaparecido meses atrás.

Las medallas que había ganado en los entrenamientos infantiles ahora decoraban una vitrina compartida con los trofeos de Serena.

No quedaba mucho por recoger.

Abrí el cajón de la mesita.

Dentro seguía el certificado de matrimonio firmado aquella misma mañana.

Lo observé unos segundos.

Después lo rompí por la mitad.

Y luego otra vez.

Los pequeños pedazos cayeron al bote de basura.

En ese instante sonó la puerta.

Era Mason.

—Ivy.

No contesté.

—Sé que estás despierta.

Abrí finalmente.

Mason permanecía de pie con un pequeño botiquín en la mano.

—Jason necesitó ocho puntos.

Pensé que al menos preguntarías cómo está.

Lo miré con calma.

—¿Ya terminó?

Parpadeó.

—¿Qué?

—El informe médico.

Su expresión comenzó a cambiar.

—Ivy…

—Si ya terminó, me alegro.

Intenté cerrar la puerta.

Mason la sujetó.

—¿Qué te está pasando?

Por primera vez en muchos años respondí con absoluta sinceridad.

—Nada.

—Simplemente dejé de esperar algo de ustedes.

Él permaneció inmóvil.

Nunca antes le había hablado así.

Aproveché su desconcierto para cerrar la puerta.

Apagué la luz.

Me acosté sin cambiarme de ropa.

A medianoche llegó una nueva notificación del sistema.

“Cuenta regresiva activada.”

“Tiempo restante para regresar al mundo original: 6 días, 23 horas, 59 minutos.”

Miré el techo oscuro.

Al otro lado del pasillo escuché risas.

Seguramente Serena ya se había recuperado.

Todos seguían acompañándola.

Yo cerré los ojos lentamente.

Por primera vez desde que llegué a ese mundo, el silencio dejó de dolerme.

Porque ya no era el silencio que Adrian había elegido para castigarme.

Era el silencio de alguien que por fin sabía que estaba a punto de volver a casa.

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