—Señora Mariana Salcedo Mercado.
Uno de los policías se acercó lentamente a la cama del hospital mientras otro permanecía junto a la puerta.
—Necesitamos que nos acompañe para rendir su declaración.
Mariana no apartó la vista de Nico.
El niño dormía profundamente, con oxígeno, una vía en el brazo y los labios todavía morados por el tiempo que había pasado en el mar.
—¿Mi hijo está detenido también? —preguntó con voz ronca.
El agente bajó la mirada.
—No, señora.
—Entonces no me moveré de aquí hasta que un médico confirme que está fuera de peligro.
El segundo policía dio un paso adelante.
—Su familia asegura que usted se lanzó al agua durante un episodio emocional y arrastró al menor consigo.
Mariana soltó una risa tan seca que incluso las enfermeras levantaron la vista.
—¿También dijeron que después nadé durante horas para salvarlo?
Ninguno respondió.
En ese momento entró el doctor Ramírez.
—El niño presenta hipotermia, deshidratación y múltiples golpes compatibles con un fuerte impacto contra el agua. La madre tiene el mismo cuadro. Ninguno puede abandonar el hospital.
Los agentes intercambiaron una mirada.
Antes de irse, uno comentó:
—La familia Salcedo ya contrató abogados. También solicitaron una evaluación psiquiátrica para usted.
La puerta volvió a cerrarse.
Mariana comprendió que Rodrigo no solo había intentado deshacerse de ella.
Quería convertirla en la culpable.
Dos horas después apareció un hombre de barba canosa con botas de pescador.
Era don Esteban.
El capitán de la lancha que los había rescatado.
Llevaba una gorra entre las manos.
—Disculpe que entre sin avisar.
Mariana sonrió por primera vez.
—Usted nos salvó la vida.
El hombre negó con la cabeza.
—No vine por eso.
Sacó un teléfono celular viejo protegido por una funda transparente.
—Mi nieto graba todo cuando salimos a pescar. Dice que quiere subir videos a internet.
Abrió un archivo.
La imagen mostraba el mar completamente oscuro.
Al fondo aparecía el enorme yate iluminado.
Luego se escuchó un grito.
El grito de Mariana.
La cámara hizo un acercamiento automático.
Y durante unos segundos quedó perfectamente grabado algo que nadie esperaba.
Una mujer vestida de blanco empujando a un niño.
Después otra figura cayendo al agua.
El silencio llenó la habitación.
Mariana sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Se alcanza a distinguir quién es?
Don Esteban amplió la imagen.
No era perfecta.
Pero el vestido blanco.
Las perlas.
Y la silueta de Teresa Salcedo resultaban inconfundibles.
Antes de que Mariana pudiera hablar, la puerta volvió a abrirse.
Entró una mujer de traje oscuro.
—Licenciada Andrea Cárdenas.
Fiscalía del Estado.
Me asignaron este caso hace veinte minutos.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Acabamos de recibir una orden de custodia temporal solicitada por su familia.
Mariana cerró los puños.
Andrea continuó.
—Pero también recibimos algo más.
Sacó varias fotografías impresas.
—Las cámaras de seguridad del puerto registraron que, veinte minutos después de que ustedes cayeran al mar, el yate regresó únicamente para desembarcar a los invitados.
Mariana frunció el ceño.
—¿Regresó?
—Sí.
—¿Entonces sabían perfectamente dónde estábamos?
Andrea asintió lentamente.
—Eso parece.
El pescador levantó el teléfono.
—Y mi video demuestra que jamás fue un accidente.
La fiscal respiró hondo.
—Aun así…
Hizo una pausa.
—Los abogados de los Salcedo afirman que ese video está manipulado.
Mariana no pareció sorprendida.
Conocía demasiado bien a su familia.
Siempre compraban otra versión de la verdad.
Andrea abrió entonces otra carpeta.
—Sin embargo, existe un problema para ellos.
—¿Cuál?
La fiscal levantó la vista.
—La Reina del Pacífico es un yate de lujo valuado en más de ciento veinte millones de pesos.
Ese tipo de embarcaciones graban todo.
Puente de mando.
Pasillos.
Cubierta.
Popa.
Proa.
Todo queda almacenado automáticamente durante treinta días.

Mariana sintió que el corazón volvía a latir con fuerza.
—¿Quiere decir que…
Andrea terminó la frase por ella.
—Si las cámaras siguen intactas, el propio yate grabó quién empujó a su hijo al mar.
Y esa evidencia podría hundir a toda la familia Salcedo mucho antes de que intentaran hundirlos a ustedes.