PARTE 2: EL APELLIDO OCULTO

Victoria Blackwood permaneció inmóvil mientras los restos de café se extendían sobre la mesa de su despacho.

—Repita lo que acaba de decir.

El abogado respiró hondo.

—Lancaster Global acaba de retirarse de la refinanciación del Grupo Blackwood.

Victoria frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Llevamos meses negociando.

—El contrato estaba prácticamente cerrado.

—Hace diez minutos recibimos una carta oficial.

El abogado hizo una pausa.

—No aceptarán ninguna reunión adicional.

Victoria colgó sin despedirse.

Por primera vez en muchos años sintió una punzada de incertidumbre.

Tomó el informe que había mandado elaborar sobre Elena Moore.

Lo hojeó rápidamente.

Huérfana.

Licenciada.

Ingresos modestos.

Sin patrimonio.

Sin antecedentes relevantes.

Todo parecía impecable.

Demasiado impecable.

Volvió a recordar la cafetería.

El momento en que Elena rechazó el cheque.

No hubo sorpresa.

No hubo codicia.

Ni siquiera miró la cifra.

Como si cinco millones de dólares no significaran absolutamente nada.

Victoria abrió inmediatamente la caja fuerte de su despacho.

Sacó una antigua agenda de contactos.

Buscó un solo nombre.

Arthur Lancaster.

El fundador de Lancaster Global.

Uno de los empresarios más poderosos del país.

Un hombre al que llevaba casi ocho años sin ver.

Marcó su número privado.

La llamada nunca llegó a sonar.

Había sido bloqueada.

Victoria sintió un escalofrío.

Mientras tanto, en el aeropuerto ejecutivo, Elena subía lentamente la escalerilla del jet privado.

El señor Bennett la esperaba en la puerta.

Era un hombre de cabello completamente blanco y traje oscuro.

Cuando la vio, inclinó la cabeza con un respeto que nunca había mostrado hacia nadie más.

—Bienvenida a casa, señorita Lancaster.

Elena sonrió apenas.

—Hace tres años me prometió que no volvería a llamarme así hasta que regresara por voluntad propia.

—Y cumplí mi promesa.

Entraron en la cabina.

Todo seguía exactamente igual.

Los mismos asientos de cuero.

Los mismos libros que había dejado antes de marcharse.

Incluso la manta azul que siempre utilizaba durante los vuelos nocturnos permanecía doblada sobre el sofá.

Bennett dejó una carpeta frente a ella.

—Su padre la actualizó cada mes.

Elena abrió el expediente.

Era enorme.

Había informes financieros.

Fotografías.

Recortes de prensa.

Y decenas de documentos marcados como confidenciales.

—¿Qué es todo esto?

—Todo lo relacionado con Adrian Blackwood.

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Mi padre lo investigó?

Bennett asintió.

—Desde el primer día.

Elena cerró la carpeta de golpe.

—Le dije que no lo hiciera.

—Nunca intervino en su relación.

—Solo reunió información.

—Porque sabía que algún día usted querría conocer toda la verdad.

Elena respiró profundamente.

Después volvió a abrir el expediente.

La primera página contenía una fecha.

Hace cuatro años.

Mucho antes de conocer a Adrian.

Había un informe sobre el Grupo Blackwood.

Pérdidas millonarias.

Préstamos ocultos.

Empresas fantasma.

Y una deuda gigantesca con Lancaster Global.

Elena pasó la página.

Su expresión cambió.

—Esto…

Bennett asintió lentamente.

—Adrian nunca heredará un imperio.

—Heredará una empresa prácticamente quebrada.

Ella permaneció en silencio.

Durante tres años creyó que Adrian ocultaba su relación por orgullo familiar.

Ahora comprendía que también estaba intentando salvar la compañía.

—¿Él sabía quién era yo?

—No.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Bennett sacó otra carpeta.

—Nuestros investigadores lo confirmaron.

—Adrian jamás supo que Elena Moore y Elena Lancaster eran la misma persona.

Ella dejó escapar un suspiro.

Por primera vez desde la ruptura sintió un extraño alivio.

Al menos una parte de aquella relación había sido sincera.

En ese instante sonó el teléfono cifrado.

La pantalla mostró un único nombre.

Arthur Lancaster.

Elena dudó unos segundos antes de responder.

—Hola, papá.

Al otro lado solo se escuchó una respiración contenida.

—Pensé que nunca volvería a oír tu voz.

Ella cerró los ojos.

—No vuelvo por ti.

—Lo sé.

—Vuelvo porque terminé aquello que necesitaba terminar.

Arthur guardó silencio.

—¿Todavía lo amas?

Elena tardó varios segundos en responder.

—Eso ya no cambia nada.

El hombre suspiró.

—Entonces prepárate.

—Porque en cuanto aterrices…

—Toda la ciudad sabrá que la heredera de Lancaster Global ha regresado.

El avión comenzó a rodar hacia la pista.

Al mismo tiempo, Adrian irrumpía en el apartamento donde Elena había vivido durante tres años.

La puerta estaba abierta.

El armario vacío.

No quedaba ni una fotografía.

Ni un libro.

Ni una taza.

Solo un sobre blanco sobre la mesa.

Con su nombre escrito a mano.

Adrian lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una sola llave.

Y una tarjeta.

“Gracias por amar a Elena Moore.”

“Pero esa mujer dejó de existir esta mañana.”

Debajo aparecía una dirección.

No era un apartamento.

No era una oficina.

Era la residencia privada de la familia Lancaster.

La misma mansión donde, en ese preciso instante, decenas de directivos, ministros y empresarios esperaban la llegada de la única heredera que llevaba tres años desaparecida.

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