La sala del tribunal pasó del desprecio al caos en cuestión de segundos.
El juez Hanley golpeó el mazo con fuerza.
—¡Llamen a una ambulancia inmediatamente!
Un secretario salió corriendo mientras dos agentes judiciales despejaban el espacio alrededor de mí.
El coronel Aaron Carter ya no escuchaba a nadie.
Aflojó el cuello de mi blusa, comprobó nuevamente mi respiración y colocó una mano bajo mi cabeza para mantenerla inmóvil.
—¿Desde cuándo presenta estos episodios? —preguntó sin apartar la vista de mis pupilas.
Intenté responder.
Solo conseguí mover ligeramente la cabeza.
Daniel dio un paso al frente.
—Coronel, le aseguro que esto no es necesario. Mi esposa exagera cualquier molestia cuando quiere llamar la atención.
Aaron Carter levantó la mirada.
Nunca olvidaré aquella expresión.
No era enfado.
Era la mirada de un médico que acababa de escuchar la peor estupidez posible.
—¿Es usted médico?
Daniel frunció el ceño.
—No.
—Entonces deje de hablar sobre algo que no entiende.
Patricia dio un resoplido.
—Con todo respeto, coronel, lleva años haciendo este tipo de espectáculos. Siempre encuentra una excusa para evitar asumir responsabilidades.
Aaron volvió a tomarme el pulso.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Espectáculo?
Sacó una pequeña linterna del bolsillo de su uniforme.
Iluminó mis ojos durante apenas unos segundos.
Después giró hacia el juez.
—Su Señoría, esta mujer necesita atención neurológica urgente.
Toda la sala quedó en silencio.
El abogado de Daniel carraspeó.
—Con el debido respeto, estamos en una audiencia de custodia…
El coronel lo interrumpió.
—Y yo llevo veintidós años tratando traumatismos cerebrales en zonas de combate.
Se puso de pie lentamente.
—Si esta paciente permanece aquí otros veinte minutos, podría sufrir un daño irreversible.
El juez no dudó.
—Se suspende la audiencia.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Protesto!
—Mi hija no puede seguir esperando por otro teatro de su madre.
Aaron dio un paso hacia él.
—Si vuelve a llamarlo teatro, lo sacaré personalmente de esta sala.
Los dos hombres quedaron frente a frente.
Daniel intentó sostenerle la mirada.
No pudo.
Retrocedió medio paso.
En ese momento llegaron los paramédicos.
Mientras colocaban el monitor cardíaco sobre mi pecho, uno de ellos miró la pantalla y frunció el ceño.
—Presión cuarenta sobre veinte.
El otro levantó la cabeza.
—¿Cómo demonios seguía de pie?
Aaron respondió con voz seca.
—Porque lleva demasiado tiempo acostumbrándose al dolor.
Me colocaron una mascarilla de oxígeno.
Antes de subir la camilla, el juez Hanley se acercó.
—Coronel Carter.
—Quiero un informe médico completo en cuanto sea posible.
Si esta mujer realmente estaba enferma, este tribunal necesita saber desde cuándo.
Aaron asintió.
—Lo tendrá.
Mientras atravesábamos las puertas del juzgado, escuché a Patricia hablar con desesperación.
—Daniel… dile al juez que ella ya tenía problemas antes del matrimonio.
Pero el juez ya no la escuchaba.
Observaba fijamente una carpeta que uno de los asistentes acababa de colocar sobre su escritorio.
Era el expediente médico que el abogado de Daniel había presentado aquella mañana para demostrar que yo era una madre “mentalmente inestable”.
El juez abrió la primera página.
Luego la segunda.
Después llamó al secretario.
—¿Quién entregó estas copias?
—El abogado del señor Whitaker, Su Señoría.

Hanley pasó lentamente el dedo sobre una de las firmas.
Su expresión cambió por completo.
Porque acababa de descubrir que varias páginas pertenecían a otro paciente… y que alguien había sustituido deliberadamente los documentos originales antes de la audiencia.