Mientras Sebastián y Mariana entraban al quirófano, Diego permanecía inmóvil frente a las puertas automáticas.
Nunca lo había visto tan roto.
—Valeria… dime que esto empezó hace poco.
Lo miré en silencio.
—Lleva más de seis meses.
Sentí cómo se le doblaban las rodillas.
No lloró.
Simplemente dejó de sostenerse.
Saqué las llaves del automóvil de Sebastián.
—Voy a su despacho.
—Voy contigo.
Condujimos hasta las oficinas centrales del Grupo Alcántara antes del amanecer.
El guardia de seguridad me saludó con respeto.
Yo seguía siendo miembro del consejo.
Sebastián solo ocupaba el cargo de director de operaciones porque mi padre había confiado en él después de nuestra boda.
Entramos al despacho.
La caja fuerte estaba oculta detrás de un cuadro.
Tecleé la combinación que él mismo me había dado.
La puerta metálica se abrió lentamente.
Esperaba encontrar dinero.
Joyas.
Quizá contratos.
Encontré algo mucho peor.
Había cuatro pasaportes.
Tres identidades diferentes para Sebastián.
Dos teléfonos satelitales.
Y una memoria cifrada etiquetada con una sola palabra:
Proyecto Atlas.
Diego abrió una carpeta gruesa.
Su rostro perdió el color.
—No puede ser…
Dentro aparecían contratos confidenciales del Grupo Alcántara vendidos a empresas competidoras.
Patentes.
Licitaciones.
Proyectos aún no anunciados.
Todo con sellos de “Copia privada”.
Pero aquello no fue lo peor.
Había expedientes médicos.
Con mi nombre.
Tomé uno.
Fecha: cuatro años atrás.
Hospital Ángeles.
Diagnóstico.
“Infertilidad secundaria por daño irreversible.”
Sentí que el aire desaparecía.
Ese diagnóstico jamás existió.
Durante años Sebastián me convenció de que nunca podríamos tener hijos.
Me acompañó a consultas.
Me abrazó cuando lloraba.
Me dijo que él me amaría aunque nunca pudiéramos formar una familia.
Seguí leyendo.
El siguiente documento era el verdadero estudio.
“Paciente completamente sana. Fertilidad conservada.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Diego me arrebató los papeles.
—Estos resultados fueron sustituidos.
Había facturas.
Transferencias.
Pagos realizados al médico tratante.
Sebastián había comprado el diagnóstico falso.
Durante cuatro años me hizo creer que era estéril.
Porque, según un correo impreso junto a los expedientes:
“Un embarazo complicaría el plan de sucesión y limitaría el acceso a las acciones familiares.”
No pude contener las lágrimas.
No por el matrimonio.
No por la infidelidad.
Lloré por los hijos que nunca intenté tener.
Por las noches en que me culpé.
Por las veces que pensé que mi cuerpo había fallado.
Todo había sido una mentira.
Entonces Diego abrió la memoria.
La pantalla mostró cientos de carpetas.
Transferencias internacionales.
Empresas fantasma.
Cuentas en Panamá.
Y una lista titulada:
Beneficiarios.
El primer nombre era Sebastián.
El segundo…
Mariana.
Pero el tercero hizo que ambos dejáramos de respirar.
Arturo Alcántara.
Nuestro padre.
Diego retrocedió un paso.
—No…
—Eso es imposible.
Abrimos los movimientos financieros.
Durante siete años, millones de pesos salieron discretamente de las empresas familiares hacia sociedades controladas por Sebastián.
Cada operación llevaba la autorización electrónica de nuestro padre.
Diego negó una y otra vez con la cabeza.
—Papá jamás haría esto.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era el jefe de auditoría del grupo.
Contesté.
—Licenciada Alcántara… necesitamos que venga inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Su voz temblaba.
—Hace veinte minutos intentaron vaciar todas las cuentas corporativas.
Miré la pantalla de la computadora.
La transferencia seguía en proceso.
No era un robo improvisado.

Era el último paso de un plan preparado durante años.
Y comprendí que Sebastián nunca se casó conmigo por amor.
Ni siquiera por mi fortuna.
Se había casado conmigo para infiltrarse en mi familia… y alguien mucho más cercano llevaba años ayudándolo desde dentro.