PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Nadie habló mientras sostenía la carta de mi padre entre las manos.

Rodrigo seguía de pie.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre que acababa de comprender que ya no controlaba la habitación.

La llamada seguía abierta.

—Señora Ortega —repitió la mujer al otro lado del teléfono—. No vaya a ningún sitio hasta que lleguemos.

—¿Quién es exactamente? —pregunté.

—Elena Robles.

—Durante diecisiete años fui directora jurídica de Grupo Salazar.

El representante del consejo levantó la cabeza de inmediato.

—¿La licenciada Robles?

Ella respondió con serenidad.

—La misma que desapareció después de negarse a firmar cierta operación inmobiliaria.

Rodrigo palideció.

Yo no apartaba la mirada de él.

—Mi padre decía que usted tenía documentos.

—Los tengo.

—Y también tengo copias de conversaciones donde Rodrigo autorizó modificar escrituras, ocultar accionistas y desviar activos usando empresas fantasma.

El consejo entero quedó inmóvil.

Rodrigo dio un golpe sobre la mesa.

—¡Eso es una locura!

Nadie le respondió.

La auditora Claudia abrió otro archivo en su computadora.

—Presidente…

—Acabamos de localizar una serie de transferencias que coinciden con las fechas mencionadas por la licenciada Robles.

El abogado general respiró profundamente.

—¿De qué cantidades estamos hablando?

Claudia tragó saliva.

—Más de ciento cuarenta millones de pesos.

Natalia comenzó a llorar otra vez.

—Yo no sabía todo eso.

—Solo acepté prestar mi empresa porque Rodrigo dijo que era una estrategia fiscal.

Rodrigo giró hacia ella.

—¡Cállate!

Los guardias dieron un paso adelante.

El presidente del consejo habló por primera vez.

—Señor Salazar.

—A partir de este momento queda suspendido de todas sus funciones hasta concluir la investigación.

Rodrigo golpeó la mesa con ambas manos.

—¡No pueden hacer eso!

—Yo construí esta empresa.

Héctor Molina negó lentamente.

—No.

Sacó otro documento.

—Quien la construyó fue el señor Ricardo Ortega.

Mi padre.

Sentí un nudo en la garganta.

Héctor continuó.

—Cuando Grupo Salazar estuvo al borde de la quiebra hace once años, fue él quien aportó el capital que permitió salvarla.

Rodrigo abrió los ojos.

—Eso es mentira.

Héctor colocó una escritura frente a todos.

—Su suegro nunca quiso hacerse público.

—Entró mediante un fideicomiso.

—Y dejó establecido que, si algún directivo utilizaba la empresa para beneficio personal o cometía fraude contra otro accionista, esa participación regresaría automáticamente a su familia.

Rodrigo me miró como si acabara de conocerme.

—¿Tú sabías esto?

Negué con calma.

—No.

—Mi padre nunca me lo dijo.

—Porque quería que confiaras en mí por quien era.

Respiré profundamente.

—Y tú decidiste traicionarme igual.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse.

Entró una mujer de cabello canoso con un maletín antiguo.

Nadie tuvo que preguntar quién era.

Elena Robles.

Dejó una caja metálica sobre la mesa.

La abrió lentamente.

Dentro había escrituras originales.

Contratos.

Discos duros.

Y un cuaderno encuadernado en cuero.

Se volvió hacia el consejo.

—Aquí está todo.

Después me miró directamente.

—Su padre me pidió proteger estos documentos hasta el día en que Rodrigo intentara quitarle lo único que más amaba.

Bajó la vista hacia Lucía, dormida otra vez entre mis brazos.

Luego pronunció una frase que hizo desaparecer el último color del rostro de Rodrigo.

—Pero antes de revisar el fraude financiero…

—Creo que todos deberían saber que el verdadero fundador de Grupo Salazar nunca fue un Salazar.

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