Javier permaneció inmóvil frente al portón mientras las hojas de bronce se cerraban lentamente entre nosotros.
—¡Mariana! —gritó—. ¡Abre esa puerta!
No respondí.
Tomé a Emiliano de la mano y ayudé a mi madre a entrar.
La residencia estaba completamente amueblada.
El olor a madera nueva todavía llenaba el vestíbulo.
Mi madre miró alrededor con los ojos muy abiertos.
—Hija… ¿de quién es esta casa?
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—Nuestra.
Ella negó varias veces.
—No entiendo.
La acompañé hasta un sofá.
—La compré hace tres años.
—El mismo mes en que Javier perdió su empleo y me dijo que debíamos vender mi departamento para salvar a la familia.
Mi madre abrió lentamente la boca.
—¿Nunca lo supo?
—No.
Saqué una carpeta del escritorio.
Dentro estaban las escrituras.
Solo aparecía un nombre.
Mariana Castillo.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Por qué me ocultaste algo tan grande?
Tomé sus manos.
—Porque necesitaba saber si algún día me amaban por mí… o por lo que podían obtener.
En ese instante sonó el timbre.
Las cámaras mostraban a Javier y a doña Rebeca golpeando el portón.
Ella señalaba la casa con desesperación.
Él hablaba por teléfono.
Cinco minutos después apareció el administrador de la privada.
Llamó a mi celular.
—Señora Mariana.
—El señor Javier insiste en que esa propiedad también le pertenece.
—Dice que hubo un error.
—¿Desea autorizarle la entrada?
Miré la pantalla.
Javier sonreía nerviosamente al administrador.
Como si todo pudiera resolverse con una explicación.
—No.
—Es un visitante sin autorización.
—Entendido.
Dos guardias se acercaron inmediatamente.
Javier empezó a perder la paciencia.
—¡Soy su esposo!
—¡Déjenme pasar!
El administrador respondió con absoluta tranquilidad.
—Legalmente esta propiedad pertenece exclusivamente a la señora Mariana Castillo.
—Sin su autorización, usted está invadiendo una propiedad privada.
Doña Rebeca intervino.
—¡Ella es mi nuera!
—¡Todo lo suyo también es de mi hijo!
El administrador negó con la cabeza.
—Eso no dice el Registro Público.
Los guardias comenzaron a acompañarlos hacia la salida.
Javier consiguió soltarse unos segundos.
—¡Mariana!
—¡Podemos hablar!
Abrí el intercomunicador.
—Habla.
Su tono cambió por completo.
Ya no había órdenes.
Solo desesperación.
—Lo de tu mamá fue un malentendido.
—Mamá exageró.
—Yo lo arreglo.
—¿Ahora?
Pregunté con calma.
—¿Después de seis años?
Guardó silencio.
Continué.
—¿Sabes qué hizo mi madre antes de venir hoy?
—Vendió las últimas joyas que conservaba de mi abuela.
—Quería comprarle un regalo a Emiliano.
Miró hacia el suelo.
—Y tú la pusiste a cocinar con fiebre mientras tú jugabas.
Doña Rebeca gritó desde atrás.
—¡No manipules a mi hijo!
La ignoré.
—Javier.
—Ya no tienes esposa.
—Solo tienes consecuencias.
Cerré el intercomunicador.
Los guardias los acompañaron hasta la salida de la privada.
Mi madre respiró profundamente.
—¿Terminó?
La miré.
—Todavía no.
Subí al despacho del segundo piso.
Abrí una caja fuerte oculta detrás de una biblioteca.
Dentro había otra carpeta.
Mucho más gruesa.
Contratos.
Estados de cuenta.
Transferencias.
Fotografías.
Y una auditoría completa.
Mi madre me observó sorprendida.
—¿Qué es todo eso?
Respiré hondo.
—Durante los últimos dos años sospeché que Javier utilizaba mi empresa para sacar dinero.
—Mandé hacer una investigación sin decirle nada.
Saqué el informe final.
La última página estaba marcada con una etiqueta roja.
Mi madre leyó el encabezado.
Su rostro perdió todo el color.
—Mariana…
—Aquí dice que las transferencias terminaron en una empresa donde la administradora única es…
Levantó lentamente la vista.
—…Rebeca Salazar.
Asentí en silencio.
Pero lo que más me preocupó no fue esa empresa.
Fue el nombre que aparecía debajo del principal socio inversionista.

Porque no era un desconocido.
Era el hombre con quien Javier llevaba reuniéndose en secreto desde hacía más de un año.
Y también era la única persona investigada por la Fiscalía por desviar cientos de millones de pesos mediante empresas fantasma.