PARTE 2: EL VUELO QUE NUNCA DESPEGÓ

El Mercedes apenas había recorrido dos cuadras cuando el teléfono de Ethan comenzó a sonar.

Miró la pantalla y sonrió.

—Debe ser mi padre.

Contestó sin preocuparse.

Cinco segundos después, toda la expresión de su rostro desapareció.

—¿Qué?

Vanessa dejó de revisar las fotos del viaje.

Margaret frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Ethan tragó saliva.

—Eso… eso es imposible.

Del otro lado de la llamada, la voz de Richard Blackwood sonaba completamente fuera de sí.

—¡Regresa inmediatamente!

—¡El banco acaba de congelar todas nuestras líneas de crédito!

—¡Treinta mil millones!

—¡Los proveedores dejaron de entregar materiales!

—¡La bolsa suspendió la cotización!

Margaret arrebató el teléfono.

—Richard, tranquilízate.

—Seguro es un error administrativo.

La respuesta llegó como un disparo.

—¡No es ningún error!

—¡Los cuatro bancos principales recibieron la misma orden al mismo tiempo!

—¡Nadie quiere decir quién la emitió!

El silencio dentro del automóvil se volvió insoportable.

Vanessa fue la primera en hablar.

—¿Y el viaje?

Richard explotó.

—¡¿Todavía piensas en Tokio?!

—¡Si esto no se resuelve hoy, el Grupo Blackwood desaparece!

La llamada terminó.

Nadie volvió a respirar con normalidad.

Mientras tanto, el sedán donde yo viajaba avanzaba con absoluta tranquilidad.

Mi padre observaba el tráfico.

Como si acabara de ordenar una taza de café.

No el colapso financiero de una empresa multimillonaria.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

Negué lentamente.

—No.

Él asintió.

—Entonces ya está.

Guardó el teléfono.

Nunca había sido un hombre de muchas palabras.

Durante toda mi infancia trabajó como conductor.

Al menos, eso era lo que todos creían.

Incluso Ethan.

Incluso los Blackwood.

Durante tres años se burlaron del “chofer” que llegaba en un viejo sedán a recoger a su hija.

Jamás imaginaron que aquel automóvil pertenecía a la empresa precisamente para pasar desapercibido.

Mi padre volvió a hablar.

—Te oculté muchas cosas.

Lo miré.

Él continuó conduciendo.

—Porque quería que alguien te quisiera por quien eres.

—No por nuestro apellido.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Quién eres realmente, papá?

Sonrió apenas.

—Eso puede esperar.

Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez respondió por el altavoz.

—Señor Suárez.

Era una voz femenina.

—Los Blackwood ya solicitaron reuniones urgentes con los bancos.

—También pidieron contactar personalmente con usted.

—¿Los recibimos?

Mi padre respondió sin dudar.

—No.

—Que esperen.

Colgó.

Apenas unos segundos después volvió a sonar.

Ahora era otro ejecutivo.

—Presidente…

—La familia Blackwood insiste en hablar con Amelia.

Mi padre me miró por el espejo.

—La decisión es tuya.

Negué con calma.

—Todavía no.

—Que esperen ellos.

Exactamente igual que yo esperé tres años.

Mi padre sonrió por primera vez.

—Muy bien.

Esa misma tarde, mientras los Blackwood corrían desesperados entre bancos y despachos de abogados, nosotros llegamos a una residencia que yo nunca había visto.

Las puertas de hierro se abrieron automáticamente.

El automóvil avanzó entre jardines impecables.

Me giré sorprendida.

—¿Esta casa…?

—Es tuya.

Parpadeé.

—¿Mía?

Mi padre asintió.

—La compré cuando naciste.

—Pensé entregártela el día que encontraras a un hombre digno de ti.

Hizo una breve pausa.

—Lamento haber elegido el momento equivocado.

Antes de que pudiera responder, el jefe de seguridad apareció corriendo.

Traía una tableta en la mano.

—Señor…

—Hay un problema.

Mi padre levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

El hombre respiró hondo antes de responder.

—Acaba de llegar una solicitud judicial urgente.

—La familia Blackwood afirma que Amelia ocultó deliberadamente su verdadera identidad durante el matrimonio.

—Y están solicitando la nulidad del divorcio… porque acaban de descubrir quién es realmente su familia.

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