No regresé a casa esa noche.
Me quedé sentado junto a la cama de Lily hasta el amanecer.
Cada vez que despertaba por el dolor, intentaba hablar.
Pero la mandíbula inmovilizada apenas le permitía emitir un sonido.
Le acaricié el cabello.
—No hables.
Solo aprieta mi mano si me entiendes.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
Fue suficiente.
A las siete de la mañana apareció una detective.
—Soy la detective Rachel Brooks.
Necesitamos hacerle algunas preguntas.
La conduje al pasillo.
—¿Qué encontraron?
Abrió una carpeta.
—Las cámaras del edificio de Ciencias dejaron de grabar durante diecisiete minutos.
Sentí un escalofrío.
—¿Todas?
—Todas las que cubrían el estacionamiento norte.
Fruncí el ceño.
—Eso no es una falla.
Ella negó lentamente.
—Nosotros pensamos lo mismo.
Sacó varias fotografías.
Eran capturas de otras cámaras.
Una mostraba a Lily caminando sola.
Con su mochila al hombro.
Y la sudadera azul que yo le había regalado.
La siguiente imagen era doce minutos después.
El mismo camino.
Vacío.
Ni Lily.
Ni otra persona.
Como si hubiera desaparecido.
Regresé a la habitación.
Lily seguía despierta.
Le mostré las fotografías.
Negó lentamente con la cabeza.
Después señaló la mochila.
La enfermera me entregó sus pertenencias.
Dentro encontré los libros.
El cargador.
Las llaves del dormitorio.
Y un pequeño cuaderno negro.
En la última página había una lista escrita a mano.
Tres nombres.
Dos estaban tachados.
El tercero permanecía rodeado por un círculo.
Ethan Cole.
Debajo había una sola frase.
“Si descubro la verdad, se acabó.”
Sentí que el corazón se aceleraba.
¿Qué verdad?
Llamé inmediatamente a la detective.
Ella fotografió el cuaderno.
—¿Quién es Ethan Cole?
Consultó la base de datos.
—Estudiante de posgrado.
Trabaja como asistente de investigación.
Departamento de Bioquímica.
Me quedé inmóvil.
Ese era exactamente el edificio donde encontraron a Lily.
Dos horas después recibimos otra noticia.
Un técnico del laboratorio entró con una bolsa transparente.
—Encontramos esto en la ropa de su hija.
Dentro había un pequeño botón metálico.
No pertenecía a la sudadera.
Ni a sus jeans.
La detective lo observó detenidamente.
—Esto parece parte de un uniforme.
Lo giró entre los dedos.
En la parte posterior había un grabado.
SERVICIOS DE SEGURIDAD – BRADLEY UNIVERSITY.
Nos miramos al mismo tiempo.
—¿Un guardia?
Pregunté.
Ella no respondió.
Pero tomó inmediatamente el teléfono.
Aquella tarde fui a la universidad.
El rector me recibió personalmente.
Prometió cooperación total.
Mientras hablábamos, un empleado entró apresuradamente.
—Señor…
Encontramos algo.
Era un disco duro.
Había sido retirado del sistema principal de videovigilancia.
Lo conectaron frente a nosotros.
Las cámaras no habían fallado.
Alguien las apagó manualmente.
Con una contraseña de administrador.
Solo cuatro personas tenían acceso.
El rector comenzó a leer los nombres.
Director de seguridad.
Jefe de informática.
Administrador del campus.
Y…
Se detuvo de repente.
La detective levantó la vista.
—¿Quién es el cuarto?
El rector tragó saliva.
—El presidente del consejo universitario.
Antes de que pudiera decir algo más, mi teléfono vibró.
Era un mensaje enviado desde el celular de Lily.
Pero ella seguía acostada frente a mí.
Abrí el texto.
Solo decía:
“Dejen de buscar a Ethan. Él intentó salvarla.”
Debajo apareció una fotografía.
Era Lily.
Tomada apenas unos minutos antes del ataque.
No estaba sola.

Frente a ella había un hombre mayor con traje oscuro.
Y cuando amplié la imagen, sentí que la sangre se congelaba.
Porque reconocí inmediatamente aquel rostro.
Era el presidente del consejo universitario… el mismo hombre que acababa de afirmar no haber visto nunca a mi hija.