El juez Hanley bajó del estrado antes que nadie.
—¡Despejen el área!
Las bancas chirriaron contra el suelo mientras los presentes retrocedían apresuradamente.
Yo apenas podía abrir los ojos.
Todo estaba cubierto por una neblina gris.
Escuchaba voces.
Pasos.
El zumbido insoportable de las luces.
Y la voz firme del coronel Aaron Carter.
—Pulso débil.
—Respiración irregular.
—Necesito espacio.
Daniel dio un paso al frente con evidente fastidio.
—Coronel, le aseguro que esto no es necesario. Mi esposa ha hecho escenas parecidas antes.
Aaron ni siquiera levantó la vista.
Colocó una mano bajo mi cuello y otra sobre mi muñeca.
Su expresión se volvió cada vez más seria.
—¿Escenas?
Levantó lentamente la mirada.
—¿Hace cuánto presenta desmayos?
Daniel dudó apenas un instante.
—Desde hace años.
—¿Y nunca investigó la causa?
—Los médicos siempre dijeron que era ansiedad.
Aaron permaneció en silencio.
Después miró directamente al juez.
—Su Señoría, esto no parece un ataque de ansiedad.
Patricia soltó una risa seca.
—Claro que sí. Siempre consigue que algún hombre quiera salvarla.
Aaron se puso de pie.
La diferencia de altura hizo que Patricia retrocediera medio paso sin darse cuenta.
—Señora…
Su voz era tranquila.
Pero helada.
—Llevo veintiséis años atendiendo soldados heridos en zonas de combate.
He visto ataques cardíacos.
Hemorragias internas.
Traumatismos cerebrales.
Y también miles de ataques de pánico.
Volvió a mirarme.
—Esto no se parece a ninguno de ellos.
La sala quedó completamente muda.
En ese momento llegaron los paramédicos.
Aaron les dio un informe rápido.
—Mujer de treinta y cuatro años.
Pérdida súbita de conciencia.
Pulso filiforme.
Posible compromiso cardiovascular o neurológico.
Necesita traslado inmediato.
Mientras colocaban el monitor sobre mi pecho, uno de los sanitarios frunció el ceño.
—Doctor…
Aaron observó la pantalla.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
—Mire esto.
El ritmo cardíaco era completamente irregular.
Los paramédicos intercambiaron una mirada preocupada.
—Hay que salir ahora mismo.
Daniel empezó a ponerse nervioso.
—¿Tan grave es?
Nadie le respondió.
Cuando la camilla pasó junto a él, intentó tomar mi mano.
Por reflejo…
Aparté los dedos.
Apenas fue un movimiento.
Pero él lo notó.
Su expresión vaciló por primera vez en toda la audiencia.
La ambulancia llegó al Hospital Militar Saint Andrew doce minutos después.
Aaron nunca se separó de mi lado.
Cuando entramos en urgencias, varios médicos salieron a recibirnos.
Uno de ellos reconoció inmediatamente al coronel.
—Señor.
Aaron habló mientras caminaban.
—Necesito laboratorio completo.
Tomografía.
Ecocardiograma.
Y quiero al jefe de cardiología ahora mismo.
Una enfermera preguntó:
—¿Es familiar suyo?
Aaron negó con la cabeza.
—No.
La encontré desplomada en un tribunal.
Pero si hubiera esperado cinco minutos más…
Probablemente habría llegado sin pulso.
Aquellas palabras hicieron que todos aceleraran el paso.
Mientras tanto, en el juzgado, el ambiente había cambiado por completo.
El juez Hanley suspendió inmediatamente la audiencia.
Antes de marcharse, miró fijamente a Daniel.
—Señor Whitaker.
Si su esposa realmente está gravemente enferma…
Este tribunal revisará cada una de las declaraciones que usted presentó hoy.
Daniel tragó saliva.
Patricia intentó intervenir.
—Su Señoría, todo esto es una exageración…
El juez la interrumpió.
—Espero sinceramente que tenga razón.
Porque si no la tiene…
Acaban de utilizar la enfermedad de una mujer para intentar quitarle la custodia de su hija.
Y eso tendrá consecuencias.
Por primera vez desde que comenzó el proceso…
Daniel dejó de sonreír.
Dos horas más tarde.
Aaron observaba los resultados junto al jefe de cardiología.
El médico pasó lentamente varias páginas.
Después levantó la vista.
—Coronel…
—¿Sí?
—No entiendo cómo seguía caminando.
Aaron sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué encontró?
El cardiólogo respiró hondo.
—Su corazón está funcionando a menos del treinta por ciento de su capacidad.
Hay cicatrices antiguas.
Inflamación.
Y signos claros de una enfermedad progresiva que lleva años desarrollándose.
Aaron cerró los ojos un instante.
Entonces hizo la pregunta que más temía.

—¿Va a sobrevivir?
El médico tardó varios segundos en responder.
—Eso dependerá de una sola cosa.
De si todavía no llegamos demasiado tarde.