Mi sonrisa desapareció antes que la de Serena.
Porque en el instante en que nuestras miradas se cruzaron, una voz metálica volvió a sonar dentro de mi cabeza.
—Advertencia. El cuerpo anfitrión ha perdido completamente la voluntad de permanecer en este mundo. El proceso de retorno puede iniciarse en cualquier momento.
Respiré despacio.
Así que era verdad.
Ya no necesitaba seguir fingiendo.
Serena se levantó lentamente del sofá.
Llevaba una manta sobre los hombros y el rostro todavía húmedo por aquellas lágrimas que solo aparecían cuando había espectadores.
—Ivy…
Su voz era dulce.
Demasiado dulce.
—¿Estás bien?
No respondí.
Pasé junto a ella como si fuera una desconocida.
El silencio hizo que todos giraran la cabeza.
Antes, si Serena pronunciaba mi nombre, yo siempre me detenía.
Siempre.
Aquella noche seguí caminando.
—Ivy.
Ahora fue Adrian quien habló.
Su tono era autoritario.
El mismo tono con el que daba órdenes durante los ejercicios militares.
Me detuve únicamente porque bloqueaba el pasillo.
Él me observó durante varios segundos.
Había algo extraño en su mirada.
Como si aún recordara el instante en que casi moría bajo aquel vehículo.
Jason ya le había contado todo.
—Pídele perdón a Serena.
Lo miré sin emoción.
—¿Por qué?
El salón quedó en silencio.
Adrian frunció el ceño.
—La asustaste.
—¿La asusté?
Repetí aquellas palabras muy despacio.
—Yo fui quien intentó morir.
Ella ni siquiera estaba allí.
¿Por qué tendría que pedirle perdón?
Nadie respondió.
Elliot rompió el silencio.
—Porque ella se sintió culpable.
No pude evitar reír.
Una risa baja.
Vacía.
—Qué considerada.
Serena bajó la cabeza.
—Ivy… si quieres desahogarte conmigo…
—No.
La interrumpí por primera vez desde que llegó a la base.
—No quiero hablar contigo.
Su expresión pareció congelarse.
Jason dio un paso hacia mí.
—Ivy, basta.
No.
Ya era suficiente.
Los observé uno por uno.
Adrian.
Jason.
Elliot.
Mason.
Cuatro hombres que habían ocupado toda mi vida en aquel mundo.
Cuatro hombres por quienes había soportado heridas, entrenamientos, guerras y años enteros siguiendo una misión absurda.
Y de pronto descubrí algo.
Ya no podía recordar la última vez que alguno me había preguntado si era feliz.
Solo recordaban preguntarme qué podía hacer por Serena.
Sonreí otra vez.
—No se preocupen.
Desde hoy dejaré de molestarla.
La frase parecía exactamente lo que todos querían escuchar.
Sin embargo…
Ninguno sonrió.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Ivy.
Esperé.
—No vuelvas a intentar algo tan estúpido.
—¿Eso te preocupa?
Pregunté con absoluta calma.
—¿Mi muerte…
…o quién tendrá que limpiar el escándalo?
Sus pupilas se contrajeron.
Nunca antes le había hablado así.
Él extendió la mano para sujetarme.
Retrocedí.
Fue un gesto pequeño.
Pero bastó para que todos quedaran inmóviles.
Porque durante dieciséis años yo siempre buscaba tocar primero a Adrian.
Siempre.
Ahora era yo quien evitaba cualquier contacto.
Él bajó lentamente la mano.
Algo parecido a la incomodidad apareció en su rostro.
Duró apenas un segundo.
Después volvió a mirar a Serena.
—Llévenla arriba para que descanse.
Asentí.
No porque obedeciera.
Sino porque mi habitación estaba arriba.
Subí las escaleras sin mirar atrás.
Al cerrar la puerta escuché pasos.
Jason.
Golpeó suavemente.
—Ivy.
No abrí.
—Necesitamos hablar.
Silencio.
—Ivy…
Todavía estás enfadada.
Apoyé la frente contra la puerta.
“No.”
Pensé.
“No estoy enfadada.”
Simplemente…
Ya no me importaba.
Después de varios minutos, sus pasos se alejaron.
La habitación quedó completamente en silencio.
Abrí el armario.
Dentro seguían cuidadosamente doblados todos los regalos que ellos me habían hecho durante años.
La bufanda que Elliot me compró cuando tenía quince.
El reloj militar de Jason.
La medalla de tiro que Mason insistió en regalarme cuando ganó el campeonato.
Y el anillo de compromiso de Adrian.
Los fui colocando sobre la cama.
Uno tras otro.
Como si estuviera ordenando los objetos de una persona fallecida.
Entonces apareció un pequeño cuaderno.
Mi diario.
Lo abrí por la primera página.
“Primer día en este mundo.”
La letra era torpe.
“Hoy conocí a Adrian.”
Pasé varias hojas.
“Jason me prometió que siempre me protegerá.”
Otra.
“Elliot dice que nunca permitirá que nadie me haga llorar.”
Otra más.
“Mason me enseñó a disparar.”
Y la última.
“Hoy Adrian me pidió matrimonio.”
Debajo había escrito una sola frase.
“Creo que por fin podré volver a casa.”
Cerré el cuaderno lentamente.
No lloré.
Solo sentí una inmensa fatiga.
La voz del sistema volvió.
—Detectando desapego emocional completo.
—La velocidad del colapso vital ha aumentado un treinta por ciento.
Perfecto.
Eso significaba que no tendría que esperar mucho.
Guardé el diario dentro de una caja.
Después escribí cuatro sobres.
Uno para Adrian.
Uno para Elliot.
Uno para Jason.
Uno para Mason.
No eran cartas de amor.
Ni despedidas.
Solo contenían una frase.
“Gracias por haberme permitido terminar mi misión.”
Nada más.
No necesitaban explicaciones.
A la mañana siguiente toda la residencia despertó por un alboroto.
El torneo militar comenzaría en pocas horas.
Serena era la favorita.
Toda la base estaba decorada con pancartas.
Fotografías.
Banderas.
Los soldados repetían su nombre mientras preparaban la ceremonia.
Yo bajé con una maleta pequeña.
La dejó el comandante Morgan cuando cumplí dieciocho años.
Nadie pareció notarla.
Excepto Mason.
—Ivy.
Se acercó despacio.
—¿A dónde vas?
—A devolver unas cosas.
Miró la maleta.
—¿Qué cosas?
—Todo lo que ya no necesito.
No entendió.
Ninguno habría podido entender.
Entré en el salón principal.
Los cuatro estaban allí junto con Serena.
Saqué primero la bufanda.
La dejé frente a Elliot.
Después el reloj.
Frente a Jason.
La medalla.
Frente a Mason.
Finalmente el anillo.
Lo coloqué delante de Adrian.
El sonido del metal contra la mesa fue tan leve que casi nadie lo oyó.
Pero los cinco quedaron inmóviles.
—¿Qué significa esto?
Preguntó Adrian.
Lo miré.
—Nada importante.
Solo estoy devolviendo aquello que nunca fue realmente mío.
Serena observó el anillo con una expresión imposible de ocultar.
Había satisfacción.
Pero también…
Una extraña inquietud.
Como si algo escapara de su control.
Adrian empujó el anillo hacia mí.
—Póntelo.
—No.
—Ivy.
—Ya no hace falta.
El ambiente comenzó a volverse extraño.
Jason fue el primero en perder la paciencia.
—¿Qué demonios te ocurre desde anoche?
Sonreí.
—Anoche terminé algo que llevaba dieciséis años haciendo.
Ninguno comprendió el verdadero significado.
Pero todos sintieron que aquellas palabras sonaban como una despedida.
Fue entonces cuando un oficial entró corriendo en la residencia.
Su respiración era agitada.
—¡General Walsh!
Todos giraron la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Acaba de llegar una orden urgente del Cuartel General.
El oficial tragó saliva.
—El comandante Morgan sufrió un colapso durante la inspección de la frontera.
Está inconsciente.
Y antes de perder el conocimiento…

Pidió ver únicamente a la señorita Ivy.
Por primera vez desde que Serena apareció en sus vidas…
Los cuatro hombres dejaron de mirarla a ella.
Y volvieron la vista hacia mí.