PARTE 2: LA CAÍDA DE LA FAMILIA LU

El abogado abrió la carpeta y la colocó sobre el cofre del automóvil.

—La empresa donde trabaja Julián debe más de ciento veinte millones de yuanes.

Levanté la vista.

—¿Cómo lo saben?

—Porque uno de los principales acreedores aceptó vender toda la deuda hace dos días.

Miré a mi padre.

Él asintió lentamente.

—La compramos esta tarde.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

La familia Lu llevaba meses creyendo que el verdadero poder estaba del lado de ellos.

Sin saber que, en menos de una semana, todo había cambiado.

El abogado continuó.

—Cuando Julián vendió el apartamento, utilizó esa operación para intentar cubrir parte de las obligaciones de la empresa.

—Pero el comprador todavía no ha terminado el proceso de inscripción.

—Existe una oportunidad para detener la transferencia.

Subimos al automóvil.

Durante el trayecto nadie habló demasiado.

Mi madre solo sostuvo mi mano.

Cuando llegamos a la casa de mis padres, descubrí algo extraño.

Había seguridad privada.

Tres abogados.

Y una sala llena de documentos.

Mi padre dejó sobre la mesa la carta de divorcio que yo había encontrado.

—Ahora vamos a revisar todo.

Trabajamos hasta casi las tres de la madrugada.

Cada transferencia.

Cada recibo de la hipoteca.

Cada pago realizado desde mi cuenta.

Cada factura de las joyas desaparecidas.

Entonces apareció el primer descubrimiento.

La escritura del apartamento exigía la firma de ambos propietarios para venderlo legalmente.

Solo había una firma.

La de Julián.

Mi firma había sido falsificada.

El abogado levantó la vista.

—Esto ya no es un simple divorcio.

—Es fraude.

Media hora después llegó otro informe.

Uno de los investigadores privados localizó el vehículo alquilado por Teresa Lu.

No habían abandonado la ciudad.

Estaban escondidos en un hotel de lujo, esperando recibir el dinero definitivo por la venta del apartamento antes de escapar al extranjero.

Mi padre sonrió por primera vez.

—Perfecto.

Miré el reloj.

Las cuatro y veinte de la madrugada.

Mi teléfono vibró.

Era Julián.

Contesté.

Su voz sonaba relajada.

—Xia… ya pensaste las cosas.

No respondí.

Él continuó.

—Acepta el divorcio y todo será más sencillo.

Respiré despacio.

—¿Dónde estás?

Hubo un silencio.

—Eso ya no importa.

—¿Sabes qué sí importa?

—¿Qué?

Miré al abogado.

Él levantó discretamente un pulgar.

—Que el comprador del apartamento acaba de cancelar el pago.

Del otro lado no habló nadie.

Continué.

—Que la policía recibió una denuncia por falsificación de documentos.

—Que todas las cuentas relacionadas con la venta quedaron congeladas.

Escuché cómo dejaba de respirar durante un instante.

—¿Qué hiciste?

—Todavía nada.

—Pero voy a empezar ahora.

Antes de colgar añadí una última frase.

—Por cierto…

—Tu empresa ya no le debe dinero al banco.

—Ahora nos lo debe a nosotros.

Cinco minutos después comenzaron a entrar llamadas desesperadas desde todos los teléfonos de la familia Lu.

Pero esta vez…

Ninguno de nosotros contestó.

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