El doctor mantuvo la sonda inmóvil durante varios segundos.
Después respiró profundamente.
—El corazón de su bebé sigue latiendo… pero tenemos que sacarlo ahora mismo.
Sentí que el aire regresaba de golpe a mis pulmones.
Mark rompió a llorar.
Yo también.
Pero el alivio duró apenas un instante.
El médico continuó hablando.
—La placenta se está desprendiendo. Si esperamos unos minutos más, podemos perderlos a los dos.
La enfermera ya corría hacia la puerta.
—¡Preparen quirófano! ¡Cesárea de emergencia!
Varias personas entraron al mismo tiempo.
Firmaron documentos.
Me colocaron otra vía intravenosa.
Alguien sujetó mi cabeza mientras otra enfermera retiraba las joyas de mis manos.
Todo ocurría demasiado rápido.
Mark caminaba junto a la camilla sin soltarme los dedos.
—No te vayas —me repetía una y otra vez—. Tú también tienes que volver conmigo.
Intenté sonreír.
—Cuida… a nuestro bebé.
Él negó desesperadamente.
—Voy a cuidar de los dos.
Las puertas del quirófano comenzaron a cerrarse.
Entonces escuché gritos en el pasillo.
—¡Soy su padre!
Era mi padre.
Había llegado acompañado de mi madre.
—Necesitamos hablar con ella antes de la cirugía.
Una enfermera los detuvo.
—La paciente entra a una operación de emergencia.
Mi madre señaló hacia mí.
—Todo esto ocurrió porque perdió el equilibrio. Mi marido intentó ayudarla.
Ni siquiera estaba preocupada.
Solo quería controlar la historia.
Mark se volvió lentamente.
Nunca lo había visto con aquella expresión.
—Si vuelven a acercarse a mi esposa…
Su voz era tan fría que hasta el personal dejó de moverse.
—…pediré que Seguridad los saque esposados.
Mi padre dio un paso al frente.
—Somos su familia.
—No.
Mark señaló el quirófano.
—Su familia está ahí dentro luchando por sobrevivir por culpa de ustedes.
Las puertas se cerraron.
Lo último que vi fue el rostro de mi marido mientras una enfermera lo alejaba.
Después llegó la anestesia.
…
Desperté muchas horas más tarde.
La garganta me ardía.
Sentía el abdomen vacío.
Instintivamente llevé una mano hacia la cicatriz.
—Mi… bebé…
La enfermera sonrió con los ojos húmedos.
—Es un niño.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
—¿Está vivo?
—Sí.
—Nació prematuro, pero respondió muy bien. Ahora está en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.
Cerré los ojos.
Cinco años de tratamientos.
Inyecciones.
Abortos fallidos.
Esperas interminables.
Todo había valido la pena.
Unos minutos después apareció el doctor.
Su expresión era mucho más seria.
—Hay algo que debe saber.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Su hijo sobrevivirá.
Pero usted presenta varias fracturas internas y lesiones compatibles con una caída extremadamente violenta.
Hizo una pausa.
Luego dejó una carpeta sobre la cama.
—Además…
Le entregamos la información al equipo de traumatología forense.
Ellos no creen que esto haya sido un accidente.
En ese momento llamaron a la puerta.
Dos detectives de la policía entraron en la habitación.
El mayor mostró su placa.
—Señora Sarah Collins…

Necesitamos hacerle una pregunta muy importante.
Porque hemos recibido el video completo de la fiesta.
Y en esa grabación…
Se ve claramente que alguien la empujó antes de caer por las escaleras.