El director del cliente levantó lentamente la vista.
—¿Quién autorizó esta versión?
Daniela quedó paralizada.
Buscó a Sebastián con desesperación.
Él dio un paso al frente.
—Hubo una confusión de archivos. Permítanos corregir…
—No —lo interrumpió el director—. Esta presentación contiene comentarios internos que jamás debieron salir de su empresa.
El salón quedó completamente en silencio.
Uno de los consejeros pasó las hojas con calma.
—Aquí dice textualmente: “La estrategia de Renata es demasiado ambiciosa. Simplifíquenla para que el cliente no haga preguntas difíciles.”
Cerró la carpeta.
—¿Así preparan ustedes las reuniones?
Sebastián intentó sonreír.
—Fue una nota de trabajo que se insertó por accidente.
—¿Accidente?
El hombre señaló otra diapositiva.
—Las cifras corresponden al año pasado.
Luego otra.
—Los costos logísticos tampoco están actualizados.
Después levantó la vista hacia Daniela.
—¿Usted preparó este proyecto?
Ella tragó saliva.
—Yo…
Miró otra vez a Sebastián.
Esperaba que la salvara.
Él no dijo una palabra.
Entonces comprendió que estaba sola.
—No… la presentación original era de Renata.
Varias personas giraron inmediatamente hacia mí.
Yo permanecía sentada al final de la mesa.
Con mi computadora cerrada.
Sin intervenir.
El director del cliente frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué presenta ella?
Sebastián respondió rápidamente.
—Estamos formando nuevos talentos.
Uno de los consejeros dejó escapar una risa incrédula.
—¿En el contrato más importante del año?
Nadie respondió.
El director cerró definitivamente la carpeta.
—Necesitamos diez minutos.
Todo el equipo salió de la sala.
En el pasillo, Sebastián explotó.
—¡¿Qué demonios hiciste?!
Lo miré con tranquilidad.
—¿Yo?
—Sabías que era el archivo equivocado.
—Nunca me pediste revisarlo.
—¡Eras responsable del proyecto!
—Hasta ayer.
Levanté lentamente mi credencial.
—Anoche cancelaste mi participación delante de todo el equipo.
Daniela comenzó a llorar.
—Yo solo hice lo que Sebastián me pidió.
Él la miró con furia.
—¡Cállate!
Fue la primera vez que entendió que para Sebastián ella nunca había sido una socia.
Solo una herramienta.
La puerta volvió a abrirse.
El director salió acompañado por tres ejecutivos.
Se detuvo frente a mí.
—Señora Renata…
Todos contuvieron la respiración.
—Durante ocho meses nuestras reuniones fueron con usted.
Asentí.
—Conocemos perfectamente quién desarrolló este proyecto.
Miró directamente a Sebastián.
—También sabemos quién decidió sustituirla esta mañana.
El rostro de mi ex prometido perdió todo el color.
El director continuó.
—Nuestra empresa trabaja con personas.
No con egos.
Ni con favoritismos.
Extendió una tarjeta hacia mí.
—Si todavía está interesada, queremos negociar directamente con usted.
—Sin intermediarios.
Sebastián dio un paso adelante.
—Renata trabaja para mi empresa.
El director sonrió con frialdad.
—¿Está seguro?
Saqué lentamente un documento de mi portafolio.
Era la copia de mi renuncia.
Firmada.
Aceptada.
Con fecha del día anterior.
Miré a Sebastián por última vez.
—No trabajo para ti.
—Y hace dieciocho horas tampoco pienso casarme contigo.

El silencio que siguió fue mucho más devastador que cualquier discusión.
Pero lo que Sebastián aún no sabía era que cancelar la boda había activado automáticamente una cláusula del contrato de compraventa del departamento.
Y esa misma tarde descubriría que el inmueble donde ya planeaba vivir con Daniela nunca había llegado a ser suyo.