El quirófano quedó en un silencio insoportable.
Gabriel seguía mirando mi cuerpo inmóvil, incapaz de aceptar que cada una de sus palabras había quedado registrada.
La fiscal dio un paso al frente.
—Señor Gabriel Cruz, aléjese inmediatamente de la paciente.
Él no obedeció.
Su mente seguía aferrada a una sola idea.
—No puede detenerme —dijo con una risa nerviosa—. Soy el presidente del Grupo Cruz. Este hospital también me pertenece.
Julián Herrera cerró lentamente la carpeta.
—Ese es precisamente el problema.
Gabriel lo miró con desprecio.
—¿Qué problema?
—Que hace exactamente cuarenta y ocho horas dejó de ser el verdadero propietario.
Su expresión cambió.
—¿Qué estás diciendo?
Julián colocó varios documentos sobre una mesa auxiliar.
—Cuando el señor Ricardo Mendoza, padre de Amanda, supo que su hija sería sometida al trasplante, modificó el fideicomiso empresarial.
La fiscal tomó uno de los expedientes.
—Todas las acciones estratégicas quedaron protegidas mediante una cláusula de supervivencia.
Gabriel soltó una carcajada.
—Amanda está muriendo.
—Precisamente por eso existe la cláusula —respondió Julián—. Si alguien intenta impedir deliberadamente el tratamiento médico de la beneficiaria, pierde automáticamente cualquier derecho de administración.
El color desapareció del rostro de Gabriel.
—Eso…
Eso no puede hacerse.
—Ya está hecho.
El doctor Torres seguía junto a la máquina de circulación extracorpórea.
Los parámetros permanecían estables.
—La paciente continúa con perfusión adecuada —informó.
Gabriel comenzó a comprender algo mucho peor.
Amanda todavía podía sobrevivir.
Y si sobrevivía…
Él acababa de destruirse solo.
Valeria rompió a llorar.
—Gabriel…
No sabía nada de esto.
Él ni siquiera la escuchó.
Miraba desesperadamente la caja donde permanecía el corazón.
—Trasplántenlo a Valeria.
Ahora mismo.
El doctor Torres negó con firmeza.
—Eso jamás ocurrirá.
Gabriel golpeó la mesa.
—¡Es una orden!
Entonces otro médico abrió un sobre sellado.
—Ya llegaron los resultados finales de histocompatibilidad.
La fiscal levantó la vista.
—Léalos.
El especialista respiró profundamente.
—La paciente Valeria Montes presenta incompatibilidad inmunológica crítica.
El riesgo de rechazo inmediato supera el noventa y ocho por ciento.
Nadie habló.
Valeria abrió mucho los ojos.
—¿Qué significa eso?
El médico respondió con serenidad.
—Que este corazón nunca pudo salvarla.
Gabriel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No…
Eso es imposible.
—Los análisis definitivos llegaron hace veinte minutos.
La compatibilidad absoluta pertenece únicamente a Amanda Mendoza.
Julián observó a Gabriel sin apartar la mirada.
—¿Entiende ahora?
Intentó matar a su esposa…
por un trasplante que jamás habría servido para su amante.
Valeria comenzó a retroceder.
—Tú me dijiste que éramos compatibles.
Gabriel permanecía inmóvil.
Ella seguía llorando.
—Me prometiste que todo estaba arreglado.
Que Amanda ya no despertaría.
Los agentes intercambiaron una mirada.
La fiscal tomó nota inmediatamente.
Gabriel quiso acercarse a Valeria.
Ella levantó la mano.
—No me toques.
Por primera vez comprendía que también había sido utilizada.
En ese instante, la máquina emitió un nuevo aviso.
El doctor Torres sonrió apenas.
—Tenemos autorización judicial.
Preparen el trasplante.
Todo el equipo volvió a moverse.
Las puertas del quirófano comenzaron a cerrarse.
Los agentes sujetaron a Gabriel por ambos brazos.
Él gritó desesperado.
—¡Amanda!
¡Perdóname!

¡Todavía podemos hablar!
Pero nadie respondió.
Porque la única persona cuya firma había perseguido durante años…
estaba a punto de recibir el corazón que él jamás consiguió arrebatarle.