PARTE 2: La Puerta Cerrada

El clic del seguro resonó en toda la habitación.

Ernesto dejó de sonreír durante apenas un segundo.

Después recuperó aquella expresión arrogante que siempre utilizaba cuando creía tener el control.

—Doctor, creo que está exagerando.

El doctor Santiago Robles no respondió.

Miró fijamente a Renata.

Después a Lucía.

Finalmente volvió a observar los hematomas que cubrían sus brazos.

Las marcas eran prácticamente idénticas.

Misma distancia entre los dedos.

Misma presión.

Mismo color.

Era imposible que dos personas se hubieran caído exactamente de la misma manera.

Santiago llevaba dieciocho años trabajando en urgencias.

Había visto accidentes.

Violencia doméstica.

Maltrato infantil.

Sabía reconocer la diferencia.

Se acercó lentamente a la cama de Renata.

—Necesito hacerte unas preguntas.

Ernesto dio un paso adelante.

—Yo puedo responder.

—No.

La voz del médico fue firme.

—Quiero hablar únicamente con ellas.

Celia intentó intervenir.

—Doctor, están muy alteradas…

—Precisamente por eso.

Santiago pulsó discretamente el botón de emergencia instalado bajo la camilla.

Una luz roja se encendió en silencio en el pasillo.

Era el protocolo interno para sospecha de violencia familiar.

En menos de un minuto aparecieron dos enfermeras y un guardia de seguridad.

—Por favor —dijo Santiago sin apartar la vista de Ernesto—, acompañen a los familiares a la sala de espera.

Ernesto soltó una carcajada.

—¿Está hablando en serio?

Soy el tutor legal.

No me voy a mover.

El guardia dio un paso al frente.

—Señor, es procedimiento del hospital.

—No me importa su procedimiento.

Entonces Santiago abrió lentamente el expediente médico.

Sacó una pequeña regla transparente.

Comenzó a medir las marcas de ambas hermanas.

Anotó cuidadosamente cada distancia.

Cada hematoma.

Cada lesión.

Renata comprendió inmediatamente lo que estaba haciendo.

No estaba solo examinándolas.

Estaba documentando evidencia.

Lucía también lo entendió.

Con esfuerzo levantó la mano.

—Doctor…

Él se acercó.

—¿Sí?

—Revise…

la espalda.

Santiago levantó cuidadosamente la bata del hospital.

Su expresión cambió por completo.

Había cicatrices antiguas.

Moretones recientes.

Lesiones en distintas etapas de cicatrización.

No era un episodio aislado.

Llevaba meses.

Quizá años.

El médico respiró profundamente.

Después miró directamente a Renata.

—¿Quién les hizo esto?

La habitación quedó completamente en silencio.

Renata observó a su madre.

Celia tenía la cabeza agachada.

No lloraba.

No hablaba.

Simplemente evitaba mirarlas.

Entonces Renata comprendió que nunca iba a protegerlas.

Respiró hondo.

Por primera vez en años dejó de tener miedo.

Señaló directamente a Ernesto.

—Él.

Nadie dijo una palabra.

Ni siquiera Ernesto.

Santiago cerró lentamente el expediente.

—Gracias.

En ese mismo instante sonó el teléfono interno del consultorio.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Después respondió con tranquilidad.

—Perfecto.

Que pasen inmediatamente.

Colgó.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Quién viene?

El médico lo miró fijamente.

—La Unidad Especializada en Violencia Familiar.

Y también un ministerio público.

El rostro de Ernesto perdió parte de su seguridad.

Intentó acercarse nuevamente a las camas.

Pero el guardia le bloqueó el paso.

Fue entonces cuando Renata recordó el viejo celular escondido bajo la duela del pasillo.

Sintió un vuelco en el estómago.

Si seguía allí…

No solo existían aquellas lesiones.

Existían meses completos de grabaciones.

Con voces.

Amenazas.

Golpes.

Fechas.

Horas.

Todo respaldado automáticamente.

Lucía pareció leerle el pensamiento.

La miró.

Y sonrió por primera vez desde que despertó.

—No te preocupes…

Sí alcanzó a subirlas.

Justo en ese momento, alguien llamó con fuerza a la puerta del consultorio.

El médico abrió.

Entró una mujer con traje oscuro, una carpeta oficial bajo el brazo y una credencial de la Fiscalía.

Pero cuando leyó los apellidos del expediente, se quedó completamente inmóvil.

Levantó lentamente la vista hacia las gemelas y preguntó, incrédula:

—¿Ustedes son las hijas de Daniel Cárdenas… el perito que murió investigando el fraude de Valdivia Holdings?

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