PARTE 2: La Mujer de la Gabardina

Vanessa seguía mirando la pantalla como si hubiera visto un fantasma.

El guardia de seguridad volvió a reproducir la grabación.

La mujer de la gabardina beige caminaba con absoluta tranquilidad.

No miraba a los lados.

No parecía perdida.

Sabía exactamente adónde iba.

—¿Quién es? —pregunté.

Vanessa no respondió.

Tenía el teléfono pegado al oído.

—Necesito al director de seguridad inmediatamente.

Es una prioridad.

Su voz temblaba.

Eso fue lo que más me inquietó.

No la presencia de aquella mujer.

Sino la reacción de la gerente.

El guardia amplió nuevamente la imagen.

La mujer levantó una tarjeta frente a la cerradura de mi habitación.

La luz pasó inmediatamente de rojo a verde.

La puerta se abrió.

Entró.

Y desapareció.

Todo ocurrió en menos de tres segundos.

Miré a Vanessa.

—¿Cómo consiguió una tarjeta de mi habitación?

Ella tragó saliva.

—Eso… no debería ser posible.

El guardia negó lentamente.

—Solo existen cuatro tipos de tarjetas capaces de abrir una habitación sin registrarse como huésped.

Tomó una hoja y comenzó a enumerarlas.

—La del huésped.

La del personal de limpieza.

La de mantenimiento.

Y la maestra de gerencia.

Vanessa cerró los ojos.

Comprendió exactamente lo que aquello significaba.

—Revisa el registro electrónico.

Ahora.

El guardia abrió otro programa.

Cada apertura de una habitación quedaba registrada automáticamente.

Tecleó el número 1818.

Aparecieron los movimientos de las últimas doce horas.

Mi entrada a las siete de la tarde.

Ningún movimiento hasta…

La una en punto.

El guardia dejó de escribir.

Frunció el ceño.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

Giró lentamente la pantalla hacia nosotros.

La puerta había sido abierta con una tarjeta maestra.

No con mi llave.

No con una copia.

Con una tarjeta exclusiva de la administración del hotel.

El silencio cayó sobre la sala.

Vanessa comenzó a respirar cada vez más deprisa.

—¿Cuántas personas tienen acceso a esa tarjeta?

—Cinco.

Respondió el guardia sin apartar la vista de la pantalla.

—El director general.

Usted.

El jefe de mantenimiento.

El director de seguridad.

Y…

Se quedó callado.

—¿Y quién más?

El guardia volvió a mirar el registro.

—La subdirectora.

Vanessa perdió completamente el color.

—No…

No puede ser ella.

Yo observaba todo sin comprender.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

En ese instante llamaron a la puerta.

Dos policías entraron acompañados por un hombre elegante de unos sesenta años.

Su placa decía:

Richard Dawson — Director General.

Vanessa se acercó rápidamente.

Le explicó lo ocurrido en voz baja.

Richard observó la grabación.

Después el registro de la tarjeta.

Su expresión cambió de inmediato.

—Cierren todos los accesos del sistema.

Nadie sale del edificio.

Se volvió hacia mí.

—Señorita Harper…

Quiero pedirle disculpas personalmente.

Jamás debimos asumir que usted mentía.

Antes de que pudiera responder, uno de los agentes señaló la pantalla.

—Esperen.

La mujer salió de la habitación a la 1:42.

Pero…

No llevaba las manos vacías.

El video mostró claramente cómo salía empujando una pequeña maleta negra que no tenía cuando entró.

Sentí un escalofrío.

—Esa maleta no era mía.

El director respiró profundamente.

—Entonces no vino a dejar comida.

Vino a sacar algo.

El guardia rebobinó unos segundos más.

La imagen se detuvo justo cuando la mujer levantó ligeramente la cabeza al pasar frente a la cámara.

Richard Dawson palideció.

Los dos policías intercambiaron una mirada.

Y Vanessa dejó caer lentamente el teléfono al suelo cuando el director pronunció el nombre que ninguno esperaba escuchar.

—Esa mujer…

Es nuestra subdirectora de operaciones.

Y hace tres días desaparecieron del hotel documentos confidenciales valorados en millones de dólares.

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