PARTE 2: El Hospital Fantasma

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué quieres decir con que la trasladaron?

Daniel cerró la puerta del despacho antes de responder.

—El Hospital Ángeles registró el ingreso de Camila a las 4:58 de la mañana.

Sacó unas hojas impresas.

—A las 5:31 apareció una orden de traslado firmada por un supuesto tutor legal.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca firmé nada.

—Porque no fuiste tú.

Me mostró la autorización.

Nombre del responsable:

Mauricio Alcázar.

Motivo:

Paciente con trastorno psiquiátrico que requiere internamiento especializado.

Sentí una rabia tan intensa que apenas podía respirar.

—¡Eso es mentira!

Daniel asintió.

—Lo sabemos.

—¿Dónde está ahora?

Guardó silencio unos segundos.

—Nadie quiere decirnos.

Miré al comandante Salgado.

Seguía evitando cruzar la mirada conmigo.

Como si supiera exactamente dónde estaba mi hija.

En ese momento entró una joven agente.

Traía un expediente en las manos.

—Comandante… acaba de llegar esto del hospital.

Salgado intentó quitárselo.

Daniel fue más rápido.

Leyó apenas la primera página.

Su expresión cambió por completo.

—Rafael…

Me entregó el documento.

Era el informe toxicológico preliminar de Camila.

Debajo del apartado “Medicamentos detectados” aparecían tres nombres.

Midazolam.

Lorazepam.

Haloperidol.

Levanté lentamente la vista.

—Ella nunca tomó eso.

Daniel respondió con voz baja.

—Exactamente.

La sedaron.

Una y otra vez.

Recordé la llamada de las tres de la madrugada.

“Papá… antes de que me vuelvan a dormir.”

No hablaba metafóricamente.

Estaba pidiendo ayuda antes de que la volvieran a inyectar.

Apreté los puños.

—¿Quién autorizó esos medicamentos?

La agente respondió.

—No hay receta.

Solo órdenes médicas internas.

Daniel tomó inmediatamente el teléfono.

—Necesito una orden judicial para asegurar todos los expedientes clínicos.

Ahora mismo.

Mientras hablaba, el comandante recibió otra llamada.

Escuchó durante menos de treinta segundos.

Luego se puso completamente pálido.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

Colgó lentamente.

Miró a Daniel.

—El Hospital Ángeles niega haber emitido la orden de traslado.

El silencio fue absoluto.

—¿Cómo?

—Dicen que alguien utilizó su sistema durante diecisiete minutos.

La autorización es falsa.

Daniel me miró.

—Eso significa que Camila nunca salió legalmente del hospital.

Sentí un escalofrío.

—Entonces…

—La secuestraron.

La palabra cayó como un disparo.

En ese instante sonó mi teléfono.

Número oculto.

Contesté inmediatamente.

Durante varios segundos solo escuché respiración.

Después una voz femenina susurró:

—No busque en hospitales.

Miré a Daniel.

Puso el altavoz.

—¿Quién habla?

—Si quiere volver a ver viva a su hija…

La mujer respiraba con dificultad.

Como si también tuviera miedo.

—Busque la Clínica San Gabriel.

Fruncí el ceño.

Jamás había oído ese nombre.

—¿Dónde está?

No respondió.

Solo añadió una última frase.

—No existe en los registros oficiales.

La llamada se cortó.

Daniel ya estaba escribiendo en su computadora.

Buscó el nombre.

Nada.

Registro sanitario.

Nada.

Licencias.

Nada.

Era como si aquella clínica nunca hubiera existido.

Pero uno de los investigadores de su despacho levantó la cabeza.

—Espera…

Tecleó otra búsqueda.

Después giró lentamente la pantalla.

—Encontré algo.

Una fotografía aérea de una antigua hacienda en las afueras de Querétaro.

Sin rótulos.

Sin dirección pública.

Solo un nombre en un permiso de construcción de hacía ocho años.

Centro Integral San Gabriel.

Propietario.

Fundación Alcázar para el Bienestar Mental.

Todos permanecimos en silencio.

La fundación que aparecía cada año donando millones para causas sociales…

Había construido una clínica privada que oficialmente no existía.

Y mientras intentábamos conseguir una orden de cateo, Daniel recibió un mensaje cifrado de uno de sus investigadores infiltrados.

Lo leyó una sola vez.

Luego levantó la vista hacia mí.

Su voz apenas fue un susurro.

—Rafael…

Tragó saliva.

—No quieren declarar incapaz a Camila.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—Entonces… ¿qué quieren?

Daniel cerró lentamente el teléfono.

—Quieren convencer al juez de que nunca salió viva de esa casa.

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