PARTE 2: La Junta Extraordinaria

Colgué la llamada con el señor Wallace y cerré lentamente la computadora.

Durante varios minutos permanecí inmóvil frente a la fotografía de nuestra boda.

Adrian sonreía como si hubiera conquistado el mundo.

Yo también sonreía.

Pero ahora comprendía que aquel día no había comenzado un matrimonio.

Había comenzado el mayor error de mi vida.


A la mañana siguiente llegué por primera vez en seis años a la sede principal de Summit Crown Capital.

El edificio seguía igual.

Cristal oscuro.

Mármol blanco.

El mismo reloj de bronce presidiendo el vestíbulo.

Lo único diferente era la forma en que todos reaccionaron al verme.

Los empleados dejaron de caminar.

Algunos abrieron los ojos con sorpresa.

Otros bajaron inmediatamente la cabeza.

—Bienvenida, señorita Claire.

La voz del señor Wallace resonó por todo el vestíbulo.

Se acercó acompañado por el director jurídico, el director financiero y cuatro miembros del consejo.

Ninguno esperaba volver a verla tan pronto.

—La junta está preparada.

Asentí.

—¿Confirmaron asistencia todos los accionistas?

—Sí.

Incluso Mercer Global.

Sonreí apenas.

Perfecto.


Mientras tanto, Adrian entraba orgulloso en las oficinas de Mercer Global acompañado por Sophie.

Ella llevaba un vestido crema que yo había comprado meses atrás.

Él ni siquiera lo había notado.

—Dentro de tres días presentaremos el proyecto Berlín Horizon.

Los inversionistas quedarán impresionados.

Sophie acarició discretamente su vientre.

—Y después podremos irnos a Alemania.

—Exactamente.

Mi teléfono vibró.

Era la confirmación de Wallace.

Convocatoria enviada oficialmente.


Una hora más tarde, la secretaria de Adrian llamó a su puerta.

—Señor Mercer…

Hay una reunión extraordinaria de accionistas.

—¿Hoy?

—Sí.

La convocó Summit Crown.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué tanto misterio?

—No lo explicaron.

Solo dijeron que la asistencia es obligatoria.


El salón principal estaba completamente lleno cuando Adrian llegó.

Directores.

Abogados.

Auditores.

Miembros independientes del consejo.

Representantes de fondos internacionales.

Todos ocupaban ya sus lugares.

Sophie intentó entrar detrás de él.

El personal de seguridad levantó una mano.

—Solo personal autorizado.

Ella sonrió con suficiencia.

—Soy la directora de relaciones públicas.

El guardia revisó la lista.

—Su nombre no aparece.

Deberá esperar afuera.

Por primera vez aquella mañana, la sonrisa de Sophie desapareció.


Adrian tomó asiento.

Miró alrededor.

—¿Dónde está Wallace?

Nadie respondió.

Las puertas del salón se abrieron lentamente.

Todos los presentes se pusieron de pie.

Incluso los miembros más antiguos del consejo.

Adrian giró la cabeza.

Y dejó de respirar.

Entré con un traje blanco impecable.

Sin una sola carpeta en las manos.

Sin prisas.

Sin mirar a nadie más que al presidente del consejo.

El señor Wallace habló primero.

—Damas y caballeros…

Tengo el honor de presentar oficialmente a la nueva presidenta ejecutiva y accionista mayoritaria de Summit Crown Capital.

La señorita Claire Hawthorne.

El silencio fue absoluto.

Adrian permanecía inmóvil.

Como si hubiera olvidado cómo respirar.


—Eso es imposible…

murmuró.

Wallace colocó un documento sobre la pantalla principal.

Era el testamento de mi abuelo.

Después apareció el registro accionarial actualizado.

Summit Crown Capital: 45 % de Mercer Global.

Luego mi nombre.

Presidenta Ejecutiva.


Adrian se levantó bruscamente.

—Debe haber un error.

Yo lo miré por primera vez desde que entré.

—No.

El error fue pensar que nunca descubriría quién sostenía realmente tu empresa.

El consejo permanecía completamente en silencio.

Continué.

—Durante seis años creíste que la inversión que salvó tu compañía apareció por casualidad.

Nunca preguntaste quién autorizó aquella operación.

Nunca preguntaste quién convenció a los bancos internacionales.

Nunca preguntaste quién negoció los contratos europeos que firmabas orgullosamente.

Porque era más fácil creer que todo era mérito tuyo.


Adrian intentó recuperar la compostura.

—Aunque seas accionista, eso no cambia nada.

Sonreí.

—Tienes razón.

Por eso traje algo más.

Wallace pulsó un botón.

Los altavoces comenzaron a reproducir una grabación.

La voz de Sophie llenó inmediatamente el salón.

—¿De verdad no entiende nada?

Después la de Adrian.

—Solo conoce algunas frases de negocios.

No podría seguir una conversación real.

Las risas.

La confesión del hotel.

La mentira sobre Berlín.

El embarazo.

Y finalmente la frase que hizo bajar la cabeza a varios consejeros.

—Ha vivido de mi empresa durante años.

Sin mí, no es nadie.

La grabación terminó.

Nadie habló.

Porque todos acababan de descubrir que el director ejecutivo acababa de insultar públicamente… a la mujer que controlaba casi la mitad de la empresa donde él trabajaba.

Y eso apenas era el comienzo.

Porque el director jurídico acababa de ponerse de pie con una segunda carpeta en las manos.

Dentro estaban los estados financieros que demostraban algo mucho más grave que una infidelidad.

Demostraban que Adrian llevaba años utilizando recursos de Mercer Global para mantener en secreto una segunda vida.

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