PARTE 2: La Última Trampa

Elena no respondió enseguida.

Conocía demasiado bien aquella expresión.

Era la misma que yo ponía antes de desmontar un fraude financiero.

—¿Qué estás planeando? —repitió.

Miré la unidad USB sobre la mesa.

—Que se destruyan solos.

El agente que custodiaba la habitación levantó la vista.

—Señora Carter, tenemos pruebas suficientes para detener a su esposo por agresión.

Negué lentamente.

—Todavía no.

—¿Por qué esperar?

Respiré hondo.

Cada costilla me recordaba el precio de aquella decisión.

—Porque Derek cree que aún estoy bajo su control.

—Si lo arrestan ahora, solo perderá la libertad.

—Quiero que pierda todo.

Elena comprendió inmediatamente.

Abrió su portátil.

—Los inversores llegan a las ocho.

Asentí.

—Y Derek cree que las cuentas siguen activas.

La abogada sonrió apenas.

—Pero llevan congeladas desde hace veinte minutos.

Exactamente.

Mi teléfono vibró.

Derek.

Una llamada.

Luego otra.

Después llegaron los mensajes.

“¿Dónde demonios estás?”

“Los inversores ya vienen.”

“Si no apareces en diez minutos, te arrepentirás.”

No respondí.

A las ocho y cuarto, Elena abrió la transmisión en directo de la reunión corporativa.

La sala de juntas estaba llena.

Derek llevaba un traje azul oscuro.

Marlene sonreía junto a la ventana, convencida de que aquella mañana cerrarían el contrato más importante de su vida.

El director financiero repartió los documentos.

El principal inversor pidió una simple verificación bancaria antes de firmar.

Cinco minutos después, el ambiente cambió.

—Señor Carter…

El director financiero estaba completamente pálido.

—No podemos acceder a ninguna cuenta.

Derek frunció el ceño.

—Inténtelo otra vez.

Lo hicieron.

El mismo resultado.

Entonces sonó el teléfono del banco.

El altavoz quedó activado sin querer.

—Le informamos que todas las cuentas de Carter Construction permanecen bloqueadas por orden judicial debido a una investigación por posible fraude financiero.

El silencio fue absoluto.

Los inversores comenzaron a levantarse lentamente.

Uno de ellos cerró su carpeta.

—Señor Carter.

—Nos retiramos de esta operación.

Otro hizo lo mismo.

—Nuestra empresa también.

En menos de dos minutos, la sala quedó medio vacía.

Derek comenzó a perder el control.

Golpeó la mesa.

—¡¿Quién hizo esto?!

En ese instante apareció la policía financiera.

Tres agentes.

Dos auditores.

Y un fiscal.

El jefe del operativo mostró una orden.

—Señor Derek Carter.

—Venimos a ejecutar una orden de registro relacionada con desvío de fondos, falsificación documental y apropiación indebida de activos empresariales.

Marlene dio un paso adelante.

—¡Esto es una locura!

El auditor abrió una carpeta.

—Señora Marlene Carter.

—Las cuentas receptoras del dinero terminan a su nombre.

Ella sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Mientras tanto, en el hospital, el agente apagó la transmisión.

Me observó en silencio.

—¿Sabía que esto ocurriría exactamente así?

Negué.

—No exactamente.

Miré la pantalla negra del portátil.

—Solo sabía una cosa.

Elena sonrió.

—¿Cuál?

Cerré lentamente los ojos.

—Que durante años Derek creyó que la mujer a la que golpeaba era demasiado débil para defenderse.

Hice una breve pausa.

—Olvidó que, antes de ser su esposa…

—Yo era la contadora forense que investigaba a hombres exactamente como él.

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