Daniel permaneció inmóvil.
Por primera vez desde que se casaron, no encontraba una respuesta inmediata.
Su madre sí.
Teresa dio un paso al frente y golpeó el suelo con el pie.
—¡Devuélvele ese dinero a esta familia ahora mismo!
Marta se colgó el bolso al hombro.
—No le debo ni un solo yuan a esta familia.
—¡Eres la esposa de mi hijo!
—Y precisamente por ser su esposa esperaba que existieran las mismas reglas para los dos.
Daniel respiró hondo.
—Marta, deja de complicar las cosas. Solo llama a tu madre y pídele que haga la transferencia de vuelta.
Ella lo miró fijamente.
—Haz lo mismo con los setecientos mil.
Daniel abrió la boca.
Volvió a cerrarla.
Teresa intervino enseguida.
—¿Cómo se te ocurre? Ese dinero ya es nuestro.
Marta sonrió por primera vez.
No era una sonrisa cálida.
Era la de alguien que acababa de confirmar exactamente lo que sospechaba.
—Gracias.
Teresa frunció el ceño.
—¿Gracias por qué?
—Porque acaban de demostrar que nunca se trató de ayudar a la familia.
—Se trataba de quedarse con mi dinero.
El ambiente se volvió pesado.
Daniel intentó bajar el tono.
—Nadie quiere quedarse con nada. Solo pensamos en el futuro de Diana.
—¿Y quién pensó en el futuro de mi madre?
—Ella no necesita tanto dinero.
—¿Lo sabes porque revisaste sus cuentas? ¿O porque decidiste que las necesidades de tu familia siempre valen más que las de la mía?
Nadie respondió.
En ese momento sonó el teléfono de Marta.
Era su madre.
Contestó delante de todos.
—Mamá.
—Hija, acabo de recibir una llamada muy extraña.
Marta levantó una ceja.
—¿Quién llamó?
—Una señora que dijo ser tu suegra. Me pidió que le transfiriera inmediatamente los tres millones doscientos mil yuanes porque pertenecían a la familia Cheng.
Marta giró lentamente la cabeza.
Teresa evitó su mirada durante apenas un segundo.
Fue suficiente.
—¿La llamaste?
Teresa levantó el mentón.
—Solo intentaba arreglar un error.
La voz de Isabel seguía escuchándose por el altavoz.
—También dijo que, si no devolvía el dinero, ustedes podían denunciarme por apropiación indebida.
Daniel quedó completamente sorprendido.
—Mamá… ¿hiciste eso?
—¡Claro que sí! ¡Esa mujer no puede quedarse con el dinero de nuestra familia!
Marta soltó una risa breve.
—Qué curioso.
Todos la observaron.
—Ayer Daniel entregó setecientos mil yuanes a su madre y fue un acto de amor.
—Hoy yo entregué mi propio dinero a la mía… y de repente es un delito.
Daniel sintió que la cara le ardía.
Porque, por primera vez, incluso él escuchó la contradicción.
Pero lo peor estaba por llegar.
Isabel volvió a hablar desde el teléfono.
—Hija, antes de colgar… el notario acaba de llamarme.
Marta frunció el ceño.
—¿Qué notario?
—El mismo que redactó vuestro acuerdo patrimonial. Dice que alguien fue esta mañana a pedir una copia certificada… y quiso saber si existía alguna forma de anularlo.

Marta levantó lentamente la vista.
Daniel palideció.
Porque solo una persona conocía ese acuerdo con tanto detalle.
Y estaba de pie, justo delante de ella.