PARTE 3: La Trampa de Regina

Sebastián sostuvo la tableta sin apartar la vista del rostro congelado de Víctor Salgado.

Durante varios segundos, el ruido de la biblioteca pareció alejarse.

Las conversaciones de los cuatro jefes presentes, el tintineo de los vasos y la música discreta que llegaba desde el salón principal se transformaron en un murmullo distante.

Regina permanecía a su lado.

Sonreía.

Saludaba.

Interpretaba a la prometida perfecta sin saber que Sebastián acababa de verla besar al hombre que había planeado matarlo.

—¿Está todo bien? —preguntó ella.

Sebastián bloqueó la pantalla de la tableta.

—Un problema con las cámaras del portón.

Regina inclinó ligeramente la cabeza.

Por una fracción de segundo, la serenidad abandonó sus ojos.

—¿Las cámaras?

—Una falla de conexión.

—Creí que varias estaban averiadas.

Sebastián la observó.

No había sido una pregunta.

Regina sabía exactamente cuáles cámaras debían estar averiadas.

—Eso creíamos —respondió él.

La mujer recuperó su sonrisa.

—Deberías despedir al encargado de seguridad.

—Quizá lo haga.

Sebastián entregó la tableta al técnico.

—Revísalo todo.

El hombre comprendió el mensaje oculto.

No debía abandonar la residencia.

No debía hablar con nadie.

Y, sobre todo, Regina no podía descubrir que la grabación había sobrevivido.

—Sí, patrón.

Cuando el técnico salió, Regina apoyó una mano en el brazo de Sebastián.

—Estás muy tenso.

—Cinco hombres importantes bajo el mismo techo suelen producir ese efecto.

—Solo hay cuatro.

La frase salió demasiado rápido.

Sebastián bajó la mirada hacia ella.

Regina parpadeó.

—Quiero decir que Víctor todavía no ha llegado.

—Lo sé.

—Quizá tuvo algún problema.

—Quizá.

Regina sostuvo su mirada, intentando descubrir cuánto sabía.

Sebastián no le ofreció nada.

Ni sospecha.

Ni rabia.

Ni decepción.

Años de supervivencia le habían enseñado que el rostro podía ser una puerta abierta o una muralla.

El suyo era una muralla.

—Ve con los invitados —dijo—. Debo atender una llamada.

—¿Ahora?

—Ahora.

Regina apretó sus dedos sobre su brazo.

—Sebastián, esta reunión también es importante para mí.

—Por eso quiero que estés presente.

Ella sonrió de nuevo.

—Claro.

Se alejó hacia los invitados.

El vestido plateado brillaba con cada paso.

Desde el extremo opuesto del salón, Laura la siguió con la mirada mientras sostenía a Emma contra su pecho.

La niña no dejaba de temblar.

—Quiero irnos, mamá —susurró.

—Nos iremos pronto.

—Ella va a hacer algo malo.

Laura le acarició el cabello.

—No permitiré que se acerque a ti.

Emma levantó los ojos.

—Pero se acercó a tu bolso.

Laura sintió nuevamente el peso del miedo.

El rastreador no había sido colocado para localizar la residencia.

Regina ya conocía perfectamente aquel lugar.

El dispositivo estaba destinado a seguir a Laura después de que abandonara la mansión.

Alguien quería saber dónde vivía.

Dónde llevaba a Emma a la escuela.

Qué ruta tomaban cada mañana.

Laura miró hacia Sebastián.

Él conversaba en voz baja con uno de sus hombres.

Aunque su expresión seguía siendo impenetrable, había algo diferente en la rigidez de sus hombros.

No era miedo.

Era furia contenida.

Sebastián entró en un pequeño despacho contiguo y cerró la puerta.

Lo esperaban Mauro, jefe de seguridad, y el técnico que había llevado la tableta.

—Díganme que el video es falso —ordenó.

Mauro negó lentamente.

—Ya verificamos la grabación.

—¿Fecha?

—Anoche, a las dos y diecisiete.

—¿Cómo entró Víctor?

—Por el túnel de servicio del jardín norte.

Sebastián giró hacia él.

—Ese túnel fue sellado hace tres años.

—Eso creíamos.

Mauro colocó un plano sobre la mesa.

—Alguien retiró la cerradura interior y reemplazó las cámaras por grabaciones repetidas. Durante semanas, el sistema mostró el mismo fragmento de un corredor vacío.

—¿Quién podía hacer eso?

—Alguien con acceso a los códigos internos.

Regina.

Nadie necesitó pronunciar su nombre.

—¿Hay más explosivos? —preguntó Sebastián.

—Estamos revisando cada habitación.

—Sin evacuar.

—Eso aumenta el riesgo.

—Evacuar ahora les avisaría que los descubrimos.

Mauro miró hacia la puerta.

—Víctor no llegó porque está esperando la detonación.

—O porque piensa entrar después.

El técnico deslizó el dedo sobre la pantalla.

—Hay algo más.

Mostró una ampliación del video.

Víctor Salgado sostenía un pequeño control remoto mientras Regina le entregaba un sobre.

El dispositivo parecía tener dos botones.

—La carga bajo el escritorio no era el único objetivo —dijo el técnico—. El receptor que encontramos estaba configurado para una señal doble.

Sebastián entrecerró los ojos.

—¿Dónde está la segunda carga?

—Todavía no lo sabemos.

En ese instante, la puerta se abrió.

Uno de los guardias entró con el rostro pálido.

—Patrón, encontramos otro cable.

—¿Dónde?

—En el sistema de ventilación de la biblioteca.

Los tres hombres miraron hacia el techo.

Al otro lado de la pared, cuatro jefes criminales seguían sentados bajo las rejillas del aire acondicionado.

—¿Carga explosiva? —preguntó Mauro.

—No.

El guardia tragó saliva.

—Un recipiente conectado al conducto central.

Sebastián sintió un frío lento recorrerle la espalda.

—¿Qué contiene?

—El especialista todavía lo está analizando.

—Cierren la ventilación.

—Si lo hacemos desde el panel, las luces de emergencia se encenderán. Todos lo notarán.

—Entonces háganlo manualmente.

—Necesitamos diez minutos.

Sebastián miró su reloj.

No sabía cuánto tiempo tenían.

Víctor podía activar el dispositivo desde cualquier lugar dentro de varios kilómetros.

O Regina podía llevar un segundo control oculto bajo aquel vestido brillante.

—Registren todas las señales de radio cercanas —ordenó—. Bloqueen las comunicaciones sin cortar la red interior.

El técnico asintió.

—Eso también bloqueará nuestros teléfonos.

—Que así sea.

—¿Y Regina?

Sebastián miró la puerta cerrada.

—Nadie la toca todavía.

Mauro frunció el ceño.

—Patrón, intentó matarlo.

—Quiero saber para quién trabaja.

—Está trabajando con Víctor.

—Víctor jamás habría diseñado algo así solo.

Sebastián conocía a Salgado desde hacía diecisiete años.

Era cruel, ambicioso y paciente.

Pero no era un estratega.

Prefería las amenazas visibles, las armas sobre la mesa y los cadáveres usados como mensajes.

Manipular cámaras, instalar dispositivos militares y coordinar una emboscada contra cinco líderes requería recursos que Víctor no poseía.

Alguien más estaba detrás.

Alguien que conocía la residencia.

Alguien que sabía de la reunión secreta.

Y alguien que había elegido a Laura como objetivo adicional.

—Patrón —dijo Mauro—, hay otra cuestión.

—Habla.

—Solo siete personas conocían la hora exacta de esta reunión.

Sebastián comprendió de inmediato.

Él.

Mauro.

Los cinco jefes.

Regina no debía conocer la hora.

Sebastián se la había mencionado dos días antes, convencido de que pronto sería su esposa y de que podía confiar en ella.

Había entregado el secreto con sus propias manos.

—Encuentren a Víctor —ordenó—. Vivo.

—¿Y si intenta activar las cargas?

Sebastián miró el control remoto de la grabación.

—Entonces asegúrense de que no pueda mover las manos.

En la biblioteca, Regina se acercó a Laura con dos copas de champán.

—Debes estar asustada —dijo.

Laura no aceptó la copa.

—¿Por qué debería estarlo?

—No todos los días una empleada presencia una reunión como esta.

—No sabía que ahora le interesaba mi bienestar.

Regina sonrió.

—Me interesan las personas que pueden convertirse en un problema.

Emma se escondió detrás de su madre.

Regina bajó la mirada hacia la niña.

—Hola, pequeña.

Laura se interpuso.

—No le hable.

La sonrisa de Regina se tensó.

—No deberías ser grosera conmigo dentro de mi propia casa.

—Esta no es su casa.

Por primera vez, Regina perdió parte de su compostura.

—Lo será después de la boda.

—Eso todavía no ha ocurrido.

Regina acercó el rostro.

—No tienes idea de lo que ocurre aquí.

—Sé que colocó algo en mi bolso.

El silencio entre ambas se volvió afilado.

Los dedos de Regina se cerraron alrededor de la copa.

—¿Qué dijiste?

—Emma la vio.

Los ojos de Regina se movieron hacia la niña.

Emma retrocedió.

Laura comprendió demasiado tarde que había revelado una información peligrosa.

Regina ya sabía que la niña era testigo.

—Los niños imaginan cosas —dijo.

—Mi hija no miente.

—Todos los niños mienten cuando desean llamar la atención.

—Aléjese de nosotras.

Regina inclinó la cabeza, estudiándola.

—Te crees protegida porque Sebastián te permitió permanecer aquí.

—No me creo nada.

—Entonces recuerda cuál es tu lugar.

Laura dio un paso hacia ella.

—Mi lugar está junto a mi hija.

Regina levantó la copa hasta sus labios.

—Disfrútalo mientras puedas.

Sebastián apareció detrás de ella.

—¿Qué debería disfrutar?

Regina se giró con naturalidad.

—La fiesta.

—Esto no es una fiesta.

—Para algunos hombres, una negociación con alcohol es exactamente eso.

Sebastián miró a Laura.

Ella entendió que no debía mencionar el rastreador.

—Regina —dijo él—, el señor Vargas quiere hablar contigo sobre la fundación.

Regina miró hacia la biblioteca.

—Pensé que no permitías hablar de negocios a las mujeres.

—Nunca he dicho eso.

—Tus invitados sí lo creen.

—Entonces sorpréndelos.

Regina dejó su copa sobre una bandeja.

—Será un placer.

Antes de alejarse, dirigió a Emma una última mirada.

La niña volvió a apretar la mano de su madre.

Sebastián esperó hasta que Regina estuvo suficientemente lejos.

—No vuelvas a enfrentarla sola —dijo en voz baja.

—Se acercó a nosotras.

—Debiste llamar a un guardia.

—No sabía que ahora necesitaba escolta dentro de una casa llena de hombres armados.

—Esta noche todos necesitan escolta.

Laura percibió la gravedad en su voz.

—¿Qué encontraron?

Sebastián miró a Emma.

—No aquí.

—Regina sabe que la niña la vio.

La mandíbula de Sebastián se endureció.

—¿Se lo dijiste?

—Cometí un error.

—Sí.

Laura lo miró con enojo.

—No necesito que me lo recuerde.

—Necesito que comprendas el peligro.

—Lo comprendí cuando descubrimos un rastreador militar dentro de mi bolso.

Sebastián respiró lentamente.

—Llevarán a Emma a una habitación segura.

—No.

—Laura.

—No van a separarme de mi hija.

—No estarán separadas. Tú irás con ella.

—¿Y después?

—Después las sacaremos de la residencia.

—¿Por dónde?

Sebastián guardó silencio.

Laura comprendió.

Las puertas podían estar vigiladas.

Los caminos podían estar bloqueados.

El rastreador quizá formaba parte de un plan para seguirlas si escapaban.

—No tenemos una salida segura —susurró.

—La tendremos.

—Eso no fue una respuesta.

—Es la única que puedo darte ahora.

Un hombre se aproximó.

—Patrón, el especialista necesita verlo.

Sebastián señaló discretamente a Laura y Emma.

—Llévalas al cuarto de seguridad del segundo piso.

—Sí, señor.

Laura sujetó con fuerza la mano de su hija.

—Sebastián.

Él se detuvo.

—No permita que Regina desaparezca.

—No lo hará.

—Ella amenazó a Emma.

Los ojos de Sebastián se oscurecieron.

—Lo sé.

—No, no lo sabe.

Laura se acercó para que nadie más pudiera escuchar.

—Le dijo que, si hablaba, yo no volvería a despertar.

Sebastián no reaccionó de inmediato.

Pero el aire a su alrededor pareció cambiar.

—¿Cuándo?

—En la cocina.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque Emma me lo contó hace unos minutos.

Sebastián miró a la niña.

—¿Eso dijo Regina?

Emma asintió sin levantar el rostro.

Sebastián se agachó hasta quedar a su altura.

—Escúchame.

La niña lo miró con cautela.

—No volverá a acercarse a ti.

—Ella es mala.

—Sí.

Laura se sorprendió por la franqueza de la respuesta.

Sebastián no intentó tranquilizar a Emma con una mentira.

—¿Va a castigarla? —preguntó la niña.

—Primero debo descubrir toda la verdad.

—Mi mamá dice que la verdad siempre sale.

Sebastián miró a Laura.

—Tu mamá tiene razón.

El guardia condujo a ambas hacia las escaleras.

Sebastián permaneció inmóvil hasta verlas desaparecer.

Después buscó a Regina entre los invitados.

Ella conversaba con el señor Vargas.

Reía.

Parecía relajada.

Sin embargo, su mano derecha permanecía dentro del pequeño bolso plateado que colgaba de su hombro.

Sebastián se acercó.

—Regina.

Ella sacó la mano inmediatamente.

—¿Sí?

—Ven conmigo.

—Estoy hablando con el señor Vargas.

—Ahora.

El jefe criminal levantó una ceja.

—¿Algún problema?

Sebastián sonrió.

—Una cuestión relacionada con la boda.

—Eso suena más peligroso que nuestros negocios.

Los hombres rieron.

Regina no.

Sebastián la condujo hasta un corredor lateral.

Dos guardias se movieron discretamente detrás de ellos.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Tu bolso.

Regina bajó la mirada.

—¿Qué tiene?

—Dámelo.

—Sebastián…

—Ahora.

Regina soltó una risa breve.

—No puedes hablarme así frente a tus hombres.

—No estamos frente a ellos.

—Los siento detrás.

Sebastián extendió la mano.

—El bolso.

Regina lo observó durante varios segundos.

Luego se quitó la correa del hombro.

—No sé qué esperas encontrar.

Sebastián tomó el bolso y se lo entregó a Mauro, que acababa de aparecer.

—Revísalo.

Regina cruzó los brazos.

—¿En serio?

Mauro abrió el bolso sobre una mesa.

Sacó un teléfono, un labial, una pequeña cartera, un espejo y un estuche de maquillaje.

Nada más.

—Está limpio —dijo.

Regina sonrió con satisfacción.

—¿Ves?

Sebastián recogió el teléfono.

—Desbloquéalo.

—No.

—Regina.

—También tengo derecho a mi privacidad.

—Desbloquéalo.

—¿Desde cuándo revisas mis cosas?

—Desde que alguien colocó un explosivo bajo mi escritorio.

Regina se quedó inmóvil.

Solo durante un instante.

Después abrió los ojos con una mezcla cuidadosamente calculada de sorpresa y miedo.

—¿Un explosivo?

—Bajo el lugar donde debía sentarme durante la reunión.

—Dios mío.

—¿Quieres saber quién lo puso?

Regina miró a los guardias.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque fuiste la última persona que entró en la oficina.

—Entré para dejar los documentos de la fundación.

—No había documentos.

—Tal vez alguien los retiró.

—La cámara te grabó.

El color desapareció del rostro de Regina.

No completamente.

Pero lo suficiente.

—Dijiste que las cámaras estaban averiadas.

Sebastián sostuvo su mirada.

—Yo nunca dije eso.

Regina comprendió su error.

Había confirmado que conocía el estado del sistema.

Mauro dio un paso hacia ella.

Regina retrocedió.

—Sebastián, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—No aquí.

—Aquí está bien.

—Tus hombres no necesitan escuchar asuntos privados.

—Intentar asesinarme dejó de ser un asunto privado.

Regina miró a Mauro.

—Aléjalos.

—No.

—¡Soy tu prometida!

—Ya no.

La frase cayó con una frialdad devastadora.

Regina abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Desbloquea el teléfono —ordenó Sebastián.

—No lo haré.

Mauro extendió la mano.

—Tenemos otros métodos.

Regina dio otro paso atrás.

—No puedes detenerme sin pruebas.

Sebastián sacó la tableta del interior de su chaqueta.

Reprodujo la grabación.

Regina se vio entrando en el despacho.

Vio a Víctor instalando la carga.

Se vio abrazándolo.

Besándolo.

La expresión de su rostro se quebró.

No parecía avergonzada.

Parecía aterrorizada.

—No sabes lo que viste —susurró.

—Vi suficiente.

—Víctor me obligó.

—No parecías obligada.

—Estaba fingiendo.

—¿También fingiste cuando le entregaste el sobre?

Regina miró hacia la puerta del corredor.

Los dos guardias bloquearon la salida.

—Él tiene algo mío.

—¿Qué?

—No puedo decirlo.

—Entonces no puedo protegerte.

—¡No entiendes!

—Explícamelo.

Regina comenzó a respirar con dificultad.

—Víctor no trabaja solo.

—Eso ya lo sé.

Ella lo miró con sorpresa.

—¿Quién está detrás de él?

—Si te lo digo, todos moriremos.

—Ya intentaste matarnos.

—¡No!

Su grito resonó por el corredor.

Regina bajó la voz.

—La carga del escritorio no debía explotar.

Sebastián no se movió.

—¿Qué significa eso?

—Era una distracción.

Mauro levantó la vista.

—¿Para qué?

Regina apretó los labios.

Sebastián sujetó su muñeca.

No con violencia, pero con la fuerza suficiente para impedir que escapara.

—¿Dónde está el verdadero ataque?

Regina lo miró a los ojos.

—Llegas tarde.

En ese instante, todas las luces se apagaron.

La residencia quedó sumida en la oscuridad.

Durante dos segundos nadie habló.

Después comenzaron los gritos.

Se escuchó el ruido de muebles desplazándose en la biblioteca.

Los guardias encendieron sus linternas.

Las luces de emergencia no se activaron.

—¡Sistema principal caído! —gritó Mauro.

Regina aprovechó la confusión.

Giró la muñeca, sacó un pequeño objeto del brazalete y lo presionó contra el cuello de uno de los escoltas.

El hombre cayó al suelo, aturdido por una descarga eléctrica.

Sebastián intentó sujetarla.

Regina le lanzó el bolso al rostro y corrió hacia la oscuridad.

—¡Cierren las salidas! —ordenó Mauro.

—¡No disparen! —gritó Sebastián—. La quiero viva.

Regina desapareció por el corredor de servicio.

Sebastián tomó el arma del guardia caído.

—Mauro, protege la biblioteca.

—¿Y usted?

—Voy tras ella.

—Puede ser una trampa.

—Todo esto es una trampa.

Sebastián corrió.

En el segundo piso, Laura escuchó el apagón como un golpe seco.

La habitación de seguridad quedó iluminada únicamente por una pequeña lámpara roja junto a la puerta.

El guardia que las acompañaba levantó su radio.

—Control, responda.

Solo recibió estática.

—¿Qué ocurre? —preguntó Laura.

—Falla eléctrica.

—¿En una residencia con tres generadores?

El hombre no respondió.

Emma se abrazó a su madre.

—Es ella.

—No sabemos eso, cariño.

—Sí sabemos.

El guardia revisó el pasillo a través de una pequeña pantalla instalada en la pared.

La imagen estaba negra.

—Las cámaras también cayeron —dijo.

Laura miró la puerta blindada.

—Ciérrela.

—Se cierra automáticamente desde el centro de control.

—El centro de control no responde.

El guardia presionó varios botones.

Nada ocurrió.

La puerta permanecía abierta.

—Ciérrela manualmente —insistió Laura.

—Necesitamos una llave especial.

—¿La tiene?

El hombre revisó su cinturón.

Su expresión cambió.

La llave no estaba.

—Alguien la retiró —murmuró.

Un ruido metálico sonó al final del pasillo.

El guardia levantó su arma.

—Permanezcan detrás de mí.

Laura llevó a Emma hasta una esquina.

—No hagas ruido.

El sonido volvió a escucharse.

Algo rodó por el suelo.

Una pequeña esfera negra apareció frente a la puerta.

El guardia la observó.

—¡Al suelo!

Empujó a Laura y Emma detrás de un sofá justo cuando la esfera liberó una nube blanca.

No hubo explosión.

El humo comenzó a extenderse.

El guardia se cubrió la boca.

—¡No respiren!

Laura colocó su blusa sobre el rostro de Emma.

El hombre intentó llegar a la puerta.

Una figura apareció entre la nube.

Vestía el uniforme negro de seguridad de la residencia.

El guardia bajó el arma durante una fracción de segundo.

—¿Ramírez?

La figura disparó un proyectil silencioso.

El guardia cayó al suelo.

Laura ahogó un grito.

El intruso avanzó.

No era Ramírez.

Solo llevaba su uniforme.

Laura tomó una lámpara pesada y la sostuvo frente a ella.

—No se acerque.

El hombre llevaba una máscara protectora.

—Entrégueme a la niña.

Laura sintió que sus piernas dejaban de responder.

—¿Qué?

—La niña viene conmigo.

Emma se escondió detrás de su madre.

—Tendrá que pasar sobre mí.

El hombre levantó el arma.

—Esa era la segunda opción.

Antes de que pudiera disparar, una sombra apareció detrás de él.

Un brazo rodeó su cuello.

Hubo un forcejeo rápido.

El arma cayó.

El intruso golpeó la pared y perdió el conocimiento.

Sebastián arrancó la máscara del hombre.

—Laura.

Ella dejó caer la lámpara.

—¿Qué está pasando?

—Tenemos que salir.

—¿Quién es?

Sebastián miró el rostro del atacante.

No lo reconoció.

—Mercenario.

—Pidió llevarse a Emma.

Sebastián observó a la niña.

—¿A ella?

—No quería dinero. No preguntó por mí. Dijo que venía por Emma.

Sebastián registró al hombre y encontró un teléfono pequeño.

En la pantalla había una fotografía de Emma tomada esa misma tarde.

Debajo aparecía una orden.

OBJETIVO PRIORITARIO: LA NIÑA.

—¿Por qué quieren a mi hija? —preguntó Laura.

Sebastián no respondió.

El humo seguía llenando la habitación.

Tomó a Emma en brazos.

—Cúbrete la boca.

La niña rodeó su cuello con ambos brazos.

Laura tomó el arma que había caído.

—¿Sabe usarla? —preguntó Sebastián.

—No.

—Entonces no ponga el dedo en el gatillo.

—No pienso caminar desarmada.

Salieron al pasillo.

Sebastián avanzaba primero con Emma en brazos.

Laura caminaba detrás, mirando cada puerta.

Las luces seguían apagadas.

Desde la planta baja llegaban gritos y órdenes.

—¿Dónde está Regina? —preguntó Laura.

—Escapó.

—Le dije que no permitiera que desapareciera.

—No es el momento.

—Nunca parece ser el momento.

—Estuvo a punto de secuestrar a tu hija.

—Entonces explíqueme por qué.

Sebastián se detuvo junto a una escalera.

—No lo sé.

Laura comprendió que decía la verdad.

Eso la asustó más.

Llegaron al corredor que conducía al centro de seguridad.

Dos guardias yacían inconscientes junto a la puerta.

Sebastián dejó a Emma en brazos de Laura y revisó sus pulsos.

—Están vivos.

—¿Quién pudo hacer esto?

—Alguien que conoce nuestras rutas.

La puerta del centro de seguridad había sido abierta con un código válido.

En el interior, las pantallas estaban apagadas.

Los cables principales habían sido cortados.

Sobre la consola había una fotografía.

Sebastián la levantó.

Era una imagen antigua.

Mostraba a seis hombres jóvenes frente a una bodega.

Uno de ellos era Sebastián.

Otro era Víctor Salgado.

Los demás habían muerto durante los últimos quince años.

Laura señaló a un hombre en el extremo.

—¿Quién es?

Sebastián observó el rostro.

—Mi hermano.

—Nunca dijo que tenía un hermano.

—Murió.

En la fotografía, su hermano sostenía a una niña pequeña.

La imagen estaba desgastada, pero Laura pudo distinguir el rostro infantil.

Cabello oscuro.

Ojos grandes.

Una cicatriz junto a la ceja.

Laura miró a Emma.

Su hija tenía una cicatriz idéntica.

—Sebastián…

Él también lo vio.

Tomó la fotografía y la acercó a la luz roja de emergencia.

No podía ser.

La niña retratada tendría seis años en aquella época.

Emma tenía seis ahora.

La fotografía había sido tomada dieciocho años atrás.

—¿Quién es esa niña? —preguntó Laura.

Sebastián dio vuelta a la imagen.

En la parte posterior había una fecha y un nombre escrito a mano.

Isabel Salgado.

—Era la hermana menor de Víctor —dijo.

—¿Era?

—Desapareció poco después de que tomaran esta fotografía.

—¿Qué tiene que ver con Emma?

Sebastián miró la cicatriz de la niña.

—No lo sé.

Un teléfono comenzó a sonar.

No era el de Sebastián.

El sonido provenía del bolsillo del mercenario inconsciente que habían arrastrado hasta el centro de seguridad.

Sebastián sacó el aparato.

En la pantalla aparecía un número oculto.

Respondió sin hablar.

Una voz de hombre llegó desde el otro lado.

—Veo que encontraste la fotografía.

Sebastián reconoció la voz.

—Víctor.

Laura abrazó con fuerza a Emma.

—¿Dónde estás? —preguntó Sebastián.

—Más cerca de lo que imaginas.

—Regina te vendió.

Víctor rio.

—Regina se vende a cualquiera que prometa salvarla.

—El ataque fracasó.

—¿Eso crees?

Sebastián miró las pantallas apagadas.

—Tus hombres están cayendo.

—No necesito a tus hombres.

—¿Qué quieres?

La voz de Víctor se volvió seria.

—A la niña.

—¿Por qué?

—Porque me pertenece.

Laura se acercó al teléfono.

—¡Mi hija no pertenece a nadie!

Hubo silencio.

Después Víctor habló con una extraña calma.

—Laura Méndez.

Ella palideció.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Sé mucho más sobre ti de lo que imaginas.

—No se acerque a mi hija.

—Tú la has criado. No significa que sea tuya.

Laura dejó de respirar.

Sebastián la miró.

—¿Qué está diciendo? —preguntó.

Víctor continuó.

—Pregúntale a Laura qué recuerda de la noche en que nació Emma.

Laura apretó los labios.

—No lo escuche.

—Pregúntale por el hospital —insistió Víctor—. Por el incendio. Por las horas que no aparecen en los registros.

Sebastián observó a Laura.

Ella negó.

—Está mintiendo.

—¿Hubo un incendio? —preguntó Sebastián.

Laura no respondió.

—Laura.

—Sí.

La palabra apenas salió de su boca.

Víctor rio suavemente al otro lado de la línea.

—Dile toda la verdad.

Sebastián apretó el teléfono.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

Laura miró a Emma.

La niña escuchaba cada palabra.

—No frente a ella.

—Ya no puedes esconderlo —dijo Víctor—. No después de seis años.

—¡Cállese!

—La niña que Laura llevó a casa no era la que había dado a luz.

Emma levantó el rostro.

—Mamá…

Laura sintió que el mundo se quebraba bajo sus pies.

—No lo escuches, cariño.

—¿Qué significa?

—Nada.

Víctor habló más alto.

—Significa que tu madre te encontró entre el humo y decidió quedarse contigo.

Sebastián desvió el teléfono.

—Basta.

—Tráeme a la niña y te diré quién es realmente.

—Puedes venir por ella tú mismo.

—Eso haré.

La llamada terminó.

Durante varios segundos, nadie se movió.

Emma miraba a Laura con los ojos llenos de miedo.

—¿No soy tu hija?

Laura se arrodilló y sostuvo su rostro.

—Eres mi hija.

—Pero ese hombre dijo…

—Ese hombre quiere asustarte.

—¿Me encontraste?

Laura cerró los ojos.

Había pasado seis años huyendo de aquella noche.

Se había convencido de que el pasado no podía alcanzarlas.

Pero el pasado estaba dentro de la residencia.

Tenía armas.

Tenía hombres.

Y conocía el secreto.

—Sí —confesó—. Te encontré.

Emma comenzó a llorar.

—¿Dónde?

—En un hospital.

—¿Y mi otra mamá?

Laura sintió que una herida antigua volvía a abrirse.

—No lo sé.

Sebastián permaneció en silencio.

—Yo estaba embarazada —continuó Laura—. Fui al hospital antes de tiempo. Hubo un incendio durante la madrugada. La electricidad falló y todos comenzaron a correr.

Su voz temblaba.

—Cuando desperté, me dijeron que mi bebé no había sobrevivido.

Emma levantó la mano y tocó su mejilla.

—¿Tu bebé murió?

Laura asintió.

—Salí de la habitación. No sé cómo. Había humo por todas partes. Escuché llorar a un bebé dentro de una sala cerrada.

Sebastián comprendió antes de que ella terminara.

—Emma.

—La encontré sola —dijo Laura—. Tenía una pulsera sin nombre y esa pequeña herida junto a la ceja. Nadie sabía quién era. Los registros se habían quemado y varias familias habían desaparecido antes de que llegara la policía.

—¿Te la llevaste? —preguntó Sebastián.

—No inmediatamente.

Laura apretó las manos de Emma.

—Permanecí allí durante días. Pregunté. Esperé. Nadie vino por ella. Una enfermera me ayudó a contactar con servicios sociales, pero después descubrió que alguien estaba falsificando los archivos de los bebés.

—¿Quién? —preguntó Sebastián.

—No lo sé. La enfermera desapareció antes de declarar.

—¿Y tú?

—Recibí una llamada.

—¿De quién?

—Un hombre me dijo que, si quería vivir, debía abandonar la ciudad con la niña y nunca hacer preguntas.

Sebastián sintió que las piezas comenzaban a unirse.

—¿Reconocerías la voz?

Laura miró el teléfono.

—Era Víctor.

Un golpe resonó en el pasillo.

Sebastián levantó el arma.

Mauro apareció en la puerta acompañado por tres hombres.

—Patrón, recuperamos el generador secundario.

Las luces rojas parpadearon.

—¿La biblioteca?

—Asegurada. El recipiente de ventilación contenía un sedante concentrado. Si hubiera entrado al sistema, todos habrían quedado inconscientes.

—Querían secuestrar a los jefes —dijo Sebastián.

—O matarlos después.

Mauro vio la fotografía.

—¿De dónde salió eso?

—La dejaron aquí.

—Reconozco a esa niña.

Sebastián se giró.

—¿Qué dijiste?

Mauro tomó la imagen.

—La vi hace años.

—¿Dónde?

—En casa de su padre.

—¿El padre de Isabel?

—No era Víctor.

Sebastián lo sujetó del brazo.

—Habla.

Mauro miró a Emma.

—La niña de la fotografía no era hermana de Víctor.

—Todos decían que lo era.

—Porque él lo ordenó.

—¿Quién era?

Mauro respiró profundamente.

—La hija de su hermano.

Sebastián soltó su brazo.

—Mi hermano no tenía hijos.

—Eso le hicieron creer.

El silencio volvió a llenar la habitación.

—¿Estás seguro? —preguntó Sebastián.

—Yo conduje el vehículo la noche en que llevaron a la niña a la finca.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Su hermano me hizo jurar que la protegería. Dijo que había gente dentro de la organización que quería usarla contra usted.

—¿Quién era la madre?

Mauro bajó la mirada.

—Una mujer llamada Elena Méndez.

Laura retrocedió.

—Méndez…

Sebastián la miró.

—¿La conoces?

—Era mi hermana.

Emma dejó de llorar.

—¿Tu hermana?

Laura parecía incapaz de respirar.

—Elena desapareció cuando yo tenía diecisiete años. Mi familia creyó que se había marchado con un hombre.

Mauro sostuvo la fotografía.

—Se marchó con el hermano de Sebastián.

—¿Qué ocurrió con ellos? —preguntó Laura.

—Intentaron abandonar el país.

—Mi hermano murió en un accidente —dijo Sebastián.

Mauro negó.

—Eso fue lo que nos ordenaron decirle.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, una de las pantallas del centro de seguridad se encendió.

La imagen mostró el portón principal.

Un convoy de camionetas negras avanzaba hacia la residencia.

No eran los vehículos de Víctor.

Eran demasiados.

En la primera camioneta aparecía un símbolo que Sebastián no había visto en veinte años.

Un círculo atravesado por una línea roja.

Mauro palideció.

—No puede ser.

—¿Quiénes son? —preguntó Laura.

Sebastián observó el símbolo.

Era la marca de la organización que había fundado su padre.

La misma organización que supuestamente había desaparecido después de su muerte.

Los altavoces de toda la residencia se activaron.

Una voz de mujer llenó los corredores.

—Sebastián Luján.

Él se quedó inmóvil.

Conocía aquella voz.

La había escuchado de niño.

Le había cantado cuando tenía fiebre.

Le había enseñado a escribir su nombre.

—Has cuidado bien de mi nieta —continuó la mujer—. Pero ha llegado el momento de devolverla a su verdadera familia.

Sebastián miró a Emma.

Después volvió la vista hacia la pantalla.

La puerta de la primera camioneta se abrió.

Una mujer de cabello blanco descendió lentamente, apoyándose en un bastón.

Laura soltó un grito ahogado.

Sebastián no pudo pronunciar una sola palabra.

La mujer que avanzaba hacia la residencia era su madre.

La misma mujer a la que había enterrado diecinueve años atrás.

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