A las nueve de la mañana siguiente, Alejandro ya no era un novio.
Era un hombre reuniendo pruebas.
No llamó a Rebeca.
No discutió.
No canceló la firma de las escrituras.
Simplemente siguió el plan.
Andrés le entregó una dirección escrita en una servilleta.
—Aquí vive cuando dice que está haciendo voluntariado.
Alejandro estacionó dos calles más lejos.
Se puso una gorra, unos lentes oscuros y esperó.
Cuarenta minutos después apareció Rebeca.
No llevaba la ropa sencilla que usaba con él.
Vestía un traje de diseñador, tacones de lujo y un bolso que él nunca le había visto.
Entró en un edificio antiguo.
Alejandro la siguió.
La puerta del departamento quedó mal cerrada.
Desde el pasillo comenzaron a escucharse voces.
—¿Ya firmó las escrituras?
Era un hombre.
Rebeca soltó una risa.
—Dentro de una semana la casa será mía.
—¿Y después?
—Lo mismo de siempre.
Silencio.
Luego otra voz femenina.
—¿También lo vas a acusar de violencia?
Rebeca sirvió una copa de vino antes de responder.
—Todavía no.
Primero necesito que aparezcan las transferencias grandes.
Después fingiré que empezó a controlarme.
La policía siempre escucha primero a la mujer.
Los tres rieron.
Alejandro sintió un escalofrío.
Sacó discretamente el teléfono.
Comenzó a grabar.
El hombre volvió a hablar.
—¿Este es el séptimo?
—Sí.
Respondió Rebeca sin el menor remordimiento.
—El más rico hasta ahora.
La mujer preguntó:
—¿Y los otros?
Rebeca levantó la copa.
—Uno terminó vendiendo su empresa para pagar abogados.
Otro sigue creyendo que volveré.
Y el de Monterrey todavía me manda dinero porque piensa que tenemos un hijo.
Las carcajadas llenaron el departamento.
Alejandro cerró lentamente los ojos.
Cada palabra era peor que la anterior.
Entonces escuchó algo que hizo que el corazón dejara de latirle por un instante.
—¿Y el gato?
Preguntó el hombre.
Rebeca hizo un gesto de fastidio.
—Ese animal casi arruina todo.
Si Alejandro llega a elegir al gato antes que a mí, habría tenido que acelerar el plan.
La mujer sonrió.
—¿Como con el arquitecto?
Rebeca asintió con absoluta tranquilidad.
—Exactamente.
Cuando un hombre empieza a desconfiar, solo hay que provocar una denuncia.
Pierde el trabajo, la reputación y después firma cualquier acuerdo con tal de acabar el problema.
Alejandro dejó de grabar.
Tenía suficiente.
Retrocedió en silencio.
Volvió al coche.
Andrés lo esperaba.
—¿Qué pasó?
Alejandro le entregó el teléfono.
—Escúchalo.
Andrés reprodujo la grabación.
Su rostro fue endureciéndose segundo a segundo.
Cuando terminó, permaneció en silencio.
—Tenemos que ir a la policía.
Alejandro negó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si solo presentamos un audio, dirá que está editado.
Necesito que crea que ganó.
Andrés comprendió inmediatamente.
—¿Vas a seguir con la firma?
Alejandro sonrió por primera vez desde que vio la fotografía de Monterrey.
—Sí.
Pero no firmaré lo que ella espera.
Tres días después, Rebeca llegó al despacho notarial radiante.
Lo besó delante de todos.
—Sabía que confiarías en mí.
Alejandro le devolvió la sonrisa.
Sobre la mesa había una carpeta gruesa.
Rebeca la abrió con ansiedad.
Buscó directamente la página donde esperaba encontrar la transferencia de la propiedad.
—¿Dónde está la escritura?
El notario levantó la vista.
—¿Qué escritura?
Rebeca frunció el ceño.
—La casa.
Alejandro acomodó tranquilamente su saco.
—Nunca estuvo a mi nombre.
Ella dejó de sonreír.
—¿Qué?
—La propiedad pertenece desde hace cinco años a un fideicomiso irrevocable.
No puedo venderla.
No puedo donarla.
Y tampoco puedo incluirla en un patrimonio conyugal.
El color desapareció del rostro de Rebeca.
—Eso no puede ser.
El notario deslizó el documento hacia ella.
—Puede leerlo.
Todo es completamente legal.
Las manos de Rebeca comenzaron a temblar.
Todo su plan acababa de derrumbarse.
Pero justo cuando intentó levantarse para marcharse, la puerta del despacho volvió a abrirse.
Entraron cuatro personas.
Dos agentes de la fiscalía.
Un inspector de delitos patrimoniales.
Y un hombre de unos cincuenta años que apenas vio a Rebeca comenzó a llorar.
Alejandro lo reconoció inmediatamente.
Era el empresario petrolero de la fotografía tomada en Monterrey.
El inspector caminó directamente hacia Rebeca.
—Señora…
Sacó unas esposas.
—Creíamos que usted había arruinado a seis hombres.

Hizo una breve pausa mientras mostraba una carpeta llena de denuncias.
—Pero esta mañana apareció la víctima número uno.
Y acaba de entregarnos pruebas de que, en realidad…
Su organización lleva más de quince años operando y podría haber destruido la vida de al menos veintisiete personas.