Alejandro arrancó el teléfono de las manos de Sofía.
Lo estrelló contra el piso con tanta fuerza que la pantalla explotó en decenas de fragmentos.
El silencio duró apenas un segundo.
Porque del pequeño altavoz aún salió una última frase.
—Valeria… ya salimos.
Después la llamada murió.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que comenzó todo, había miedo en sus ojos.
No por la policía.
No por una ambulancia.
Por Ernesto Salcedo.
Su suegro.
El hombre al que llevaba meses intentando sacar de la empresa aprovechando su reciente retiro.
Rebeca siempre repetía lo mismo.
—Tu suegro ya está viejo.
—Solo necesita un pequeño empujón para dejar el consejo.
Valeria sonrió a pesar de la sangre que seguía cayendo por la comisura de sus labios.
—Llegas tarde.
Alejandro le dio una bofetada.
—¡Cállate!
Pero la fuerza ya no era la misma.
Ahora golpeaba con desesperación.
No con seguridad.
Cinco minutos después sonó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
Luego comenzaron los golpes contra la puerta principal.
—¡Valeria!
La voz de Ernesto atravesó toda la casa.
Sofía empezó a llorar.
Alejandro caminó rápidamente hacia la entrada.
—Nadie abra.
Rebeca apareció desde el estudio.
Había permanecido allí todo el tiempo.
Perfectamente peinada.
Impecable.
Como si hubiera estado esperando el momento adecuado para intervenir.
—Tranquilo —susurró.
—Recuerda el plan.
Miró a Valeria con desprecio.
—Ella tuvo una crisis.
—Se cayó.
—Nosotros intentamos ayudarla.
Alejandro respiró varias veces intentando convencerse.
Los golpes aumentaron.
Después se escuchó otra voz.
—¡Fiscalía de la Ciudad de México! ¡Abran la puerta inmediatamente!
Rebeca perdió el color.
—¿Fiscalía?
Ernesto jamás hacía llamadas inútiles.
Durante treinta años había sido magistrado.
Conocía personalmente a jueces, fiscales y mandos policiales.
No necesitaba denunciar primero para que lo escucharan.
Bastaba una llamada.
Alejandro corrió hacia la cocina.
Agarró los documentos que querían obligar a firmar a Valeria.
Intentó romperlos.
Ella soltó una risa débil.
—Esos son copias.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Los originales… están donde nunca podrás encontrarlos.
Rebeca dio un paso adelante.
—¿Qué hiciste?
Valeria respiró con dificultad.
—Hace dos semanas entregué toda la información a mi padre.
—Las transferencias falsas.
—Las empresas fantasma.
—Las firmas alteradas.
—Todo.
El rostro de Alejandro comenzó a desmoronarse.
—Estás mintiendo.
Valeria negó lentamente.
—Por eso querían encerrarme tan rápido.
—Porque sabían que ya había descubierto el dinero que desaparecía del Grupo Salcedo.
Un estruendo sacudió la puerta principal.
La cerradura cedió.
Varios agentes entraron primero.
Detrás de ellos apareció Ernesto Salcedo.
Su traje estaba desordenado.
Jamás en la vida Sofía lo había visto correr.
Sus ojos encontraron inmediatamente a su hija tendida sobre el piso.
Y después vieron la sangre.
El bastón que llevaba en la mano cayó sobre los azulejos.
—Valeria…
La voz se le quebró.
Sofía salió corriendo desde el pasillo y abrazó las piernas de su abuelo.
—Abuelo…
Papá quería llevarse a mamá.
Ernesto levantó lentamente la vista.
Miró a Alejandro.
Después a Rebeca.
No gritó.
No los insultó.
Solo dijo una frase que hizo palidecer incluso al fiscal que estaba detrás de él.
—Graben absolutamente todo.
—Porque nadie volverá a decir que mi hija estaba loca.
Uno de los agentes comenzó a fotografiar la cocina.
Otro recogió los documentos.
El tercero encontró el expediente psiquiátrico preparado con anticipación.
El fiscal abrió la carpeta.
Leyó apenas dos páginas.
Después observó a Rebeca con una expresión helada.
—Curioso.
Ella intentó mantener la calma.
—¿Qué ocurre?
El fiscal levantó lentamente una hoja.
—El dictamen médico…
…está fechado para dentro de tres días.
El silencio cayó sobre la casa.

Porque todos entendieron exactamente lo mismo.
La supuesta enfermedad de Valeria había sido diagnosticada…
…antes de que siquiera existiera.