El salón entero quedó en silencio.
Mi padre levantó lentamente la vista.
—¿Celos? —repitió con una calma que siempre aparecía justo antes de que alguien lamentara haber hablado.
Adrian respiró hondo.
—Tío, Olivia siempre ha sido muy sensible con Mia. Yo solo intento ayudar a una muchacha que está sola en el mundo.
Mi padre no respondió.
Miró primero la mano de Adrian.
Seguía apoyada sobre el hombro de Mia.
Luego miró mi silla.
La tarjeta con mi nombre seguía apoyada contra el respaldo, pero ya nadie parecía recordar que ese lugar había sido preparado para mí.
Mi madre abrió el sobre rojo que había dejado junto a su plato.
Lo sostuvo unos segundos entre las manos.
Después volvió a cerrarlo.
Comprendí exactamente lo que estaba pensando.
Aquel regalo ya no tenía destinatario.
Mi padre se dirigió a Mia.
—Señorita Hayes.
Ella levantó la cabeza.
—Sí… señor.
—¿Quién la invitó exactamente?
Mia miró de inmediato a Adrian.
—Mi senior.
—¿Mi hija sabía que usted vendría?
El silencio respondió por ella.
Mi padre asintió despacio.
Luego hizo otra pregunta.
—¿Y sabía usted que hoy íbamos a presentar oficialmente a Adrian ante toda nuestra familia?
La joven palideció.
—Yo… yo no…
Adrian intervino enseguida.
—No era importante contarle todos los detalles.
Mi padre sonrió por primera vez.
Pero aquella sonrisa no tenía calidez.
—Para usted, quizá no.
Para mí sí.
Se volvió hacia el jefe de protocolo del restaurante.
—Retire un lugar de la mesa principal.
Adrian respiró aliviado.
Creyó que finalmente moverían a mi tía para acomodar a Mia.
Pero mi padre señaló directamente a Adrian.
—El del señor Shaw.
El salón entero quedó inmóvil.
Adrian tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Perdón?
—La mesa principal está reservada para la familia.
Y hoy usted acaba de demostrar que todavía no entiende lo que esa palabra significa.
El rostro de Adrian perdió el color.
—Tío, creo que está exagerando.
—Todavía no soy su tío.
La respuesta cayó como una losa.
Mi madre dejó el sobre rojo sobre la mesa.
Lo empujó lentamente hacia mí.
—Olivia.
Guardé el sobre dentro de mi bolso sin abrirlo.
Adrian observó el movimiento.
—¿Qué era eso?
Mi padre respondió antes que yo.
—La inversión para tu empresa.
Los ojos de Adrian se iluminaron durante un segundo.
—¿Inversión?
—Iba a entregártela esta noche.
“Iba.”
Esa única palabra bastó.
Mi padre continuó con absoluta tranquilidad.
—Durante meses revisé tu proyecto.
Nuestros abogados prepararon un acuerdo.
Nuestro departamento financiero aprobó una línea de inversión.
Todo porque eras el hombre que mi hija había elegido.
Adrian tragó saliva.
—Entonces… todavía podemos hablarlo.
Mi padre negó lentamente.
—No.
Porque el hombre en quien iba a invertir jamás habría humillado públicamente a mi hija para proteger a otra mujer.
El salón permanecía completamente callado.
Nadie tocaba la comida.
Nadie levantaba la copa.
Solo se escuchaba la respiración nerviosa de Mia.
Ella rompió a llorar.
—Lo siento…
No quería causar tantos problemas.
Intentó levantarse.
Pero esta vez nadie la detuvo.
Ni siquiera Adrian.
Porque toda su atención estaba puesta en el sobre rojo que ya había desaparecido dentro de mi bolso.
Mi padre llamó al director jurídico de la empresa, que también asistía al cumpleaños.
—Luis.
El abogado se acercó inmediatamente.
—Licenciado Wen.
—Destruyan el borrador del convenio con Shaw Technologies.
No quiero que quede una sola copia.
—Entendido.
Adrian dio un paso adelante.
—¡Espere!
Mi padre lo miró por última vez.
—¿Algo más?
Él respiró profundamente.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.
—Señor Wen… todo esto es solo un malentendido por un asiento.
Yo sonreí.
—No, Adrian.
Nunca fue por un asiento.
Fue por la facilidad con la que decidiste que otra mujer merecía ocupar el lugar que me correspondía.
Y eso, delante de mi familia…
…fue suficiente para que todos entendieran exactamente el tipo de hombre con el que estaba a punto de comprometerme.
Tomé el sobre rojo, saqué el anillo de compromiso de mi bolso y lo coloqué encima.

—Mamá.
¿Podrías devolver esto a la joyería mañana?
Luego miré directamente a Adrian.
—Ya no voy a necesitarlo.