A las seis de la mañana, el teléfono volvió a sonar.
—Señor —dijo el mayor Reyes—. El equipo está reunido.
Miré a Lily a través del cristal de la unidad de cuidados intensivos.
Seguía dormida.
Las máquinas marcaban un ritmo constante que era el único sonido capaz de mantenerme en calma.
—Escúchame bien —respondí—. No quiero una operación militar.
Quiero pruebas.
Pruebas legales.
Nada más.
Hubo un breve silencio.
—Entendido.
En menos de dos horas, el antiguo equipo Spectre comenzó a trabajar desde distintos puntos del país.
Nadie forzó cerraduras.
Nadie irrumpió en oficinas.
Todo se limitó a revisar información pública, registros judiciales, movimientos empresariales y copias de seguridad conservadas conforme a la ley.
El capitán Brooks fue el primero en llamar.
—La universidad afirmó que las cámaras del edificio de Ciencias dejaron de funcionar a las once treinta y cinco.
—Eso dijeron.
—No es cierto.
Las cámaras no fallaron.
Fueron desactivadas manualmente durante exactamente treinta y dos minutos.
—¿Quién tenía autorización?
—Solo cuatro personas.
El jefe de seguridad.
El director de informática.
Y dos administradores.
Anoté cada nombre.
Minutos después llamó el teniente Chen.
—Encontré algo extraño.
El sistema del campus registra automáticamente cada acceso a las puertas electrónicas.
Los teléfonos de emergencia dejaron de funcionar…
…pero los registros muestran que tres estudiantes abandonaron el edificio exactamente cuatro minutos después de la agresión.
—¿Cole, Hale y Whitmore?
—Los tres.
Respiré hondo.
Era el primer dato objetivo que contradecía la versión oficial.
A media mañana llegó la detective Sarah Mitchell, de la policía de la ciudad.
No pertenecía a la policía universitaria.
Traía una carpeta bajo el brazo.
—Coronel Walker.
He revisado el expediente.
No me gusta cómo se manejó.
Le mostré la nota con los tres nombres que Lily había escondido entre su ropa.
La observó con atención.
—Esto cambia muchas cosas.
Sacó otra fotografía.
—Uno de los jardineros encontró esto cerca del edificio.
Era un colgante roto.
Llevaba grabadas las iniciales E.C.
La detective levantó la vista.
—Según el anuario universitario, Ethan Cole llevaba exactamente ese collar en casi todas las fotografías.
Por primera vez desde que comenzó la pesadilla sentí que la verdad empezaba a abrirse camino.
Aquella misma tarde solicitaron una orden judicial para conservar todos los registros electrónicos del campus.
La universidad intentó oponerse.
Pero el juez aceptó.
Horas después apareció una nueva prueba.
Un estudiante de ingeniería entregó voluntariamente una copia de seguridad de un servidor donde se almacenaban automáticamente imágenes antes de que el sistema principal las eliminara.
No era un video perfecto.
Solo unos segundos.
Tres siluetas.
Una discusión.
Después, varias personas huyendo.
La detective amplió uno de los fotogramas.
El rostro no podía verse con claridad.
Pero la chaqueta llevaba el escudo exclusivo del equipo de remo.
Solo tres alumnos de primer año utilizaban esa versión.
Los mismos tres nombres.
Mientras tanto, en el hospital, Lily abrió los ojos por primera vez.
No podía hablar.
Con enorme esfuerzo pidió una libreta.
Escribió despacio.
“No fue una pelea.”
Sentí un nudo en la garganta.
Esperé.
Continuó escribiendo.
“Intenté impedir que lastimaran a otra estudiante.”
La detective tomó aire lentamente.
Aquello cambiaba completamente el enfoque del caso.
—¿Conoces a la otra chica? —preguntó con suavidad.
Lily asintió.
Escribió un nombre.
Emma Foster.
La detective abrió mucho los ojos.
—Emma abandonó el campus esa misma noche.
Nadie ha logrado localizarla desde entonces.

Antes de que pudiéramos seguir preguntando, sonó el teléfono de la detective.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Está seguro?
Colgó lentamente.
Me miró con absoluta seriedad.
—Acaban de encontrar a Emma.
Está viva.
Y ha pedido declarar.
Dice que vio exactamente quién atacó a su hija…
…y que alguien de la administración universitaria le ofreció dinero para guardar silencio antes de que pudiera hablar con la policía.