PARTE 2: LA ÚLTIMA CENA

Nadie en la mesa imaginaba que el mensaje ya había sido entregado.

Yo seguía cortando un pequeño trozo de carne con absoluta tranquilidad mientras Sienna intentaba ocultar el temblor de su mano sana.

Garrick levantó su copa.

—Brindemos.

Todos obedecieron.

—Por mi ascenso de mañana.

Las copas chocaron.

Solo Sienna y yo dejamos las nuestras sobre la mesa.

Miriam soltó un suspiro exagerado.

—Qué poca educación.

La miré con serenidad.

—Prefiero brindar cuando hay algo digno de celebrar.

Garrick sonrió con suficiencia.

—Mañana dirigiré una empresa valorada en miles de millones. Creo que eso merece una celebración.

No respondí.

Observé discretamente el cabestrillo de mi hija.

Estaba mal colocado.

Demasiado apretado.

—¿Quién la llevó al hospital?

Sienna abrió la boca.

Pero Garrick respondió primero.

—Yo.

—¿Qué hospital?

Hubo un segundo de silencio.

—El Saint Matthew.

Asentí despacio.

—Conozco al director de traumatología.

Vi cómo una sombra cruzaba el rostro de mi yerno.

—¿Sí?

—Sí.

Me limpié la comisura de los labios con la servilleta.

—Curiosamente, habló conmigo hace una hora.

Sienna levantó la cabeza por primera vez.

Garrick permaneció inmóvil.

—¿Y qué le dijo?

—Que nunca atendieron a mi hija.

La sonrisa desapareció.

Miriam intervino rápidamente.

—Se confundió de hospital.

Negué lentamente.

—No.

Saqué una hoja doblada de mi bolso.

Era el reporte del seguro médico.

—No existe ningún registro de atención médica en las últimas cuarenta y ocho horas.

El silencio comenzó a volverse incómodo.

Sienna respiraba cada vez más rápido.

—Entonces…

Miré directamente a Garrick.

—¿Quién acomodó ese brazo?

No contestó.

Fue su hermano quien habló.

—No era para tanto.

Todos giramos hacia él.

Se dio cuenta demasiado tarde de que había hablado.

—Solo estaba inflamado.

Garrick lo fulminó con la mirada.

—Cállate.

Pero ya era tarde.

Volví a mirar a Sienna.

—¿Quién te inmovilizó?

Ella empezó a llorar.

—Él…

Señaló a Garrick.

—Buscó un video en internet.

Mi corazón dio un vuelco.

—No quería gastar dinero en un hospital porque mañana tenía la reunión del consejo.

Garrick golpeó la mesa.

—¡Ya basta!

Se puso de pie.

—No voy a permitir este interrogatorio en mi casa.

En ese mismo instante sonó el timbre.

Una vez.

Dos.

Tres veces seguidas.

Garrick sonrió con desprecio.

—Seguro es algún vecino.

Abrió la puerta.

Y se quedó completamente inmóvil.

Frente a la entrada había nueve personas.

Cinco miembros del consejo de administración de Ashford Industries.

El presidente del comité de auditoría.

El director jurídico.

Raymond Fletcher, presidente del consejo.

Y junto a ellos, con uniforme oficial, el comisionado de policía.

Nadie habló durante varios segundos.

Raymond fue el primero.

—Buenas noches, Garrick.

Él intentó sonreír.

—Señor Fletcher… ¿qué hacen aquí?

Raymond no respondió.

Miró por encima de su hombro.

Sus ojos encontraron los míos.

—Buenas noches, señora Whitmore.

Asentí.

—Gracias por venir.

Garrick giró lentamente hacia mí.

Por primera vez desde que lo conocía parecía realmente confundido.

—¿Ustedes… se conocen?

Raymond frunció ligeramente el ceño.

—¿No te lo dijo Sienna?

El silencio respondió por él.

Entonces Raymond dio un paso al frente.

—Hace veintidós años, cuando Ashford Industries estaba a seis días de declararse en quiebra, el fideicomiso Whitmore aportó el capital que salvó la compañía.

Miriam comenzó a perder el color.

Raymond continuó.

—Desde entonces, ese fideicomiso conserva el treinta y ocho por ciento de las acciones con derecho a voto.

Todos miraban hacia mí.

Yo seguía sentada junto a mi hija.

—Y la única administradora del fideicomiso…

Hizo una breve pausa.

—Es la señora Eleanor Whitmore.

Garrick abrió lentamente la boca.

—¿Qué…?

Lo interrumpí con absoluta calma.

—La madre de Sienna.

El comisionado dio un paso adelante.

—Además, hemos recibido una denuncia por presunta violencia doméstica.

Dos detectives entraron detrás de él.

Uno llevaba una cámara corporal encendida.

El otro una carpeta.

Garrick retrocedió un paso.

—Esto es una locura.

Raymond sacó otro sobre.

Lo colocó sobre la mesa del comedor.

—No.

Su voz fue completamente fría.

—La locura fue golpear a la hija de la mujer que mañana debía votar tu nombramiento como director de operaciones.

Garrick miró el sobre.

Lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había un único documento.

La agenda oficial del consejo para la reunión del día siguiente.

Su ascenso aparecía tachado con tinta roja.

Y, en la última línea, figuraba un nuevo punto añadido apenas veinte minutos antes:

“Votación extraordinaria para la destitución inmediata de Garrick Ashford por conducta incompatible con el cargo.”

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