Héctor no volvió a llamar a la puerta de Valeria.
No insistió.
No envió mensajes.
Durante cuarenta y dos años había aprendido que, cuando una estructura estaba a punto de colapsar, golpear más fuerte solo aceleraba el derrumbe.
Había que encontrar el punto exacto donde todo el peso descansaba.
Y luego retirarlo.
Subió a su camioneta, cerró la puerta y permaneció inmóvil durante varios minutos.
Después marcó un número que no utilizaba desde hacía casi quince años.
—¿Licenciado Arturo Salas?
Del otro lado hubo un breve silencio.
—¿Héctor Rivas? Pensé que ya estabas jubilado.
—Necesito que desaparezcas durante cuatro días de tu agenda.
—¿Qué pasó?
Héctor respiró hondo.
—Creo que quieren asesinar a mi hija.
Dos horas después, ambos estaban sentados en un despacho discreto de la colonia Del Valle.
Arturo había sido fiscal especializado en delincuencia financiera antes de convertirse en investigador privado.
Escuchó toda la historia sin interrumpir.
Cuando Héctor terminó, abrió una libreta.
—Tengo una mala noticia.
—¿Cuál?
—Lo que escuchaste en la sastrería no sirve como prueba.
Héctor bajó la cabeza.
Ya lo imaginaba.
—Pero sí sirve como punto de partida.
Arturo comenzó a escribir nombres.
Mauricio Castañeda.
Karla Castañeda.
—Si son profesionales, no será la primera vez.
Mientras tanto, en el departamento de Valeria, Mauricio servía dos copas de vino.
—No dejes que esto arruine nuestra semana.
Valeria seguía inquieta.
—Mi papá nunca había reaccionado así.
Mauricio tomó sus manos.
—Perdió a tu mamá.
Tiene miedo de quedarse solo.
Es normal que vea amenazas donde no existen.
Ella asintió lentamente.
Quería creerle.
Necesitaba creerle.
Entonces Mauricio besó su frente.
—Después de la boda todo cambiará.
Seremos solo tú y yo.
Nadie volverá a meterse entre nosotros.
Mientras sonreía, su teléfono vibró discretamente.
Era un mensaje de Karla.
“¿El viejo sospecha algo más?”
Mauricio respondió sin que Valeria lo notara.
“Todavía no. Pero hay que acelerar todo.”
A la mañana siguiente, Arturo regresó con el primer informe.
Lo dejó sobre la mesa sin decir una palabra.
Héctor abrió la carpeta.
Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido.
—¿Qué encontraste?
—Para empezar…
Ese hombre no se llama Mauricio Castañeda.
Héctor levantó la vista de golpe.
—¿Qué?
—La identidad existe.
Pero pertenece a un verdadero empresario que vive desde hace ocho años en Canadá.
Sacó otra fotografía.
El verdadero Mauricio era completamente distinto.
Otro rostro.
Otra edad.
Otra vida.
—El hombre que va a casarse con tu hija está utilizando documentos falsificados de muy alta calidad.
Héctor sintió un escalofrío.
—¿Y Karla?
Arturo deslizó una segunda hoja.
—Tampoco es su hermana.
Ni siquiera comparten apellido legal.
En realidad han utilizado al menos cuatro identidades distintas durante la última década.
El aire pareció desaparecer del despacho.
—¿Qué hacen?
Arturo tardó unos segundos en responder.
—Eso es lo preocupante.
Porque cada vez que cambian de identidad…
También cambia el nombre de una mujer desaparecida o fallecida a su alrededor.
Esa misma tarde comenzaron a revisar antiguos expedientes.
Primera víctima.
Empresaria de Guadalajara.
Muerte accidental durante un viaje en velero.
Segunda.
Viuda de Querétaro.
Caída desde un caballo en un rancho.
Tercera.
Arquitecta de Puebla.
Supuesta intoxicación por monóxido de carbono en una cabaña de montaña.
Todas tenían tres cosas en común.
Mujeres con patrimonio propio.
Comprometidas sentimentalmente.
Y pólizas millonarias contratadas pocas semanas antes de morir.
Héctor sintió que las manos le temblaban.
Valeria era exactamente el mismo perfil.
Arturo cerró lentamente el expediente.
—Esto ya no parece una estafa.
Parece una organización.
En ese momento sonó el teléfono de Héctor.
Era Julián, el sastre.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Del otro lado solo se escuchaba una respiración agitada.
—Héctor…
—¿Qué ocurre?
—Acaban de venir dos hombres preguntando por mí.
El corazón de Héctor dio un vuelco.
—¿Quiénes?
—No dijeron sus nombres.

Pero uno de ellos llevaba una fotografía tuya.
Y el otro…
Julián hizo una pausa.
Su voz comenzó a quebrarse.
—…tenía una fotografía de Valeria vestida de novia.