Claire Whitmore llegó exactamente a las nueve y media.
Siempre había sido así.
Mientras el resto del mundo medía el tiempo en minutos, ella lo hacía en resultados.
Cuando la empleada abrió la puerta, apareció una mujer de treinta y ocho años, traje color marfil, un portafolio de cuero negro y una serenidad que imponía respeto incluso antes de pronunciar una palabra.
Al verla, Olivia sintió por primera vez desde la tarde anterior que podía volver a respirar.
—Pensé que nunca volverías a llamarme —dijo Claire mientras la abrazaba.
—Yo también lo pensé.
Entraron al estudio, lejos del resto de la casa.
Claire dejó el portafolio sobre la mesa.
—Por teléfono sonabas… distinta.
Olivia soltó una sonrisa cansada.
—Descubrí que mi esposo le prometía matrimonio a su amante encima de su escritorio.
Claire no mostró sorpresa.
Solo abrió lentamente una carpeta vacía.
—Cuéntamelo desde el principio.
Durante casi una hora, Olivia no omitió un solo detalle.
La oficina.
Mia.
Las palabras de Adrian.
Las flores.
Su silencio cuando le preguntó si alguna vez la había amado.
Cuando terminó, Claire permaneció varios segundos observándola.
—¿Estás completamente segura de que quieres divorciarte?
Olivia respondió sin vacilar.
—Sí.
—¿No es una decisión tomada por impulso?
—No.
Respiró hondo.
—Ayer descubrí una infidelidad. Pero hoy entiendo algo peor.
Claire arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que el hombre con el que me casé nunca existió.
El despacho volvió a quedar en silencio.
Claire cerró la carpeta.
—Entonces empecemos.
Sacó varios documentos.
—Necesito hacerte algunas preguntas.
Olivia asintió.
—¿Las propiedades familiares están a nombre de quién?
—Depende.
—Explícame.
—La villa de Rosewood fue un regalo de bodas de mi padre.
Claire tomó nota.
—¿Figura únicamente a tu nombre?
—Sí.
—¿La empresa Lancaster?
—Solo acciones de Adrian.
—¿Tú nunca aceptaste formar parte del consejo?
—Rechacé todos los cargos.
Claire levantó la vista.
—Eso fue inteligente.
Olivia sonrió con amargura.
—En realidad fue porque quería que él brillara solo.
Claire siguió escribiendo.
—¿Cuentas bancarias compartidas?
—Una únicamente para gastos domésticos.
—¿Firmaste garantías personales para alguno de sus negocios?
—Jamás.
La abogada dejó el bolígrafo.
—Perfecto.
Olivia la miró extrañada.
—¿Perfecto?
—Mucho más de lo que imaginas.
Claire giró la carpeta hacia ella.
—Legalmente, Adrian tiene muy pocas herramientas para perjudicarte.
Antes de que Olivia pudiera responder, el teléfono vibró sobre la mesa.
ADRIAN.
Lo ignoró.
Cinco segundos después volvió a sonar.
Y luego otra vez.
Claire observó la pantalla.
—¿Siempre insiste tanto?
Olivia soltó una risa sin humor.
—Solo cuando siente que pierde el control.
La cuarta llamada fue reemplazada por un mensaje.
Necesitamos hablar. No firmes nada hasta escucharme.
Olivia bloqueó la pantalla.
—Llegó demasiado tarde.
Claire asintió.
—Los hombres como Adrian rara vez temen perder a una mujer.
Hizo una breve pausa.
—Temen perder lo que esa mujer representa.
En ese instante, Martha llamó suavemente a la puerta.
—Señora…
—¿Sí?
—El señor Lancaster está afuera.
Olivia frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Hace casi veinte minutos.
Claire caminó hasta la ventana.
Desde el segundo piso podía verse perfectamente la entrada principal.
Adrian permanecía junto a su automóvil negro.
No llevaba flores.
Solo el teléfono en una mano y una expresión cada vez más desesperada.
—No parece dispuesto a irse —comentó Claire.
Olivia respiró profundamente.
—Entonces terminaré esto de una vez.
Bajó las escaleras.
Abrió la puerta.
Adrian levantó inmediatamente la cabeza.
—Gracias a Dios.
Intentó acercarse.
Ella levantó una mano.
—Quédate ahí.
Él obedeció.
Era la primera vez en tres años que aceptaba una orden suya sin discutir.
—Olivia…
—Tienes cinco minutos.
Adrian pasó una mano por su cabello.
Parecía no haber dormido.
—Lo de ayer fue un error.
Ella permaneció inmóvil.
—Nunca pensé en divorciarme realmente.
—Qué alivio.
Él dio un paso esperanzado.
Olivia terminó la frase.
—Solo se lo prometías a otra mujer para mantenerla ilusionada.
Adrian volvió a quedarse sin palabras.
—No fue así.
—Entonces explícamelo.
—Mia… empezó a depender emocionalmente de mí.
Olivia lo miró incrédula.
—¿Y tu solución fue abrazarla sobre tu escritorio mientras prometías convertirla en tu esposa?
Él apretó la mandíbula.
—Perdí el control.
—No.
Ella negó lentamente.
—Perdiste el miedo a que yo lo descubriera.
Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza que un grito.
—Olivia, puedo despedirla hoy mismo.
—Haz lo que quieras.
—Cambiaré de oficina.
—Haz lo que quieras.
—Cancelaré todos los viajes.
—Haz lo que quieras.
Adrian comenzó a desesperarse.
—¡Entonces dime qué necesitas para perdonarme!
Olivia lo observó durante unos segundos.
Después respondió con una tranquilidad absoluta.
—Una máquina del tiempo.
El silencio cayó entre ambos.
—Porque el único hombre al que habría perdonado murió ayer por la tarde, en el momento en que dijo que había soportado tres años de matrimonio conmigo.
Adrian sintió un vacío en el estómago.
Nunca había visto aquella expresión en el rostro de Olivia.
No había lágrimas.
No había rabia.
Solo indiferencia.
Y eso lo aterrorizó mucho más.
En ese momento, una camioneta negra entró lentamente por el portón automático de la villa.
Adrian frunció el ceño.
—¿Quién es?
El vehículo se detuvo.
Un hombre de unos sesenta años descendió primero.
Después bajaron otros dos ejecutivos con varias carpetas.
Finalmente apareció un cuarto hombre llevando un maletín metálico.
Los cuatro caminaron directamente hacia Olivia.
—Señorita Sterling.
El mayor inclinó ligeramente la cabeza.
—El presidente nos pidió entregarle personalmente toda la documentación.
Adrian los reconoció al instante.
Eran miembros del consejo directivo de Sterling Global Holdings.
La empresa fundada por el padre de Olivia.
Nunca iban personalmente a una residencia salvo cuando se trataba de decisiones extraordinarias.
El anciano abrió el maletín.
Sacó un sobre sellado.
—Su padre convocó una reunión extraordinaria esta mañana.
Olivia pareció confundida.
—¿Por qué?
El hombre sonrió con respeto.
—Porque anoche recibió cierta información que cambió todos sus planes.
Le entregó el sobre.
—A partir de hoy, por decisión unánime del consejo, usted ha sido nombrada presidenta ejecutiva del grupo Sterling.
Adrian sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Durante años había intentado ganarse la confianza del poderoso Richard Sterling.
Había esperado que algún día su suegro lo invitara a formar parte del consejo.

Nunca ocurrió.
Y ahora comprendía por qué.
Porque mientras él soñaba con convertirse en el heredero del imperio Sterling…
El verdadero imperio acababa de quedar completamente en manos de la mujer a la que acababa de traicionar.