PARTE 2: EL CÓDIGO ORIGINAL

Natalia permaneció inmóvil dentro del automóvil.

La llamada ya había terminado.

Pero las últimas palabras de Evan seguían resonando en su cabeza.

“Los servidores que necesito.”

No dijo “que papá necesita”.

Dijo “que necesito”.

Como si todo hubiera sido planeado mucho antes del divorcio.

El teléfono vibró nuevamente.

Esta vez llegó un mensaje cifrado.

Solo contenía una dirección.

Caja de seguridad 1187. Banco Continental.

Y una frase.

“Ve sola. Hoy mismo.”

Natalia arrancó el automóvil sin regresar a casa.

Durante todo el trayecto recordó la última conversación que había tenido con Evan antes del divorcio.

“Mamá, ¿todavía conservas el cuaderno azul de cuando fundaste la empresa?”

Ella respondió que sí.

Él solo asintió.

En aquel momento creyó que era un simple recuerdo.

Ahora comprendía que no.

Al llegar al banco mostró la tarjeta negra.

La recepcionista cambió inmediatamente de expresión.

—Un momento, señora Shaw.

—Ya no soy Shaw.

La mujer corrigió enseguida.

—Perdón… señora Natalia.

Cinco minutos después apareció el gerente de la sucursal.

No pidió identificación.

No pidió firmas.

Solo hizo una pregunta.

—¿Trajo la tarjeta Astral Heritage?

Natalia la entregó.

El hombre la introdujo en un lector especial.

La pantalla emitió una luz azul.

—Verificación correcta.

La condujo hasta una sala privada.

En el sótano había una enorme bóveda metálica.

El gerente abrió una pequeña caja numerada.

—Puede disponer de todo su contenido.

Cuando quedó sola, Natalia levantó lentamente la tapa.

Dentro no había dinero.

Había un disco duro negro.

Una memoria cifrada.

Y un cuaderno azul muy desgastado.

El mismo cuaderno donde, veinte años atrás, ella y Gabriel habían escrito el primer plan de negocios de la empresa.

Lo abrió.

Entre las primeras páginas encontró una fotografía.

Ella.

Gabriel.

Y un pequeño Evan de apenas tres años sentado sobre una mesa llena de planos.

Debajo de la fotografía había una nota escrita con letra reciente.

“Mamá, si encontraste esto, significa que el primer paso salió bien.”

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

Continuó leyendo.

“Papá nunca entendió quién construyó realmente la empresa.”

“Siempre creyó que el valor estaba en las oficinas, las acciones y los contratos.”

“Pero el verdadero corazón del grupo siempre fue el algoritmo de logística que tú diseñaste hace veinte años.”

Natalia dejó escapar el aire lentamente.

Solo tres personas conocían aquel proyecto.

Ella.

Gabriel.

Y Evan.

El algoritmo permitía optimizar rutas internacionales de transporte con una precisión que ninguna otra empresa había logrado.

Gracias a él habían construido un imperio.

Pero nunca lo registraron con el nombre comercial del grupo.

Legalmente seguía siendo propiedad intelectual exclusiva de Natalia.

El teléfono volvió a vibrar.

Era otro mensaje de Evan.

“Papá cree que compró la empresa.”

“En realidad solo compró la carcasa.”

Natalia sintió un escalofrío.

Abrió el disco duro.

Había cientos de carpetas.

Patentes.

Código fuente.

Contratos internacionales.

Licencias tecnológicas.

Todo llevaba únicamente un nombre como titular.

Natalia Lin.

No Gabriel Shaw.

No Shaw Global.

Ella.

El gerente llamó suavemente a la puerta.

—Disculpe, señora.

—¿Sí?

—Hay alguien que insiste en verla.

Natalia cerró inmediatamente la caja.

—¿Quién?

—Dice ser el abogado personal del señor Gabriel Shaw.

Ella sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Habían tardado menos de dos horas en descubrir que la tarjeta había sido utilizada.

Eso significaba que Gabriel ya estaba buscando desesperadamente aquello que creía perdido.

Natalia guardó el disco duro dentro del bolso.

Después tomó el cuaderno azul.

En la última página encontró una frase escrita por Evan apenas unos días antes.

“Si papá llega antes que yo, no le entregues absolutamente nada.”

“Porque el hombre que viene a negociar contigo… ya no es mi padre.”

En ese mismo instante sonó el teléfono del gerente.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió de inmediato.

Colgó lentamente.

Miró a Natalia.

—Señora… ya no es solo el abogado.

Le mostró la pantalla de una cámara de seguridad.

En la entrada principal del banco acababan de detenerse seis camionetas negras.

Gabriel Shaw había llegado acompañado por agentes judiciales… y llevaba en la mano una orden para incautar todo el contenido de la caja de seguridad antes de que Natalia pudiera salir del edificio.

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