A la mañana siguiente, Gabriel seguía dormido cuando cerré mi última maleta.
No llevaba demasiadas cosas.
Ropa.
Documentos.
Mi portátil.
Siete años de matrimonio cabían sorprendentemente bien en dos maletas cuando una dejaba atrás todo aquello que ya no quería conservar.
Sobre la mesa puse un sobre.
Dentro estaba la solicitud de divorcio.
Y encima, el collar de la estrella.
G&E.
No dejé ninguna carta.
Gabriel llevaba 183 días preguntándose por qué yo dormía en el estudio, mientras yo llevaba el mismo tiempo aprendiendo a vivir sin necesitar una explicación suya.
Salí antes de las seis.
A las siete y doce empezó a llamarme.
No contesté.
A las siete y diecinueve llegó el primer mensaje.
¿Dónde estás?
Después:
Clara, ¿qué significa esto?
Y finalmente:
¿Dónde encontraste el collar?
Me quedé mirando aquella última pregunta.
Ni siquiera preguntó qué collar.
Sabía perfectamente cuál.
Bloqueé la pantalla.
Mi nueva oficina estaba en otra ciudad.
Otro edificio.
Otro comienzo.
A las diez de la mañana, Gabriel apareció en la recepción de mi empresa.
Había conducido casi tres horas.
Seguía usando el uniforme.
Sus ojos estaban rojos.
—Necesito verla.
Mi secretaria me llamó.
—¿Quieres que lo haga pasar?
Miré por la ventana.
—Cinco minutos.
Gabriel entró sosteniendo el collar.
—No es lo que piensas.
Casi me hizo sonreír.
—No te he dicho lo que pienso.
Se quedó inmóvil.
—Elena me lo dio.
—Lo sé.
—Nunca tuvimos una relación.
—Nunca dije que la tuvieran.
Eso pareció desesperarlo todavía más.
—Entonces ¿por qué quieres divorciarte?
Lo miré.
—Porque durante tres meses hablaste con otra mujer a escondidas.
Su rostro perdió color.
—Porque borraste conversaciones.
Silencio.
—Porque mentiste sobre las flores.
Otro silencio.
—Porque una madrugada te escuché decirle que yo había empezado a sospechar.
Gabriel bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez comprendió que mi silencio nunca había sido ignorancia.
—Clara…
—Y porque cuando te pedí durante años que hicieras espacio para nuestro matrimonio, siempre había una reunión, un ejercicio o una emergencia.
Respiré.
—Pero para ella sí encontraste tiempo.
Gabriel se sentó.
—Me gustaba sentir que alguien me necesitaba.
Aquella confesión fue mucho más triste que cualquier excusa.
—Yo también te necesitaba.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sé.
—No. Lo sabes ahora.
Entonces puse los documentos frente a él.
—Firma cuando estés preparado.
Tres días después ocurrió algo inesperado.
Elena Liu pidió verme.
Acepté únicamente porque quería cerrar aquella historia.
Llegó vestida de civil.
Parecía nerviosa.
—Gabriel me dijo que encontraste el collar.
—Sí.
—Las letras no significan Gabriel y Elena.
La miré.
Sacó una fotografía.
Era el mismo collar.
Pero mucho más antiguo.
Lo llevaba una mujer joven vestida con uniforme militar.
—Era de mi hermana mayor —dijo Elena—. Grace Liu.
Señaló las iniciales.
G&E.
—Grace y Ethan.
—¿Quién es Ethan?
Elena tardó unos segundos en responder.
—El hermano mayor de Gabriel.
Sentí que algo cambiaba.
Ethan Zhou había muerto años antes de que yo conociera a Gabriel.
Según él, había sido un accidente durante una misión de entrenamiento.
—¿Por qué Gabriel tenía el collar?
—Porque Grace desapareció poco después de la muerte de Ethan.
Elena explicó que había solicitado entrar en la unidad de Gabriel por una razón.
No por amor.
Buscaba respuestas sobre su hermana.
—¿Y los mensajes?
Elena bajó los ojos.
—Al principio eran sobre Ethan y Grace. Después cruzamos límites emocionales que no debimos cruzar. No voy a fingir que estuvo bien.
Agradecí que no intentara convertirlo en inocente.
—¿Y el uniforme que le llevaste?
—Pertenecía a Ethan. Lo encontramos almacenado entre material antiguo.
Entonces comprendí algo.
Gabriel no solo me había ocultado a Elena.
Me había ocultado una investigación.
—¿Por qué?
Elena abrió su bolso.
—Porque alguien llevaba años vigilando cualquier intento de revisar lo ocurrido con Ethan.
Sacó una carpeta.
Había registros.
Fotografías.
Informes con fechas contradictorias.
Y una hoja que hizo que mi respiración se detuviera.
Ethan Zhou no figuraba oficialmente como fallecido durante aquel entrenamiento.
Figuraba como trasladado.
Tres días después.
—Gabriel descubrió esto hace seis meses —dijo Elena.
Exactamente cuando nuestro matrimonio comenzó a romperse.
—¿Está vivo?
—No lo sabemos.
Me levanté.
—Entonces todo este tiempo Gabriel…
—Te mintió —me interrumpió Elena—. Y no voy a justificarlo.
Guardó silencio.
—Pero hay una razón por la que no quería contarte nada.
Sacó la última fotografía.
Era reciente.
Gabriel aparecía entrando en nuestro antiguo edificio.
Detrás de él estaba yo.
Alguien nos había fotografiado desde un vehículo.
En el reverso había una anotación:
CLARA ZHOU — EMPRESA CIVIL — POSIBLE PUNTO DE PRESIÓN.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién escribió esto?
—No lo sabemos.
Mi teléfono sonó.
Gabriel.
Estuve a punto de rechazar la llamada.
Entonces llegó un mensaje.
No vuelvas al departamento.
Otro.
Clara, por favor, esta vez hazme caso.
Y después una fotografía.
La puerta del estudio donde había dormido durante 183 noches estaba abierta.
La vieja cama plegable había sido apartada.
Debajo del suelo había un compartimento que yo jamás había visto.
Dentro descansaban varios expedientes.
Y sobre todos ellos había una fotografía de Ethan Zhou.
Tomada hacía apenas once meses.
Pero lo que me hizo acercar la pantalla no fue Ethan.
Fue la mujer que estaba a su lado.
Grace Liu.
La hermana desaparecida de Elena.
Ambos estaban vivos.

Y detrás de la fotografía alguien había escrito:
“Gabriel nunca debía descubrir que su esposa trabajaba para la empresa que nos hizo desaparecer.”