A la mañana siguiente me levanté antes que todos.
Lucía seguía dormida.
Dormía con esa rigidez que solo tienen las personas acostumbradas a despertar por miedo.
La observé unos segundos.
Pensé en todas las noches que yo había pasado trabajando bajo cuarenta grados bajo cero creyendo que ella estaba segura.
Ella había sobrevivido completamente sola.
Salí al jardín.
Mi madre ya estaba preparando café.
Cuando me vio, volvió a sonreír con esa ternura que durante años confundí con amor.
—Hijo, estuve pensando toda la noche.
Me sirvió una taza.
—Con esa compensación ya podrías invertir aquí.
Asentí.
—Precisamente de eso quería hablar.
Daniela apareció inmediatamente.
Ni siquiera se había peinado.
—¿Ya sabes cuándo depositan?
Sonreí.
—Primero debo entregar un inventario patrimonial.
Las dos guardaron silencio.
—La empresa revisará todo lo que poseo en México.
Mi madre respondió demasiado rápido.
—Pues la casa es tuya.
—¿Toda?
—Claro.
—¿También la camioneta?
—También.
—¿Y los terrenos?
Ella vaciló apenas un segundo.
—Sí… todo.
Saqué una libreta.
—Perfecto.
Empecé a escribir.
—Necesito que ambos bienes aparezcan oficialmente como míos para anexarlos al expediente.
Daniela dio un pequeño codazo a mi madre.
Las dos entendieron exactamente lo mismo.
Si los bienes aparecían a mi nombre…
La empresa liberaría los cuatrocientos mil dólares.
Mi madre sonrió.
—Eso se arregla hoy mismo.
Aquella misma tarde insistió en que fuéramos con su notario de confianza.
Yo acepté.
Pero antes de salir envié un mensaje.
Solo una línea.
“Licenciado Salazar. Ya comenzaron.”
Él respondió casi al instante.
“Todo listo.”
El notario que mi madre conocía comenzó a revisar documentos.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Otro hombre entró en la oficina.
Traje gris.
Portafolio negro.
Credencial del Colegio de Notarios.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Quién es usted?
El hombre sonrió educadamente.
—El licenciado Ernesto Salazar.
Abogado del señor Andrés Herrera.
La sonrisa desapareció del rostro de mi madre.
—¿Para qué trajo abogado?
Respondí con tranquilidad.
—Porque hace cuatro años aprendí que los documentos deben leerse completos.
El licenciado abrió una carpeta.
—Antes de cualquier transferencia patrimonial necesitamos acreditar el origen de los recursos con los que fueron adquiridos estos bienes.
Mi madre comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Mucho.
El abogado colocó varios estados de cuenta sobre la mesa.
Cada transferencia enviada desde Canadá.
Cada depósito.
Cada fecha.
Cada monto.
Más de cien mil dólares.
Después apareció otra carpeta.
Facturas.
Pagos de la camioneta.
Compra de la casa.
Reformas.
Todo coincidía exactamente con mis envíos.
Daniela empezó a perder la sonrisa.
—Eso… eso era ayuda familiar.
El abogado negó lentamente.
—No según los conceptos bancarios.
Leyó uno en voz alta.
—“Construcción de casa Andrés y Lucía.”
Otro.
—“Tratamiento médico Lucía.”
Otro más.
—“Ahorro familiar.”
El silencio se volvió incómodo.
Mi madre intentó levantarse.
—No tengo por qué escuchar esto.
—Sí tiene.
Respondió el abogado.
—Porque antes de cualquier cambio de propietario también deberá firmar una declaración bajo protesta de decir verdad.
Colocó un documento frente a ella.
Mi madre apenas lo leyó.
Solo buscó el espacio para la firma.
—¿Dónde firmo?
—Aquí.
Firmó.
Daniela hizo exactamente lo mismo.
Después el abogado guardó cuidadosamente ambas hojas.
Yo respiré despacio.
La trampa acababa de cerrarse.
Mi madre sonrió satisfecha.
—¿Ahora sí liberarán el dinero?
El licenciado Salazar cerró la carpeta.
—No.
Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Cómo que no?
El abogado habló con absoluta calma.
—Lo que acaban de firmar reconoce expresamente que todos los bienes fueron adquiridos exclusivamente con dinero enviado por el señor Andrés Herrera para fines específicos.
Mi madre dejó de respirar.
—Eso significa…
Continuó el abogado.
—…que ustedes acaban de admitir por escrito haber utilizado recursos ajenos para fines distintos a los autorizados.
Daniela palideció.
—No…
El abogado sacó una segunda carpeta.
Más gruesa.
—Además existe otra situación.
La abrió lentamente.
Dentro estaban las fotografías del estado de Lucía.
Los informes médicos.
La biopsia.
Los comprobantes de que nunca recibió el dinero destinado a su tratamiento.
Y finalmente una copia de todas las transferencias realizadas durante cuatro años.
—Esta documentación será entregada junto con una denuncia por administración fraudulenta, abuso de confianza y posible violencia económica.
Mi madre dejó caer el bolígrafo.
—Andrés…
Por primera vez en años me llamó por mi nombre sin fingir dulzura.
—Podemos hablar.
La miré exactamente igual que ella había mirado a Lucía cuando pidió dinero para ir al médico.
—Ya hablamos suficiente durante cuatro años.
Me levanté lentamente.
Después miré a Daniela.
—Mientras tú soñabas con un spa y viajes a Miami…
Volví la vista hacia mi madre.
—Mi esposa vendía su cabello para descubrir si tenía cáncer.
Las dos quedaron completamente inmóviles.
Entonces el abogado pronunció la última frase.
—Y, por cierto…
Sacó otra hoja.
—La empresa canadiense nunca ofreció una compensación de cuatrocientos mil dólares.
Todo fue una historia inventada.
Mi madre abrió mucho los ojos.

—¿Entonces…?
La miré por última vez.
—Solo quería comprobar hasta dónde llegaba su codicia.
Y ustedes mismas acaban de responderme.