Parte 2: La Cuenta Salió a la Luz

La puerta del taxi apenas se cerró cuando el teléfono de Verónica comenzó a vibrar sin descanso.

Mauricio.

Doña Eulalia.

Mauricio.

Doña Eulalia.

Una y otra vez.

Renata observó la pantalla iluminada.

—Mami… ¿por qué te llaman tanto?

Verónica miró por la ventana las luces de la ciudad que se deslizaban como sombras.

—Porque acaban de descubrir algo que no esperaban.

Mientras tanto, en la marisquería, la música seguía sonando.

Don Aurelio levantó su copa para agradecer la presencia de la familia cuando el gerente del restaurante apareció junto a la mesa principal.

Su sonrisa profesional había desaparecido.

—Disculpen la interrupción, pero tenemos un problema con el pago del evento.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Problema? Imposible. Todo está cubierto.

—Eso creíamos, señor —respondió el gerente—. Pero la transferencia principal fue cancelada hace quince minutos.

El salón quedó en silencio.

—¿Cancelada? —preguntó Mauricio.

—Sí. La persona titular de la cuenta retiró la autorización.

Doña Eulalia se puso de pie.

—Debe ser un error.

El gerente negó con la cabeza.

—No lo es. La titular habló directamente con administración.

Mauricio sintió un escalofrío.

—¿Quién es la titular?

El gerente lo miró fijamente.

—Verónica Hernández.

La copa de don Aurelio se escapó de sus dedos y estalló contra el suelo.

Durante varios segundos nadie habló.

Nadie respiró.

—Eso no puede ser —balbuceó Mauricio—. Ella no tiene dinero para algo así.

Pero entonces recordó algo.

Meses atrás, cuando el restaurante pidió el anticipo, él había enviado los documentos a casa porque estaba ocupado.

Verónica había sido quien realizó todos los trámites.

Todos.

La reserva.

Los contratos.

Los depósitos.

Los pagos.

Porque él jamás tuvo tiempo de hacerlo.

Y porque estaba convencido de que ella jamás se atrevería a cuestionarlo.

Qué equivocado estaba.

—¿Cuánto falta por pagar? —preguntó don Aurelio.

El gerente revisó una carpeta.

—Doscientos ochenta y siete mil pesos.

La cifra cayó sobre la mesa como una bomba.

Varias tías dejaron de comer.

Los primos dejaron de reír.

La banda dejó de tocar.

Y por primera vez en muchos años, Mauricio sintió auténtico miedo.

Tomó su teléfono y marcó nuevamente.

Verónica contestó al tercer tono.

—¿Ya terminó la fiesta? —preguntó ella con tranquilidad.

—¿Qué hiciste?

—Nada que no merecieran.

—¡Necesito que regreses ahora mismo!

Verónica observó a sus hijas, que por fin sonreían mientras compartían unas galletas en el taxi.

—Durante nueve años me humillaron.

Su voz sonó firme.

—Humillaron a mis hijas. Nos trataron como si no valiéramos nada.

Del otro lado se escuchó la respiración agitada de Mauricio.

—Verónica…

—¿Sabes qué fue lo más triste? Que jamás defendiste a tus propias hijas.

El silencio se volvió insoportable.

—Todo terminó, Mauricio.

—¿Qué quieres decir?

Verónica cerró los ojos.

Por fin podía decirlo.

Por fin era libre.

—Que mañana recibirás los papeles del divorcio.

Y colgó.

A cientos de metros de distancia, la familia que durante años la llamó mantenida acababa de descubrir que la mujer a la que despreciaban era la única persona que había sostenido realmente todo aquel imperio de apariencias.

Y lo peor para ellos…

Era que aquello apenas estaba comenzando.

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