Parte 2: LA CARTA QUE LO DEJÓ SIN EMPRESA

La lluvia seguía golpeando los ventanales del edificio mientras el elevador descendía lentamente.

Mariana permanecía inmóvil.

Aún sostenía el convenio de divorcio con una mano y la tarjeta que aquel desconocido le había entregado con la otra.

Armando Robles.

El mismo apellido de su madre.

El apellido que durante treinta y cinco años había sido apenas un eco dentro de su familia.

Las puertas se abrieron en el lobby.

Respiró hondo y salió sin mirar a nadie.

El guardia de seguridad evitó cruzar la mirada con ella.

Cinco minutos antes la saludaba con respeto.

Ahora fingía acomodar unos paquetes.

Mariana sonrió con amargura.

—Así de rápido cambia la gente…

Cuando llegó a la calle, el aire húmedo de Santa Fe le golpeó el rostro.

Entonces recordó algo.

Dentro de su bolso había un sobre color marfil.

Su madre se lo había entregado seis meses antes, durante una comida familiar.

—No lo abras mientras seas feliz, hija.

—¿Y si nunca dejo de serlo?

Su madre había sonreído con una tristeza imposible de entender en aquel momento.

—Entonces significará que jamás lo necesitarás.

Mariana nunca había abierto aquella carta.

Hasta ahora.

Se refugió bajo el techo de una cafetería frente al corporativo.

Las manos le temblaban mientras rompía el sello.

Dentro solo había tres hojas.

Y una pequeña llave plateada.

Comenzó a leer.

“Mariana…”

“Si estás leyendo esto, significa que alguien confundió tu bondad con debilidad.”

Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.

“Nunca quise contarte quién era realmente tu abuelo porque deseaba que fueras amada por lo que eres y no por nuestro apellido.”

Mariana sintió un nudo en la garganta.

Siguió leyendo.

“Armando Robles es mi padre.”

“Y también es el fundador del Consejo Patrimonial Robles.”

El corazón empezó a latirle con fuerza.

“Hace quince años creó un fideicomiso irrevocable.”

“Su beneficiaria eres tú.”

Mariana dejó escapar el aire lentamente.

No entendía.

¿Por qué nunca se lo dijeron?

Continuó.

“Ese fideicomiso posee el cuarenta y nueve por ciento de Grupo Logístico Robles…”

Pasó la página.

“Y el cincuenta y uno por ciento del fondo que financió la expansión de Alvarado Transportes.”

Mariana levantó la cabeza de golpe.

No.

Eso era imposible.

Volvió a leer la línea.

No había entendido mal.

El dinero que había permitido a Esteban comprar sus primeros veinte camiones no había venido de un banco.

Había salido del fondo familiar de los Robles.

Un fondo cuya propietaria final era…

Ella.

Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

En ese instante sonó su teléfono.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

La voz de Armando sonó tranquila.

—¿Ya abriste la carta?

Mariana tardó unos segundos en responder.

—¿Todo eso… es verdad?

—Cada palabra.

Ella cerró los ojos.

—Esteban nunca lo supo.

—Porque tu madre me hizo prometer que jamás usaríamos el dinero para comprar amor.

Hubo un breve silencio.

—Él debía construir su empresa solo.

—¿Entonces por qué recibió ese capital?

Armando respondió con calma.

—Porque tú lo pediste.

Mariana quedó inmóvil.

Recordó perfectamente aquella noche.

Doce años atrás.

Esteban estaba quebrado.

Los acreedores llamaban todos los días.

Ella había suplicado ayuda a su madre.

Nunca preguntó de dónde salió el dinero.

Solo creyó que era un préstamo familiar.

—No fue un préstamo —continuó Armando—. Fue una inversión.

—¿Y…?

—Con una condición.

Mariana sintió un escalofrío.

—Mientras tú formaras parte de la empresa, el fondo mantendría su participación y jamás interferiría.

Ella tragó saliva.

—¿Y ahora?

La respuesta llegó con una serenidad demoledora.

—Hoy Esteban rompió esa condición delante de nueve testigos.

Mariana dejó de respirar por un instante.

—¿Qué significa eso?

—Que mañana, a las nueve de la mañana, el Consejo ejercerá la cláusula de recompra.

Ella frunció el ceño.

—No entiendo.

—El capital deberá devolverse completo.

—¿Cuánto?

Armando guardó silencio unos segundos.

—Con intereses acumulados…

—…setecientos ochenta millones de pesos.

Mariana abrió los ojos como nunca antes.

Setecientos ochenta millones.

Era una cifra imposible.

—No puede pagarlos…

—Lo sabemos.

—Entonces…

—Entonces perderá el control de Alvarado Transportes.

La lluvia seguía cayendo sobre Santa Fe.

Mariana miró el edificio donde acababan de expulsarla.

En el piso veintidós, detrás de aquellos cristales oscuros, Esteban probablemente estaba celebrando su nueva vida junto a Paola.

Sin imaginar que el reloj acababa de empezar a correr.

Armando habló por última vez antes de colgar.

—Descansa esta noche, Mariana.

—Mañana ya no entrarás por la puerta de empleados.

Ella respiró profundamente.

—¿Entonces por dónde?

Del otro lado de la línea se escuchó una ligera sonrisa.

—Por la sala del Consejo.

—Porque mañana no irás como esposa de Esteban.

—Irás como la accionista mayoritaria que él nunca supo que tenía delante.

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