PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE ELLA CREÍA YA HABER GANADO

Sergio permaneció inmóvil al otro lado de la puerta.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Entonces escuchó de nuevo la voz de Valeria.

—Alejandro ya habló con un abogado.

Daniela guardó silencio.

—¿Para qué?

Valeria respondió con una tranquilidad que helaba la sangre.

—La casa está solo a nombre de Sergio porque la heredó de su abuelo.

—Pero después de diez años de matrimonio puedo pelear una parte si hacemos las cosas bien.

Sergio sintió cómo los dedos se cerraban alrededor del ramo.

Las flores comenzaron a doblarse.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó Daniela.

Valeria soltó una risa.

—Primero que firme el crédito.

—Cuando el dinero entre a mi empresa, todo será más fácil.

—Después diré que el matrimonio ya no funciona.

—Con la deuda encima y la casa comprometida, él aceptará cualquier acuerdo con tal de terminar rápido.

Daniela respiró hondo.

—Eso es muy fuerte, Vale.

—Él no se merece eso.

Valeria respondió sin el menor remordimiento.

—Tampoco merecía que yo desperdiciara mi vida con alguien que nunca me hizo sentir mariposas.

Sergio cerró los ojos.

Diez años.

Diez años creyendo que construir una vida juntos era suficiente.

Diez años trabajando horas extras para que ella pudiera perseguir sus sueños.

Y, al parecer, nunca había sido el hombre que ella había elegido.

Solo el más conveniente.

Entonces escuchó un nombre que jamás esperaba.

—Además…

La voz de Valeria bajó hasta convertirse en un susurro.

—Alejandro ya encontró comprador para la casa.

Sergio abrió los ojos de golpe.

—¿Qué?

Daniela sonó alarmada.

—¿Cómo que comprador?

—Si Sergio acepta vender durante el divorcio, el dinero se reparte.

—Después Alejandro y yo compraremos un departamento en Puerto Vallarta.

Hubo unos segundos de silencio.

Luego Daniela habló con firmeza.

—No puedo seguir escuchando esto.

—Ese hombre está pagando este hospital.

—Está aquí todos los días.

—Y tú ya estás haciendo planes con otro.

Valeria respondió con frialdad.

—Precisamente por eso debo actuar ahora.

—Mientras siga creyendo que lo amo.

Los pasos de Daniela comenzaron a acercarse a la puerta.

Sergio reaccionó.

Retrocedió rápidamente por el pasillo antes de que alguien pudiera verlo.

Llegó hasta las escaleras.

Apoyó la espalda contra la pared.

Respiró una vez.

Dos.

Tres.

Después miró el ramo de flores.

Lo dejó sobre un banco del pasillo.

Y sacó del portafolio la carpeta del banco.

La abrió lentamente.

Allí estaban los documentos del préstamo por dos millones doscientos mil pesos.

Solo faltaba una firma.

La suya.

Durante unos segundos observó cada hoja.

Después sonrió por primera vez desde que había llegado al hospital.

No era una sonrisa de felicidad.

Era la de un hombre que acababa de dejar de ser ingenuo.

Guardó nuevamente la carpeta.

Sacó el teléfono.

Marcó un número que no utilizaba desde hacía casi cuatro años.

—¿Licenciado Fernando Ruiz?

—Sí, habla Fernando.

—Soy Sergio Mendoza.

Hubo un breve silencio.

—Hace tiempo usted llevó la sucesión de la casa de mi abuelo.

—Así es.

Sergio miró hacia la habitación 314.

—Necesito verlo hoy mismo.

—Y quiero que prepare toda la documentación necesaria para proteger ese inmueble.

El abogado percibió algo extraño en su tono.

—¿Ha ocurrido algo?

Sergio respondió con absoluta calma.

—Todavía no.

—Pero prefiero llegar unas horas antes que el problema.

Colgó.

Antes de abandonar el hospital pasó por recepción.

La enfermera sonrió.

—¿Va a visitar a la señora Valeria?

Él negó con amabilidad.

—Dígale que tuve una reunión urgente.

—Volveré cuando le den el alta.

La enfermera asintió.

Sergio caminó hacia el estacionamiento.

Ya dentro del automóvil, abrió la guantera.

Allí estaba una pequeña caja de terciopelo azul.

La había comprado dos semanas antes.

Dentro había un anillo nuevo.

Su idea era entregárselo ese mismo día junto con la noticia del crédito y proponerle renovar sus votos por el décimo aniversario de matrimonio.

Cerró la caja lentamente.

La guardó otra vez.

Y arrancó el coche.

Mientras tanto, en la habitación 314, Valeria seguía convencida de que su esposo no había escuchado una sola palabra.

No imaginaba que el hombre al que consideraba demasiado noble para sospechar…

Acababa de salir del hospital con los papeles del préstamo intactos, un abogado esperándolo en su despacho…

Y una decisión que cambiaría para siempre el destino de aquella casa que ella ya daba por conquistada.

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