—¿Cinco días bastarán para que el hombre al que amaste en secreto durante ocho años termine arrodillándose para pedirte que vuelvas?
Ruan Xiaoyu sonrió con picardía.
Como si estuviera hablando de una escena de novela.
Como si no entendiera… que para mí, eso ya no tenía ningún valor.
Cerré la aplicación de notas.
Mi voz fue tranquila.
—No necesito que nadie se arrodille.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
La miré.
—Ni siquiera lo necesito a él.
El avión empezó a descender lentamente.
Las nubes se rompían bajo las alas.
Y con ellas…
los últimos restos de algo que, durante años, me había atado.
Cuando el avión aterrizó, el teléfono vibró.
Una notificación.
Número desconocido.
Solo dos palabras:
“¿Has vuelto?”
Lo miré unos segundos.
Sin emoción.
Sin sorpresa.
Luego bloqueé la pantalla.
No hacía falta preguntar quién era.
Había personas…
que incluso después de tres años,
seguían creyendo que tenían derecho a saber de tu vida.
La puerta del avión se abrió.
El aire de la ciudad entró de golpe.
Familiar.
Pesado.
Ruan Xiaoyu me dio un codazo suave.
—Mira eso.
Levanté la vista.
En la manga de embarque, varias personas vestidas de negro esperaban en fila.
Detrás de ellos…
un hombre con traje oscuro.
Postura recta.
Mirada firme.
En cuanto me vio…
dio un paso al frente.
—Señorita Jiang.
Su voz fue respetuosa.
—El señor Jiang nos envió a recogerla.
Ruan Xiaoyu abrió los ojos como platos.
—¿El señor Jiang…? ¿Desde cuándo tu familia hace este tipo de cosas?
No respondí.
Solo tomé mi bolso.
Y caminé hacia ellos.
Cada paso era estable.
Sin prisa.
Sin duda.
Como si aquel escenario…
fuera exactamente lo que debía ser.
El coche avanzaba por la ciudad.
Las calles eran las mismas.
Pero yo ya no lo era.
—Señorita —dijo el conductor—, el señor Jiang ha organizado una cena esta noche. La familia estará presente.
Familia.
Esa palabra…
ya no tenía el mismo peso.
—Entendido.
Giré la cabeza hacia la ventanilla.
Los edificios pasaban uno tras otro.
Y entonces…
lo vi.
El restaurante giratorio en la cima de la torre de televisión.
Exactamente igual que en mis recuerdos.
Solo que ahora…
ya no significaba nada.
Esa noche, la casa Jiang estaba iluminada como en una celebración.
Demasiado.
Para alguien que solo volvía a trasladar una tumba.
Al entrar, las voces se detuvieron.
Todas las miradas cayeron sobre mí.
Mi madre fue la primera en reaccionar.
—Tang Tang… has vuelto.
Su tono era cálido.
Pero sus ojos…
evaluaban.
Siempre evaluaban.
Asentí ligeramente.
—Sí.
Mi hermana mayor estaba sentada a su lado.
Elegante.
Perfecta.
Como siempre.
Y a su lado…
él.
Qi Lang.
Nuestros ojos se encontraron.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Su mano, que sostenía la copa, se tensó visiblemente.
Como si hubiera visto algo imposible.
Como si…
yo no debería estar allí.
Ruan Xiaoyu susurró a mi lado:
—Vaya bienvenida…
Ignoré el comentario.
Caminé hasta la mesa.
Cada paso…
medido.
Controlado.
Indiferente.
—Te ves… diferente —dijo Qi Lang finalmente.
Su voz era más baja de lo que recordaba.
Más… inestable.
Lo miré.
Sin rastro de la chica que una vez lo siguió durante ocho años.
—Tú no.
Silencio.
Cortante.
Mi hermana frunció ligeramente el ceño.
—Tang Tang, no seas descortés.
Sonreí levemente.
—¿Descortés?
Una pausa.
—Pensé que aquí todos preferían la sinceridad.
El ambiente se volvió denso.
Pesado.
Como antes de una tormenta.
Qi Lang dejó la copa sobre la mesa.
El sonido fue seco.
—¿Por qué has vuelto?
Directo.
Sin rodeos.
Como siempre.

Lo miré fijamente.
Y respondí con la misma claridad:
—No por ti.
Sus pupilas se contrajeron ligeramente.
Algo en su expresión…
se rompió.
—Entonces, ¿para qué?
Bajé la mirada un instante.
Como si organizara mis pensamientos.
Pero en realidad…
ya no había nada que organizar.
—Para cerrar algo que debí haber terminado hace mucho tiempo.
Levanté de nuevo la vista.
Esta vez…
sin ninguna emoción.
—Y para asegurarme de que no vuelva a abrirse.
El silencio cayó sobre la mesa.
Pesado.
Irrompible.
Y por primera vez…
Qi Lang no supo qué decir.
Porque finalmente entendió algo que nunca había considerado:
Que en mi historia…
él ya no era el protagonista.