PARTE 2: EL VIDEO QUE MARIANA GRABÓ ANTES DE MORIR

Ernesto sintió que las manos le temblaban antes incluso de hacer doble clic sobre el archivo.

Durante unos segundos, la pantalla permaneció completamente negra.

Después apareció la imagen.

Mariana estaba sentada sobre la cama de su habitación.

Llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza y el rostro mucho más delgado de lo que Ernesto recordaba.

Pero sonreía.

Con esa misma sonrisa tranquila que había tenido desde niña.

—Papá…

Solo escuchar su voz bastó para que Ernesto rompiera a llorar.

Se cubrió la boca para no despertar a Renata y Abril, que dormían abrazadas en el sofá de la sala.

Lucía permanecía inmóvil junto al escritorio.

Como si hubiera visto aquel video demasiadas veces para seguir llorando.

Mariana respiró con dificultad antes de continuar.

—Si estás viendo esto… significa que ya no pude contártelo en persona.

Hizo una pausa para recuperar el aire.

—Y también significa que Arturo consiguió exactamente lo que quería.

Ernesto sintió un escalofrío.

—Durante meses todos pensaron que mi enfermedad estaba empeorando.

Miró directamente a la cámara.

—Pero no era mi enfermedad.

Era mi tratamiento.

Ernesto frunció el ceño.

—Cada vez que mejoraba, mis medicamentos cambiaban sin explicación.

Al principio pensé que el hospital se equivocaba.

Después pensé que era mi memoria.

Hasta que decidí marcar cada caja con un pequeño punto azul escondido debajo de la etiqueta.

Sacó una fotografía.

La acercó lentamente a la cámara.

—Una noche encontré las cajas sin mi marca.

Las habían sustituido.

Ernesto dejó escapar un jadeo.

Mariana continuó hablando.

—Instalé una pequeña cámara dentro del cajón de mi buró.

No quería creer lo que sospechaba.

Pero necesitaba saber la verdad.

La pantalla cambió.

Comenzó una grabación nocturna.

La fecha aparecía en la esquina superior.

Dos meses antes de su muerte.

La puerta del dormitorio se abrió lentamente.

Arturo entró mirando hacia todos lados.

Llevaba guantes.

Abrió el cajón.

Sacó un frasco de medicamento.

Lo reemplazó por otro completamente idéntico.

Después salió sin hacer ruido.

El silencio dentro del despacho fue absoluto.

Ernesto sintió que le faltaba el aire.

—Dios mío…

Lucía cerró los ojos.

—Yo también lo vi hacer eso una vez.

Pero cuando se lo conté a mamá, me pidió que no dijera nada delante de él.

Ernesto la abrazó con fuerza.

—Hiciste bien en confiar en ella.

Mariana volvió a aparecer en pantalla.

Esta vez tenía lágrimas en los ojos.

—Papá…

Si estás viendo esto, no busques venganza.

Busca pruebas.

Porque Arturo nunca hace nada sin cubrir sus huellas.

La imagen terminó.

Comenzó otro archivo.

Esta vez era un audio.

Se escuchaban voces dentro de un restaurante.

Arturo hablaba con una mujer.

Ernesto reconoció inmediatamente aquella voz.

Brenda.

—¿Cuánto falta? —preguntó ella.

—Muy poco.

—¿Y las niñas?

Arturo soltó una risa.

—Primero resolveremos lo de Mariana.

Después veremos qué hacemos con ellas.

Brenda respondió sin el menor remordimiento.

—No pienso criar hijos ajenos.

Haz que tu suegro se las lleve.

O mételas al DIF.

Mientras nadie interfiera con nuestra boda.

El audio terminó.

Ernesto golpeó el escritorio con tanta fuerza que una taza cayó al suelo y se hizo pedazos.

—Malditos…

Lucía respiró profundamente.

—Eso no es todo.

Abrió la libreta desgastada.

Cada página tenía fechas.

Horas.

Nombres de medicamentos.

Fotografías pegadas con cinta adhesiva.

Y anotaciones escritas por Mariana.

“Caja original.”

“Caja cambiada.”

“Arturo dijo que era un error de farmacia.”

“Brenda volvió a llamar mientras él estaba en la cocina.”

La última página estaba escrita con una letra temblorosa.

“Si muero antes de tiempo, no fue un accidente.”

Ernesto sintió que el pecho le ardía.

Nunca había visto a su hija escribir con tanto miedo.

En ese momento recordó el sobre que aún seguía cerrado sobre la mesa.

El que Mariana había etiquetado con una sola instrucción.

“Abrir antes de que Arturo se case.”

Los cuatro permanecieron en silencio.

Lucía negó con la cabeza.

—Mamá dijo que no podíamos abrirlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque aseguró que ahí estaba la única prueba capaz de detener la boda.

Ernesto observó el sobre durante varios segundos.

Quiso romperlo de inmediato.

Pero recordó que Mariana siempre calculaba cada paso.

Si había pedido esperar, era por alguna razón.

Respiró hondo.

—Entonces esperaremos.

Lucía asintió.

—Solo faltan diez días para la boda.

En ese mismo instante, el teléfono de Ernesto comenzó a sonar.

Era un número desconocido.

Contestó.

Nadie habló durante unos segundos.

Después, una voz masculina dijo lentamente:

—Don Ernesto…

Sabemos que las niñas ya le entregaron la memoria.

Y si abre ese sobre antes de tiempo…

Ninguna de sus tres nietas llegará con vida al día de la boda.

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