Daniela mantuvo el teléfono en la mano.
No levantó la vista de inmediato.
Releyó el mensaje una segunda vez.
“No salgas sola. Mauricio y Ofelia crearon una empresa usando tus documentos. Hay transferencias de un contratista investigado por vender información militar.”
Su entrenamiento le impedía reaccionar por impulso.
Respiró una vez.
Guardó el teléfono.
Y sonrió.
—¿Nos vamos? —preguntó Mauricio.
—Claro.
Él pareció aliviado.
Creía que todo seguía bajo control.
Durante el trayecto, Daniela condujo en silencio.
Mauricio hablaba sin parar.
—Cuando presentes la renuncia, podemos pensar en abrir un negocio. Mamá dice que una cafetería sería buena idea.
Daniela giró apenas la cabeza.
—¿Una empresa?
—Sí.
Tenemos experiencia administrando dinero.
Ella sintió un escalofrío.
“Tenemos experiencia.”
Aquella frase ya no sonaba casual.
En lugar de dirigirse al cuartel, estacionó frente a un edificio de oficinas.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué hacemos aquí?
—Cinco minutos.
Necesito recoger unos documentos.
Él no sospechó nada.
Pensó que seguía obedeciendo.
Daniela entró sola.
En el piso siete la esperaba su abogada, Laura Méndez.
Sobre la mesa había varias carpetas.
Y una memoria USB.
—¿Confirmaste todo? —preguntó Daniela.
Laura asintió.
—Lamentablemente, sí.
Abrió el primer expediente.
—Hace once meses se constituyó Servicios Estratégicos MC, S.A. de C.V.
Administradora única…
Daniela Serrano.
Ella no necesitó mirar el documento.
Jamás había firmado esa empresa.
Laura deslizó otra hoja.
—La firma es una imitación muy buena.
Pero no es la tuya.
Un perito ya encontró diferencias.
Daniela sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién aparece como apoderado?
Laura pasó la página.
—Mauricio Cárdenas.
Y como directora administrativa…
Ofelia Cárdenas.
Daniela cerró lentamente la carpeta.
—¿Los movimientos?
Laura abrió un estado de cuenta.
—Treinta y ocho transferencias.
Más de cuarenta millones de pesos.
Todas provenientes de tres proveedores relacionados con contratos de seguridad.
El último depósito había llegado apenas cuatro días antes.
Daniela permaneció completamente inmóvil.
Aquello ya no era un fraude familiar.
Era algo mucho más peligroso.
Laura conectó la memoria al ordenador.
—Hay otra cosa.
En la pantalla apareció una videollamada grabada.
La fecha era de tres semanas atrás.
Daniela reconoció inmediatamente la voz de Mauricio.
—“No se preocupen. Daniela nunca revisa esas cuentas. En cuanto renuncie, podremos cerrar todo.”
Otra voz respondió.
—“¿Y si no renuncia?”
Mauricio soltó una risa.
—“Mi madre sabe cómo convencerla.”
Daniela dejó de respirar por un instante.
La máquina para raparla.
Las presiones constantes.
Las discusiones sobre abandonar el Ejército.
Nada había sido espontáneo.
Necesitaban sacarla del cargo antes de que alguien relacionara aquella empresa con una coronela de Inteligencia Estratégica.
Laura apagó el video.
—Todavía no es lo peor.
Sacó un último documento.
Era un contrato firmado con un proveedor.
Daniela leyó el nombre.
Su expresión cambió por completo.
—No…
Laura asintió con gravedad.
—El contratista aparece desde hace ocho meses en una investigación federal por posible filtración de información clasificada.
Daniela conocía perfectamente ese expediente.
Ella misma iba a dirigir parte de la investigación a partir de esa semana.
Y ahora descubría que su identidad había sido utilizada para mover dinero relacionado con el mismo caso.
Si aquello salía a la luz sin explicación…
La primera sospechosa sería ella.
El teléfono de Daniela comenzó a vibrar.
Era Mauricio.
Contestó.
—¿Dónde estás?
—Subiendo.
—Mamá dice que no llegues tarde al cuartel.
No queremos que piensen que una coronela no sabe obedecer horarios.
Daniela sonrió con una tranquilidad que hizo que Laura la mirara sorprendida.
—Tienes razón.
Hoy nadie va a llegar tarde.
Colgó.
Tomó la carpeta.
Después guardó cuidadosamente la memoria USB.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Laura.
Daniela acomodó las águilas plateadas de coronela sobre el uniforme.
Su voz sonó firme.
—Lo mismo que he hecho durante veintidós años.
Proteger al país.
Aunque esta vez el enemigo estuviera esperándome en mi propia casa.
En ese instante sonó otro teléfono.
No era el suyo.
Era el teléfono seguro de servicio que solo se utilizaba para asuntos clasificados.
Daniela respondió de inmediato.
Al otro lado habló un general.
—Coronela Serrano.
Acabamos de detener a un intermediario de la red que investiga su unidad.
Antes de ser arrestado dio un solo nombre.
Daniela sintió que el tiempo se detenía.
—¿Cuál?

Hubo un breve silencio.
—Mauricio Cárdenas.
Dice que su esposo no era el objetivo principal.
Solo era el contacto encargado de acercarse a alguien mucho más valioso.
A usted.