PARTE 2: LA LLAMADA DE LA ÚLTIMA NOCHE

El silencio cayó sobre la sala.

Adrián giró lentamente hacia Paola.

—¿Qué acabas de decir?

Ella tragó saliva.

Por primera vez desde que comenzó la audiencia, dejó de parecer segura.

La jueza Mercedes Alcázar apoyó las manos sobre el expediente.

—Señora Serrano.

Repita lo que acaba de decir.

Paola cerró los ojos un instante.

—Dije que… debería decir la verdad sobre el padre de la señora Salgado.

Todos los presentes volvieron la mirada hacia Adrián.

Incluso sus tres abogados.

Él respiró hondo.

—No sabe de lo que habla.

—Entonces explíquelo usted —respondió la jueza.

El perito calígrafo permanecía junto a la mesa con la resolución en la mano.

—Señoría —intervino—, puedo confirmar una primera observación.

La firma atribuida a la señora Salgado presenta diferencias relevantes respecto de las muestras indubitadas. Necesitaré un análisis completo, pero no puedo considerarla auténtica a simple vista.

Ramiro Castañeda, el abogado principal de Adrián, cerró lentamente su carpeta.

Ya no discutía.

Esperaba.

Sabía que el problema acababa de cambiar de tamaño.


La jueza volvió a mirar a Adrián.

—Le hice una pregunta muy concreta.

¿Cómo obtuvo el control de unas acciones cuya transferencia depende de un documento cuya autenticidad está siendo seriamente cuestionada?

Adrián tardó varios segundos en responder.

—Mi suegro…

Quería que la empresa quedara únicamente a mi nombre.

Sentí un escalofrío.

—Eso es mentira.

Él ni siquiera me miró.

—Tu padre decía que tú eras demasiado sentimental para dirigir un negocio.

La frase me golpeó con fuerza.

No porque la creyera.

Sino porque conocía perfectamente a mi padre.

Él fue quien insistió en que el setenta y dos por ciento quedara registrado a mi nombre.

Decía que quien arriesgaba el patrimonio familiar debía conservar el control.

La jueza pareció llegar a la misma conclusión.

—Curioso.

Levantó el acta constitutiva.

—Porque el mismo señor que, según usted, quería excluir a su hija, fue quien solicitó expresamente que ella figurara como accionista mayoritaria desde el primer día.

Adrián no respondió.


Entonces hablé por primera vez desde el receso.

—Señoría…

¿Puedo hacer una pregunta al señor Montiel?

La jueza asintió.

—Puede.

Miré directamente a mi exmarido.

—¿Recuerdas dónde estabas la noche antes de que muriera mi padre?

Él mantuvo la vista fija en la mesa.

—Ya respondí eso hace años.

—No.

Dijiste que no habías hablado con él en toda la semana.

Levanté el sobre anónimo.

—Pero esta mañana recibí un documento distinto.

El secretario lo entregó a la jueza.

Era una copia de un registro telefónico.

No demostraba el contenido de ninguna conversación.

Solo una llamada.

Duración: veintisiete minutos.

Origen: el teléfono móvil de mi padre.

Destino: el teléfono personal de Adrián.

Hora: 22:43, la noche anterior al accidente.

La jueza levantó lentamente la vista.

—Señor Montiel.

¿Existió esa llamada?

Adrián tardó demasiado en contestar.

Finalmente dijo:

—Sí.

Un murmullo recorrió la sala.

Yo sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.

Ocho años.

Ocho años escuchando la misma historia.

Y acababa de admitir que era falsa.

—¿Por qué mintió durante todo este tiempo? —preguntó la jueza.

Él respiró profundamente.

—Porque…

No quería preocupar a Elena.

—¿Preocuparme por qué?

No respondió.


Paola dio un paso hacia adelante.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Adrián…

Ya basta.

Él giró bruscamente.

—Cállate.

—No.

Su voz temblaba.

—Me dijiste que aquella llamada era un asunto de impuestos.

Que el señor Salgado estaba molesto por una auditoría.

Nunca mencionaste acciones.

Nunca mencionaste una firma.

Nunca mencionaste…

Se detuvo.

La jueza intervino inmediatamente.

—¿Nunca mencionó qué?

Paola cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía otra persona.

—Nunca mencionó que el señor Salgado había descubierto que alguien estaba preparando documentos para cambiar la propiedad de la empresa.

La sala quedó completamente inmóvil.

Hasta los abogados de Adrián dejaron de escribir.

Él dio un paso hacia ella.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

Porque hace dos años encontré un correo antiguo.

Pensé que era irrelevante.

Ahora entiendo que no lo era.

La jueza habló con calma.

—¿Conserva ese correo?

Paola asintió lentamente.

—Sí.

Está en mi cuenta personal.

La jueza cerró el expediente.

—Este procedimiento era inicialmente un juicio familiar.

Pero la información que acaba de surgir podría tener implicaciones que exceden la competencia de este tribunal.

Miró al secretario.

—Quiero copia certificada de toda la documentación presentada hoy y del registro de esta audiencia.

Después volvió la vista hacia Adrián.

—Y antes de continuar con cualquier discusión sobre patrimonio o custodia…

Hay una cuestión mucho más grave que deberá aclararse.

¿Por qué mintió durante ocho años acerca de la última conversación que mantuvo con el padre de la señora Salgado, precisamente la noche anterior a su fallecimiento?

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