Lucian Wolfe dio un paso hacia adelante sin apartar la vista del pequeño amuleto de plata que descansaba sobre el pecho del niño.
El aire del cementerio pareció detenerse.
El viento dejó de mover las copas de los cipreses.
Hasta los guardaespaldas que habían acompañado a Lucian permanecieron inmóviles, incapaces de comprender por qué el hombre más frío del mundo de los casinos había perdido el color del rostro.
—Ese amuleto… —murmuró con la voz quebrada—. ¿De dónde lo sacaste?
Mi hijo escondió la cabeza en mi cuello.
No respondió.
Ni siquiera entendía la pregunta.
Mi esposo, Adrian Blackwood, dio un paso al frente con absoluta tranquilidad.
Era más alto que Lucian.
Más sereno.
No necesitaba levantar la voz para imponer respeto.
—Mi esposa no tiene obligación de responderte.
Lucian ni siquiera lo miró.
Sus ojos seguían clavados en el niño.
Conocía aquel colgante mejor que nadie.
No existían copias.
Durante más de cien años, cada heredero legítimo de la familia Wolfe había recibido uno idéntico al cumplir su primer año de vida.
Solo el jefe absoluto de la familia podía entregarlo.
Y el suyo había desaparecido hacía cuatro años.
La noche en que su abuelo murió.
Nadie supo jamás quién lo tomó.
Hasta ese instante.
Mi madre apareció junto a Sophia pocos segundos después.
Las dos acababan de bajar de otro automóvil.
Sophia llevaba de la mano a un niño de casi cuatro años.
El hijo que había tenido con Lucian.
En cuanto levantó la vista y vio el amuleto sobre el pecho del bebé que yo sostenía, dejó escapar un grito ahogado.
—¡No…!
Su hijo también lo vio.
—Mamá, ese collar es igual al que sale en los cuadros del bisabuelo.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que el niño tenía razón.
Lucian caminó lentamente hacia mí.
—Evelyn.
Respiró hondo.
—Necesito hablar contigo.
—Ya no.
—Es importante.
—Para ti, quizás.
Para mí, aquella conversación había terminado tres años atrás.
Intenté seguir caminando hacia la tumba de mi padre.
Pero Lucian volvió a colocarse delante.
—Solo dime una cosa.
Su voz ya no tenía arrogancia.
Solo ansiedad.
—¿Quién le dio ese amuleto?
Lo miré con absoluta calma.
—¿Te preocupa más el collar que haber destruido mi vida?
Él cerró los ojos un instante.
—Respóndeme.
—No.
Sophia intervino por primera vez.
Su voz temblaba.
—Hermana… ¿ese niño…?
La observé.
Durante años había imaginado aquel encuentro.
Había pensado que sentiría odio.
Rencor.
Deseos de vengarme.
Sin embargo, al verla tan envejecida, tan consumida por la culpa, solo sentí distancia.
Era como mirar a una desconocida.
—¿Qué ocurre, Sophia? —pregunté.
Ella tragó saliva.
—Ese bebé…
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No puede ser…
Mi madre dio un paso adelante con desesperación.
—Evelyn.
Por favor.
No hagas esto.
Sonreí con tristeza.
—¿Hacer qué?
—No destruyas esta familia.
Aquellas palabras me hicieron reír por primera vez en mucho tiempo.
Una risa breve.
Dolorosa.
—¿Cuál familia?
Mi voz resonó entre las lápidas.
—La destruyeron ustedes cuando decidieron que yo sobraba.
Nadie contestó.
Solo se escuchaban las cigarras y el viento.
Me acerqué a la tumba de mi padre.
Limpié con cuidado una hoja seca que había caído sobre la piedra.
—Papá.
Han pasado tres años.
Perdóname por tardar tanto en venir.
Las lágrimas resbalaron por mis mejillas.
—Pensé que regresar significaría volver a casa.
Pero descubrí que el único lugar donde todavía puedo hablar contigo es este.
Dejé el ramo de flores.
Mi hijo levantó una pequeña margarita que había caído al suelo.
—Mamá.
¿Es para el abuelo?
Asentí.
Él la colocó sobre la tumba con una ternura que me rompió el corazón.
Lucian observaba cada movimiento.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El pequeño acarició la fotografía de mi padre grabada en la lápida y dijo con inocencia:
—El bisabuelo también nos está mirando.
Todos se quedaron inmóviles.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿Quién… quién le enseñó a decir eso?
Yo acaricié el cabello del niño.
—Nadie.
Solo sabe que pertenece a esta familia.
Lucian respiró con dificultad.
—¿Qué significa eso?
Adrian habló por primera vez desde hacía varios minutos.
—Significa exactamente lo que acabas de escuchar.
Lucian giró hacia él.
—¿Quién eres realmente?
Adrian sonrió apenas.
—La pregunta correcta no es quién soy yo.
Es quién crees que es ese niño.
El silencio volvió a caer sobre el cementerio.
Sophia comenzó a llorar.
Conocía demasiado bien a Lucian.
Sabía que, cuando él empezaba a unir las piezas de un rompecabezas, ya era imposible detenerlo.
Lucian dio otro paso.
Su voz salió casi como un susurro.
—Evelyn…
Durante estos tres años…
¿Me mentiste?
Lo miré fijamente.
—No.
—Entonces…
—Nunca dije que ese niño fuera tuyo.
Él sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque era verdad.
Yo jamás lo había afirmado.
Había sido él quien, al ver aquellos ojos, aquel gesto y aquel amuleto, había llegado solo a la conclusión que ahora lo estaba consumiendo.
Y el peor enemigo de un hombre acostumbrado a controlar todas las cartas no era la mentira.
Era la duda.
Mientras nosotros nos alejábamos del cementerio, escuché la voz desesperada de Lucian detrás de mí.
—¡Evelyn!
¡Dime la verdad!
No me giré.
Subí al automóvil.
Adrian cerró la puerta con calma.
El motor arrancó lentamente.

Desde la ventanilla vi a Lucian inmóvil, abrazando con fuerza el amuleto idéntico que llevaba oculto bajo su camisa.
Por primera vez desde que lo conocía, el rey de los casinos no tenía ninguna apuesta segura.
Porque acababa de descubrir que existía un secreto mucho más peligroso que una infidelidad.
Y ese secreto había permanecido tres años esperando el momento perfecto para destruir todo su imperio.